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10/12/2008

Jose Manuel Velasco, Cambio climático

por Fernando Castro Flórez


África I, A/L


La pulsión hermética es contemporánea del desplazamiento hacia el sociologismo, la “retórica política” o los escándalos pactados que han hecho que la mercadotecnia (sea en clave paródica, con vocación desmanteladora o meramente integrada) se neutralice a sí misma. De nuevo se plantea la pregunta por el hic et nunc de la obra de arte, qué tipo de presencia puede tener en la era de la digitalización de la mirada. La banalidad está hoy sacralizada, en ese tiempo de suspensión que está consumado en lo que llamaríamos, parodiando a Barthes, el grado xerox de la cultura. Baudrillard habló de una especie de trans-estética de la banalidad, un reino de la insignificancia o la nulidad que puede llevar a la más estricta indiferencia. El arte está arrojado a una pseudorritualidad del suicidio, una simulación en ocasiones vergonzante en la que lo banal aumenta su escala. Después de lo sublime heroico y de la ortodoxia del trauma, aparecería el éxtasis de los sepultureros o, en otros términos, una simulación de tercer grado. Y sin embargo, hay todavía enormes posibilidades para la pintura, sobre todo cuando se apartan los prejuicios groseros y la actitud taxonómica que es, en cierta medida, una forma de la cerrazón mental. Tras el neo-wagnerianismo “instalador” y cuando se ha consumado la saturación de lo fotográfico, se habla de un “retorno esplendoroso” de la pintura o incluso de una vitamina pictórica que acaso sea el reconocimiento de que esa práctica creativa no es ni mucho menos un territorio prohibido. Solamente la inercia decadente de las modas o la pura ineptitud crítica lleva a presuponer que los materiales o los lenguajes son, en sí mismos, legitimadores o garantía de intensidad. Lejos de la angustia de las influencias o el vértigo de las modas, remitiéndose tan sólo a su urgencia expresiva interior, un pintor como José Manuel Velasco demuestra que es posible todavía entregarse con lucidez y energía a la batalla del cuadro sabiendo que ese es un territorio fértil.

El artista cordobés en su estudio

José Manuel Velasco tiene una concepción muy física de la pintura, heredera de la pulsionalidad del expresionismo abstracto. Deleuze señala que la pintura siempre ha manejado y trazado líneas sin contorno, como los drippings de Pollock que fueron entendidos como pesadillas fijadas en el espacio. El drip de Pollock es una manifestación de la energía que debe ser controlada mientras que el uso del trazo y el color en José Manuel Velasco, tremendamente vigoroso y bastante cercano a los planteamientos de Franz Kline, están sustentados en una singular confianza en el azar. El pintor deja la pintura sobre la superficie, espera que acontezca una determinada sedimentación: la pintura es una expansión irregular, cuyo principio o clave hermeneútica se ha perdido y cuya ley es informulable. Aquella horizontalidad dispuesta para la acción que inaugura Pollock es ciertamente territorio de huellas que reclama una “visión háptica”, un tacto que, sin embargo, mantiene la distancia. Velasco quiere estar ahí, metido integralmente donde sucede la pintura, en una danza que genera territorialidad.


África II, A/L

Cuando miramos un cuadro, vemos un cúmulo de gestos, la superposición y organización de los materiales, el anhelo de lo inanimado por cobrar vida, pero no vemos la mano misma. La imagen es un inmenso poema sin palabras, en esa superficie están los acontecimientos a merced de la gravedad: en cierta forma, cada pintura nace de un conflicto entre fuerzas opuestas. No hay otro punto, en este mundo de sombras y soledad, que el propio cuadro, el espectador tiene que adentrarse en su interior, verse a merced de los desplazamientos, sentir la atracción y la disonancia. Lo que está en cuestión en la modernidad no son, como muchas veces se ha indicado, las imágenes, sino los gestos: muchos se han perdido, otros se han vuelto definitivamente patéticos. “El ser del lenguaje -escribe Giorgio Agamben- es como un enorme lapsus de memoria, como una falta incurable de palabras”. El gesto es un medio puro, algo que puede comprenderse como poder de exhibición. En concreto, el gesto de pintar es un movimiento cargado de significación, desplazamiento libre que tiene algo de enigma, flecha, camino, indicación, trayecto que coincide con el destino de la mirada. Flusser apunta que el gesto de pintar es un momento de autoanálisis, es decir, de conciencia de sí mismo, en el que se entrelazan el tener significado con el dar significado, la posibilidad de cambiar el mundo y el estar ahí para el otro: el cuadro que ha de pintarse se anticipa en el gesto, y el cuadro pintado viene a ser el gesto fijado y solidificado. Los cuadros de José Manuel Velasco son auténticamente pulsionales, en ellos el gesto y la mancha lo es todo; el esbozo figurativo termina por dejarse llevar más que hacia la abstracción hacia una concreción pasional. Kandinsky habla de una figura abstracta, esto es de una figura que no designa nada distinto de sí o, mejor, una figura que ha interiorizado su propia tensión. El dramatismo de lo vacío (la blancura de la superficie) y el frenesí del trazo oscuro, la accidentalidad cromática y ciertos apuntes geométricos, producen en las tensas obras de Velasco una suerte de romántico entusiasmo y quietud simultánea. La tempestad de las visiones ha dejado detenida aparentemente porque el cuadro impone en el que mira una extraordinaria inquietud.

La pintura es una afirmación de lo visible que nos rodea y que está continuamente apareciendo y desapareciendo: “posiblemente –escribe John Berger-, sin la desaparición no existiría el impulso de pintar; pues entonces lo visible poseería la seguridad, (la permanencia)que la pintura lucha por encontrar. La pintura es, más directamente que cualquier otro arte, una afirmación de lo existente, del mundo físico al que ha sido lanzada la humanidad”. La corporeidad de la pintura tiene un potencial expresivo difícilmente parangonable. Podemos pensar que la pintura tiene una condición de escenario de la expresión de la personalidad y la individualidad, provisto, como he indicado, por su enraizada naturaleza corporal; en última instancia, la pintura puede llegar a comportarse como una metáfora, incluso como el equivalente de la actividad sexual y, por supuesto, es el lugar de una proyección psíquica tremendamente enérgica. Lo que toca la pintura o, mejor, aquello a lo que se aproxima es a la figuración de la ausencia o, en otros términos, uno de los momentos decisivos de la búsqueda del pintor es la delimitación del lugar.


Una vista de la exposición Cambio climático

José Manuel Velasco nombra, en los títulos de sus cuadros, la emigración, la integración, el sueño. La tierra africana de la que parten los cayucos en busca de un lugar en el que ganarse la vida es uno de los polos del drama, el otro, aquel que se torna insoportable, es el hambre y la muerte. La pintura intenta, sin literalismos ni consignas ramplonas, alegorizar el desasosiego. Acaso la violencia del gesto sea, en último término, una manifestación de rabia ante lo inaceptable. Pero este artista quiere también acoger las ensoñaciones, la dimensión utópica del viaje, ese deseo de que las cosas puedan cambiar. Freud señaló que, tras la completa interpretación, todo sueño se revela como el cumplimiento de un deseo, esto es, el sueño es la realización alucinatoria de un deseo inconsciente. La creación de símbolos es una comprensión parcial por la negativa a satisfacer, bajo la presión del principio de realidad, todos los impulsos y deseos del organismo. Los sueños restauran parcialmente el reino del principio de placer y nos atrapan llevándonos el abismo de lo sublime-descomunal, de la ternura, del recuerdo deshilachado de la matriz. Ciertamente, hay un nudo o estructura laberíntica que nos aparta de la clara visión de lo soñado, como el mismo Freud indicara, el ombligo de los sueños es lo desconocido, algo que está más allá de la reticulación del mundo intelectual. En sus últimos cuadros, Velasco alegoriza el cambio climático, apuntando a un problema crucial de nuestra época. Su intensa pintura no deja de darle vueltas a la humana piel del mundo, a esa tierra de la que surgimos y a la que inevitablemente volvemos. Los colores, los gestos, los trazos siguen enseñándonos, como en el muro prehistórico, que las visiones de lo que tememos y de aquello que necesitamos están ahí. Tenemos que aprender a tocar lo que nos pasa, antes de que sea demasiado tarde.

Jose Manuel Velasco
Cambio Climático
Sala de exposiciones Palacio de Villadompardo, Jaén
Del 7 de noviembre al 7 de diciembre
(Plazo ampliado hasta el día 15)
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4 comentarios:

Anónimo dijo...

Malo para rabiar. Lo siento por Fernando Castro Flórez, que una vez más no predica con el ejemplo, prestándose a una operación que no sé si será venable pero encierra todas las trazas para ser despreciable. Confundir al personal : al artista y a quienes le leen.

OSCAR RODRIGUEZ dijo...

PARECE MENTIRA, QUE LA ENVIDIA Y LA DESTRUCION, OCULTA TRAS LA COBARDIA DEL ANONIMATO, SIGA SIENDO ENTRE ALGUNOS ARTISTAS LA UNICA FORMA DE EXPRESION DENTRO DE SU MEDIOCRIDAD.
PONER EN ENTREDICHO EL ESCRITO DE FERNANDO CASTRO SOBRE LA OBRA DE JOSE MANUEL VELASCO, NO HACE MAS QUE CORROBORAR ESA ENVIDIA DE LOS ARTISTAS MEDIOCRES QUE NO SOPORTAN QUE OTROS PINTORES TRAS DILATADA Y MAGNIFICA TRAYECTORIA ARTISTICA, CONSIGAN IR PONIENDO SU NOMBRE AL LADO DE LOS GRANDES DE LA PINTURA CONTEMPORANEA EN ESPAÑA.
FIRMADO:
OSCAR RODRIGUEZ-LDO. EN HISTORIA DEL ARTE.

JOSE VERDU-ABOGADO dijo...

LO DE ANONIMO SERA PARA LOS DEMAS, OTROS SABEMOS QUIEN ERES, DEDICATE A PINTAR Y MENOS CRITICAR LO QUE NO ENTIENDES, PORQUE AL FINAL ES VERDAD EL DICHO QUE DICE QUE UN ARTISTA NO ES COMPLETO HASTA QUE NO TIENE ENEMIGOS, Y EN ESTE CASO LA OBRA DE JOSE MANUEL VELASCO LE PESE A QUIEN LE PESE ESTA LO SUFICIENTEMENTE CONSOLIDADDA Y DEFENDIDA, A PESAR DE LA ENVIDIA O EL ODIO DE OTROS.
JOSE VERDU-ABOGADO.

Mamen dijo...

A mi la obra de José Manuel Velasco me fascina y el escrito de Fernando Castro me encanta no entiendo al anónimo por que se expresa con esa saña, sino le gusta : que lo diga con elegancia.