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12 jun. 2009

Terrorismo, colectividades y el calor del hogar

por Pablo Rabasco

Stencil de Banksy

Hace un par de semanas estuve en la Universidad Salamanca impartiendo unos talleres para los alumnos de doctorado de Historia del Arte. Volver, como dice la hermosa canción, al lugar que marchitó al niño. Yo estudié en Salamanca, y en esa ciudad me contagié de la pasión por el arte; gracias a la dignidad e inteligencia de José Vicente Luengo, al cinismo juvenil de Domingo Montero o a la soterrada sonrisa de Fernando González. Pero también gracias a los poemas mundanos de Adares, a los sonidos vírgenes para mí de Coltrane o de Jarrett, y a tantos momentos ahora parcialmente olvidados. Por eso, volver era volver.

Y lo hice junto a Servando Rocha, buen amigo, y uno de los autores que ha conseguido contagiar de acción a mis alumnos de la asignatura de Últimas Tendencias de la licenciatura de Historia del Arte. Servando nos habló de la acción sublime, de la condición artística de la destrucción no asumida, del terrorismo y una estética de la imagen que le acompaña. Y sus reflexiones giraban en torno a la obra de arte total, a la posibilidad de que los atentados del 11S no hubieran sido reivindicados por ningún grupo terrorista, que el silencio y el anonimato hubieran caído sobre nosotros con mayor estruendo que las propias torres gemelas. Nos habló de la pasión por el terror, el valor de éste en nuestra cultura. De la condición posmoderna. Y mientras lo hacía, yo iba desgranando en silencio momentos de mis años como alumno, aquellos pasos descubiertos, las primeras lecturas, la pasión por las palabras de Luengo… Y tras Servando, subí despacio a la mesa. Seguramente las mismas miradas, las sospechas por mi edad… y mis profesores (algunos de ellos) entre los asistentes. Y contar el camino andado, hablar de Guattari, del proyecto social del arte, de la construcción de nuevos mundos en pequeños espacios conquistados.. siempre Beuys. De los proyectos en los que he ido cayendo, y en los que han ido surgiendo. Así, pasaban las palabras, las preguntas, la posibilidad de una esperanza o de al menos de una lucha sin sentido, sin esperar resultados. De un arte que ya no espera más que el tiempo mínimo, un segundo que se esfuma. Del convencimiento de que el arte como “el amor, no es un desfile triunfal; sino un frío y silencioso ALELUYA”.

Terminaba en esos días el curso en Córdoba. Cada vez cuesta más romper ciertas alianzas. Y ahora, tras volver de Salamanca asumía esa ruptura con mayor consciencia y con un punto de amargura. Este año en clase conseguimos un grado de complicidad que hizo un verdadero placer recorrer el pasillo cada martes y jueves para encontrarme con ellos; Lorena, Manuel, Rafael, Marco, Toñi y Carmina. Espero que las sensaciones sean mutuas, que lo que se nos escapó y que no aparece en los libros, los gestos, las sonrisas, las dudas y desesperanzas en el arte de nuestro tiempo, en lo que verdaderamente nos mueve, nos haya contagiado. No hay esperanza posible… hagámoslo.
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