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31 ago. 2009

Annie Leibovitz. La vida a través del objetivo

por Manuel Sánchez

Susan Sontag, Quai des Grands Augustins, Paris, 2003 © Annie Leibovitz / Contact Press Images

Tras una larga cola, entro y no paro de escuchar mentalmente las Variaciones Goldberg de Bach.

La sinestesia asalta cuando menos te los esperas.

Soy el visitante nº 04988.

No hay dos iguales, pero todas tienen de fondo el mismo tema principal. Aquí se combina lo personal, lo familiar, con retratos de actores, políticos, de los grandes monstruos que cambian, fotos de guerra, de paisajes y ese retrato, uno de los últimos de Susan Sontag en un París borrado y partido por el frío y la enfermedad, irreversiblemente provecta. Todas estas fotografías tienen la misma base: la intimidad de lo fotografiado.

Producida por el Brooklyn Museum en colaboración con la Comunidad de Madrid se puede ver la exposición Annie Leibovitz. Vida de una fotógrafa, 1990-2005 en la Sala Alcalá 31 de Madrid. Enorme, abarca un álbum de familia, una exposición integral de retratos y un diario personal. Leibovitz combina las fotografías de su vida privada con su trabajo profesional para diversas revistas (como Rolling Stones o Vanity Fair) sin solución de continuidad y sin que nada desentone.

En esta exposición hay una especie de vuelta atrás, de homenaje a sus familiares y amigos en sus viajes a Sarajevo, Venecia, El Cairo… En ella vemos la progresión de los personajes: el envejecimiento y muerte de su padre, el nacimiento de su hija y sus gemelos o la muerte de Susan entre Bill Clinton, Nelson Mandela o una embarazadísima Demi Moore.

En todas ellas domina una gran intensidad emocional, una espontaneidad e intimidad que constituye el punctum de Roland Barthes. Gobierna la franqueza, la honestidad, son fotos que no engañan. Leibovitz es digna heredera de la fotografía en 35 mm de Robert Frank y Cartier-Bresson. Y entonces se produce la obra de arte: algo que no parecía nada, que era apenas cotidiano se convierte en “algo”. Los pequeños detalles, aquellos que cuentan la vida, que es el arte, que es sin más el arte de contar la vida. Leibovitz opina que se puede aprender mucho observando lo que pasa entre los grandes momentos, por ello no le preocupa excesivamente lo técnico, sino poder dejar una carta, una notita sobre un momento concreto.

En los retratos, desde los más desnudos en blanco y negro hasta los más elaborados para Vanity Fair, donde deja volar su imaginación, contextualiza mediante el atrezo la personalidad. Es decir incorpora la poesía, la metáfora para decir algo o decirlo todo sobre el famoso, de modo que rompe el escaparate de la era de la imagen pura, de la pura superficie.

Quizá las fotografías más interesantes son las influenciadas por Susan Sontag, con quien mantuvo una relación amorosa de más de diez años. Susan intelectualizó su fotografía, le dio profundidad y compromiso, desvió su trabajo con los famosos en Vanity Fair hacia viajes a los que nunca hubiera ido sola. De ahí las impactantes imágenes de Sarajevo, de una morgue en la que todo estaba desgarrado más allá de la vida y de la muerte. El tándem Susan-Annie representaba cosas de ellas mismas que desconocían: la palabra y la imagen. Durante su relación con Susan ocurrieron experiencias existenciales de suma importancia: tuvo 1 hija, los gemelos y se enfrentó a la enfermedad y a la muerte.

Muro de fotografías

Cuando Susan comenzó a estar enferma sin solución, sintió la necesidad de hacerle fotos para enfrentar la enfermedad y la incipiente muerte. Annie hace fotos para decirnos quien o que es, para buscar una explicación. Es su manera de pasar por la vida de los demás… y por su muerte, no como algo distinto sino como un capítulo conclusivo de la vida. Las fotos de la enfermedad y muerte de Susan son una manera de comprender el dolor y superarlo haciéndolo poesía, y por lo tanto desplazándolo en el objeto fotográfico. Como el maravilloso libro escrito por Susan en 2003, es su manera de estar Ante el dolor de los demás.

La muestra fotográfica termina en 2005, un año tras la muerte de Susan, porque la vida sigue, especialmente en los retratos a su hija y sus gemelos. Pero yo me quedo con aquella foto de Susan en Quai des Grands Augustins de París, partida por la mitad. No con la reproducción en formato expositivo, sino con el original que se puede encontrar en el muro de fotografías, reproducción del que hay en su estudio con fotos de encargo y personales. A pesar de descansar en el cementerio de Montparnasse, esa fotografía confirma que su muerte, que la muerte es mentira.
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