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11 feb. 2009

Las alamedas de Salvador: retazos de un diario

desde Santiago de Chile: Manuel Sánchez

Todo en el Palacio de La Moneda es blanquísimo, a veces demasiado, de hecho el antiguo despacho de Allende, recuperado en 2008 coincidiendo con el centenario de su nacimiento, se llama “Salón blanco”. Tan sólo hay una mancha diferenciada, se trata de un sofá modelo “Dagoberto”, una especie de diván lleno de botones y ese color… Los dos patios de la Moneda son también extraordinariamente blancos, blancos con unos recatados parterres, blancos con esculturas, instalaciones… detalles artísticos que hablan de la importancia que ocupó el arte y la cultura para el presidente. Sobre todos ellos se proyecta el sofá que acabo de ver en el despacho, como si después de mirar el sol intentase enfocar a los objetos circundantes, sobre los que veo una mancha luminosa, amarillenta, rojiza, ennegrecida, como un nuevo cristal a través, un sol de medianoche que proyecta ese color… carmesí, púrpura, grana, encarnado, bermellón, granate, carmín, rubí, cárdeno, bermejo, purpúreo, rojo, rojo sangre… ahí se suicidó la democracia chilena. Creo recordar que el último discurso radiado del presidente, cuando en su voz a través de Radio Magallanes se adivinaba su destino, justo antes del bombardeo a este palacio, dijo que sólo saldría de ahí cuando hubiera terminado su mandato, no antes. Eran las 9’10 de la mañana del 11 de septiembre de 1973:

“El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse.

Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.

¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores!

Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano; tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.”

Museo de la Solidaridad Salvador Allende
Foto: Miguel Lawner


Encuentro estas palabras subiendo por la Avenida O’Higgins y llegando hasta la universitaria Avenida República donde se ubica la Fundación Salvador Allende y Museo de la Solidaridad, en una casa de estilo victoriano, como todas las casas de clase alta de Chile. Rodeo la parte izquierda de unas enormes gafas de pasta negra, partidas por la mitad y dejadas caer sobre el jardín, obra de Carlos Altamirano en 2007. Es una reproducción de las características gafas de Allende alusivas a la dictadura que partió al país en dos, a ese post-holocausto como me gusta llamarlo.

El Museo de la Solidaridad nació en octubre de 1971 como compromiso de muchos artistas con el proceso de Unidad Popular iniciado por Allende. Este proyecto fue desbaratado con el golpe militar de 1973 y las obras ocultadas. Sólo desde el extranjero se crean los Museos de la Resistencia que abarcaba obras de artistas exiliados por esta y otras dictaduras latinoamericanas. Con la recuperación de la democracia en Chile, la viuda de Allende, Doña Hortensia y una de las hijas, Isabel, logran el traslado de estas obras que se suman al fondo original en una exposición en 1991 en el Museo Nacional de Bellas Artes, hasta que encuentran su sitio en el actual espacio. Esta colección es la más importante en arte contemporáneo de Latinoamérica.

Obras de Calder, Miró o Chillida, entre otras de los fondos del museo

La Fundación y Museo me resultan algo solitarios, quizá porque estoy solo o porque aun se está montando en esta vieja casona que no le hace justicia a la magnitud de la colección. A la entrada, una pintura con el retrato del presidente dice: “Allende Vive”. La planta baja tiene una antigua mesa de despacho y un par de instalaciones: con los objetos de Allende (capa, medallas, gafas, carné de médico…) que puedes ir iluminando uno a uno a través de un dispositivo táctil y un “muro de las voces” por el que van saliendo discursos de Allende, crónicas de guerra y en definitiva retazos sonoros de la época. Encuentro una sala donde se proyecta un documental sobre la reconstrucción del Salón Blanco, con la inauguración por parte de la presidenta y las dos hijas de Salvador. Es una agradable sorpresa después de haberlo visitado en vivo.

Subiendo una hermosa escalera accedo a la planta primera donde se encuentran las obras del Museo que el propio Allende programó y fue coleccionando, confiado en el poder del arte y la cultura. En este “museo vivo” hay obras de hijos de los artistas fundacionales del museo: Concepción Balmes y los españoles Isidro Blasco, Daniel Canogar y Pablo Genovés. Este museo quiere tener una conexión continua con el presente desde que se inauguró poco antes de 2008, año del centenario del nacimiento del presidente, algo que ojalá consiga pronto. A esta altura hay una terraza con esculturas que junto a las pinturas, instalaciones y videoinstalaciones son claramente reivindicativas y políticas de una manera críptica (Calder, Miró, Vasarely, Oteiza, etc.), ambigua (informalismo) o evidente aludiendo al pasado (y presente) indígena de Chile, a la dictadura y al imperialismo de los EEUU: Kajarten Slottermark: ¡A parar el match de Chile! (1975), Isidro Blasco: El hombre solitario (2008), Daniel Canogar: Sin título (MPI) (2008), Juan Pablo Langlois Vicuña: América resumida (1987) o las obras de Paul Meter Piech como la xilografía USA intégrate! (1973) y la litografía One of the first (1979) (ver).


Al salir veo unos lápices de madera en un cilindro con la leyenda: “cien años mil sueños”, es decir cien años desde que nació Allende y mil sueños de democracia. Una democracia que abriría las grandes alamedas llenas de arte y cultura como algo imprescindible como así lo afirmó el presidente en su carta “A los Artistas del Mundo”:

“En nombre del pueblo y del Gobierno de Chile, hago llegar mi emocionada gratitud a los artistas que han donado sus obras para constituir la base del futuro Museo de la Solidaridad. Se trata, sin duda, de un acontecimiento excepcional, que inaugura un tipo de relación inédita entre los creadores de la obra artística y el público. En efecto, el Museo de la Solidaridad con Chile […] será el primero que, en un país del Tercer Mundo, por voluntad de los propios artistas, acerque las manifestaciones más altas de la plástica contemporánea, a las grandes masas populares.”
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1 comentario:

Anónimo dijo...

me ha encantado el relato! buen trabajo manuel!