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7 nov. 2008

Mayo del 68

Fotografías de Mayo del 68, por Mario Muchnik


Mario Muchnik / para Ars Operandi

Mayo 1968 arregló mi vida. Pura casualidad.

Nadie, que yo sepa, esperaba un levantamiento estudiantil. Con mujer y tres hijos, me había afincado en París, en julio de 1967 y buscaba trabajo en el mundo editorial, sin sombra de éxito. Cuando a primeros de mayo de 1968 estalló la revuelta - que no pareció tan grave hasta el día 10 de ese mes -, mis reservas estaban prácticamente agotadas y las perspectivas eran sombrías. Yo seguía mandando cartas "tentadoras" a los editores, que no contestaban. Una de las últimas que mandé, a finales de abril, proponía la edición de un libro reciente acerca de una escuelita rural italiana, de Barbiana, en la que un sacerdote, su director, había experimentado métodos pedagógicos muy innovadores y, como se vería muy pronto, afines a las reivindicaciones estudiantiles de mayo (uno de los temas surgidos de dicha escuelita rezaba: "Ser culto es pertenecer a la masa y tomar la palabra". Lo vi en una de las miles de banderolas callejeras de ese mes y hasta hoy intento serle fiel, como tal vez se desprenda de estas fotos).

 Llegado al borde de la desesperación, me enteré, en la madrugada del 11 de mayo, de que durante la noche los estudiantes se habían enfrentado con la policía en el Barrio Latino y que los destrozos eran colosales. Cogí mi poco adecuada Contaflex, me planté en la plaza de la Sorbona, sobre el bulevar Saint Michel, y me puse a fotografiar.

Así nació esta colección de fotos, apenas un cinco por ciento del total, con la que quiero celebrar los cuarenta años exactos que han pasado, tanto de los acontecimientos hoy mundialmente conocidos como "mayo del 68" cuanto del milagro personal de haber conseguido, ya al borde de la ruina, el empleo que anhelaba.

Así como nunca había sido muy adepto a las teorías de la física, habiendo circunscrito mi investigación científica a trabajos experimentales, tampoco fui adepto a las teorías psicológicas, sociales o políticas. No conozco ni me interesa el mecanismo que desencadena las revoluciones, sean del signo que sean. Apenas si leí, pero muy someramente y bostezando, El Capital, de Marx y algunos textos de Hume.

No es poco lo que ví, aunque en un mes como mayo de 1968 nadie pudo ver todo lo que ocurrió. En el "frente" de la Sorbona, de la huelga general, del poder (de quienes lo ejercían y quienes aspiraban a serlo), en el "frente" del desabastecimiento, de la desinformación del desorden; y en el del entusiasmo de las esperanzas y las quimeras - en todos y cada uno de estos "frentes" las fotografías surgían por si mismas. Gracias a un poco de suerte y a mis reflejos rápidos, las fotos se metían por el objetivo y se grababan en la película o, en la última instancia, quedaban grabadas sólo en mi mente.

Cuando, en un día de fines de mayo, estaba fotografiando a solas unas pintadas dentro de la Sorbona una mano fornida me agarró de la ropa, una fea carota propia del hampa se puso a pocos centímetros de mis gafas y un vozarrón húmedo y ronco me gritó: "¿Quién eres tú para hacer fotos?”. Dejé caer los brazos y respondí, aterrado: "Tengo autorización del Comité de Estudiantes". El tipoestábamos solos sacó una tremenda navaja y, enarbolándola, me desafió a que le mostrara ese documento. Lo hice. Como toda respuesta se apoderó del papel, me cogió otra vez de mi cazadora, "Vamos al rectorado”, dijo y, sorteando la densa multitud del patio y las escaleras, me arrastró al primer piso. Abrió una puerta, me introdujo en el despacho desde el que los estudiantes dirigían la ocupación, me dio un empellón y preguntó a los gritos: "¿Está autorizado a fotografiar, éste?” Les mostró el papel. Para mi desdicha, los muchachos allí presentes no eran los mismos que me habían otorgado la credencial el día anterior. "No sabemos”, dijeron. El animal volvió a enarbolar la navaja y se echó sobre mí. De reflejos rápidos, me dejé caer en un amplio sillón de cuero, lo que dio tiempo a que los estudiantes se precipitaran, se apoderaron del muy bestia y, no sin violencia, lo sacaron a patadas del despacho. "Tomadijo uno de ellos entregándome otro papel, este sí que es válido. Y cuídate, que estos tipos son policías infiltrados". "¿Policías? Parece un forajido". Vieron que yo no estaba informado y me explicaron: "¿No has oido de los katangueses? La policía los recluta en los bajos fondos, son efectivamente matones e intentan que en la Sorbona haya por lo menos un muerto. Es su misión. Eso acabaría con el movimiento". "Me cuidaré. Ah... y gracias".

Me acompañaron a la puerta y me vi otra vez en medio de la muchedumbre, temblando. Me abrí paso buscando las escaleras, y, de pronto, como surgida del movimiento estudiantil mismo, Simone de Beauvoir me enfrentó y me preguntó: "Avez-vous vu Sartre?" El "Castor" había perdido al filósofo... Atiné a pronunciar un maravillado "Non, Madame". Ella me apartó y siguió preguntando por Sartre.

De todo este episodio sólo dispongo de mi memoria. Ni una palabra a la prensa. El miedo me pudo.

En mi archivo hay muchas fotos que despiertan memorias emocionantes, aunque de momento menos peligrosas. Y uno de los más emocionantes fue cuando Enrice Sarsini, fotógrafo de la entonces celebérrima revista Life, me regaló mis primeras dos Leicas, con sus tres objetivos. No se limitó a ello: me pidió ayuda para poner mi nombre en un viejo carnet suyo de Life que, éste sí, me abrió todas las puertas de París. Con ese carnet falso y con dos Leicas, entré en el mundo de la foto.

El tercer momento que quiero sólo citar es la llamada telefónica que recibí, el lunes 3 de junio, cuando se había acabado la revuelta, del editor al que había mandado, en abril, mi carta acerca de la escuela italiana de Barbiana. Me proponía un alto puesto en su empresa y ésa fue mi fastuosa entrada en el mundo de la edición.

En definitiva, como digo al principio, pura casualidad.

En esta selección de fotos falta una, la del asesino a sueldo con su navaja en alto. Que falte en esta selección no significa que no pueda describirla en detalle. En la penumbra de una pequeña habitación vacía sin ventanas, cuyas rojizas paredes descascaradas ostentan pintadas como "la verdad es revolucionaria" o "la bandera no será roja mientras no corra la sangre", un sujeto de mediana edad y mediana altura, robusto, de cabellos arremolinados, bigote pelirrojo caído, amenazadores ojos entornados, sudoroso, con vaqueros y una camisa barata de cuadros, blandiendo hacia el objetivo una hoja de veinte centímetros, único elemento brillante en el lienzo. Detrás de él se abre una puerta que da a la negrura, que es el vacio, que es el horror.

Es una foto que nunca tomé.

La exposición Prohibido Prohibir. Fotografías de Mayo del 68 por Mario Muchnik puede verse en el Palacio de la Merced de Córdoba hasta el 30 de noviembre.

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