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8 dic. 2008

¿De qué hablamos cuando hablamos de arte público?

George Brecht, Void, Münster 1987

Óscar Fernández / Ars Operandi 

Si bien existe una relativa unanimidad al reconocer ciertas prácticas como artísticas, este etiquetado resulta mucho más problemático si le adjuntamos el calificativo "público". Porque no todo lo que pasa fuera del museo es "arte público"; no al menos tan público como sería deseable. Y no es un problema de definición, ni de que exista algo así como una naturaleza de lo público. Nadie puede atribuirse hoy ese papel sancionador. A nadie interesa ya un debate planteado sobre el maniqueísmo del ser o no ser del arte (público).

Más bien, es una cuestión de intensidad y del sentido en que los condicionantes de lo público sean articulados. Porque, no nos equivoquemos, pese a lo aparentemente vaga que parezca la definición de arte público, bajo ella sólo podemos englobar una serie de prácticas que en realidad son bastante concretas. Concretas no tanto a nivel de estrategias y materializaciones cuanto en los ámbitos donde pretenden incidir y en los modos de hacerlo. Estrategias que, sin querer consolidar un estatuto propio para sí, constituyen una especie de campo de acción específico, con su tradición particular y sus propias contradicciones.

Se trata de estrategias que toman conciencia de que lo público es un concepto relativamente joven, cuyo nacimiento se puede fechar en torno al siglo XVIII. Un concepto polémico en tanto que, aun cuando su emergencia viene adornada por el prurito revolucionario de constituirse en el marco de representación por excelencia de ese gran invento moderno que es el sujeto social, se ha demostrado en muchas ocasiones como un modelo neoclásico de agrupación interesada de individualidades obedeciendo a distintos objetivos: generación de fidelidades político-militares, sumisión ideológica, imposición del gusto, etc.

El arte público no engloba a todas las acciones artísticas que acontecen en los entornos de lo colectivo o lo comunitario. Tal vez la denominación de arte urbano, cultura urbana, sería más apropiada como definición más global. Aunque también aquí hay que estar prevenido porque usualmente se asocia a la cultura de la calle nacida en USA en los setenta: hip-hop, skateboard, grafitti, etc.
 
El arte público que aquí describo es aquel que se muestra afectado por la reflexión en torno a las cuestiones públicas, en un sentido abiertamente opuesto al modo en que se resolvía este asunto en el arte monumental. Aun cuando hay muchos residuos de tal concepción en mucho de los que se sigue instalando en plazas, paseos y paisajes de todo el mundo, este paradigma es declarado obsoleto por el arte público. Si acaso, sólo se admitiría tal denominación si es en los numerosos casos en que se ha apropiado tal "fórmula" para hacer un uso estratégico de ella utilizando sus posibilidades simbólicas de manera desviada para crear lo que con mucha precaución podemos denominar anti-monumentos. Cuando aquí hablo de arte público me refiero a un arte que toma conciencia de que ese adherido "público" es absolutamente estructural en su definición. Un arte que precisamente podría emerger de la obsolescencia del régimen monumental y que vendría a repensar, en unos casos, y a acabar de enterrar,e n otros, las prácticas habituales del arte para la colectividad anterior a la revolución del modernismo americano.

Aquí me remito a Félix Duque, quien en su ensayo Arte público y espacio político explica, de modo un poco simplista, esta cuestión. Habla de las dos grandes funciones del monumento: del espacio al lugar; por otro lado, creación de un espolón de anclaje temporal en el que las señas de identidad de la colectividad se fijaran: memoria compartida. E interpreta, erróneamente en mi opinión, que la aplicación masiva de las lógicas del mercado al diseño de la ciudad y el paisaje contemporáneo y la internacionalización de los flujos humanos y de capital han acabado con estas funciones de monumento. Como si el capitalismo global no hubiera creado sus propios monumentos o no se hubiera apropiado de los valores asociados a los monumentos ya existentes.

La más oportuna explicación de por qué hablaremos de arte público nos la dará la redefinición de esfera pública que proponen Alexander Kluge y Oskar Negt, revisando el texto clásico de Jürgen Habermas. Estos activistas culturales vienen describiendo desde los años setenta la consolidación de una nueva esfera pública, originada en los modos de producción del capitalismo avanzado. Las que llaman nuevas esferas públicas de producción industrializada son diferentes a la esfera pública clásica de la burguesía, fundamentalmente por su forma de procesar la experiencia social y por su tendencia a explotar íntegramente los ámbitos de la vida, pública y privada. El arte público al que aquí se alude es aquel que emerge bajo las condiciones de este nuevo modelo de escena pública. Y que funciona no como afirmación de tal nuevo contexto, sino como proyecto antagónico respecto de tales condiciones entendiendo esta postura crítica dentro de un espectro de aplicación muy amplio. De hecho hay no pocos ensayos en los que se habla de un arte público crítico. Sin embargo, desde el enfoque que aquí se defiende esta denominación es redundante, puesto que no contemplamos la pertinencia de un arte público acrítico (en este caso estaríamos simplemente ante un ejemplo de neo-monumentalismo). Del mismo modo, no debemos abusar de la propia noción de arte público, pues asumir esto implicaría, decía Rogelio López Cuenca en conversación con Francesc Torres, el reconocimiento de que existe un arte que no es público, o que no se ocupa de lo público.

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