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29 ago. 2009

Las tijeras y el pegamento

por José Álvarez


Mr. Collingwood, de joven

En la colección de lecciones del profesor R. G. Collingwood editadas póstumamente bajo el título general de Idea de la Historia, el célebre historiador, tras una explicación de los métodos de Heródoto y Tucídides, basados en testimonios de testigos contemporáneos, nos desvela el camino que siguieron los autores clásicos para relatar los hechos históricos de los que no pudieron ser testigos por su lejanía, ya sea física o temporal. Este método, llamado humorísticamente por Collingwood de tijeras y pegamento (que en una traducción más cercana a nosotros podríamos llamar de cortar y pegar), es utilizado ampliamente desde entonces. Se refiere, naturalmente, a la compilación, esto es, construir una historia a base de materiales sacados de autoridades. Es uso datable desde época romana, en la que Polibio, de una forma crítica, comenzara el desarrollo de la historiografía, si bien utilizando el método de cortar y pegar en la primera parte de su obra, aplicado a las fuentes más antiguas de las que se nutrió. El método será seguido por Tito Livio, acusado por muchos de credulidad al aplicarlo, pues, como es natural, la crítica metódica que se emplea actualmente era ignorada. Tácito, por su parte, en los Anales, es fiel seguidor del sistema. El propio Plutarco nos advierte al inicio de sus Vidas Paralelas el hecho de que su fundamento lo basa en fuentes previas, señalando al efecto que hubo de escribir estas vidas comparadas, en las que se tocan tiempos a que la atinada crítica y la historia no alcanzan. Su hijo Lamprias fue a su vez recopilador de estos grandes compendios de historia grecorromana comparada.

El compilador por excelencia, en el terreno que ocupamos, la Historia del Arte, y en el periodo concreto que denominamos Clásico, es Cayo Plinio Segundo, llamado el Viejo, por distinguirlo de su sobrino, también historiador. Es el Viejo autor de la magna obra de carácter enciclopédico llamada Historia Naturalis, en la que hay una serie de capítulos que dedica a la Historia del Arte, los libros XXXIV, XXXV y XXXVI .

Es ésta verdadero resumen del saber de su tiempo, para cuya realización Plinio admite haber leído dos mil volúmenes. Gracias a este enorme trabajo de cortar y pegar conocemos la existencia de decenas de autores, cuyas obras, hoy perdidas, son así conservadas en la memoria, si bien de una forma muy escueta y parcial, con un criterio irregular y con notables lagunas cronológicas . No obstante, y pese a todo, una de las obras fundamentales de las que acudimos como fuentes clásicas.

Su estructura es sencilla. Dado que la obra es sobre la naturaleza, ejemplifica usos que se le dan a materiales provenientes de la propia naturaleza, es decir, de la vida. Por lo tanto, el libro XXXIV, dedicado al cobre y sus aleaciones, nos habla de la estatuaria en bronce, como uso que se le ha dado a este material. Igualmente ocurre con el libro XXXV, dedicado a los minerales que producen pigmentos, y las obras que se producen con éstos, desarrollando así la historia de la pintura. El mármol y otras piedras son el punto de partida para la descripción de las más famosas obras esculpidas en su tiempo, y para el repaso de grandes construcciones arquitectónicas de la Antigüedad.

En este terreno, ejemplo contrario al método de cortar y pegar de que nos habla Collingwood, es el caso de Los Diez Libros de Arquitectura, de Marco Vitruvio Polion, como Plinio ciudadano romano, fallecido cuando nació éste, en el año 25 antes de nuestra era.

Su estructura en diez libros, de los cuales sólo los primeros siete tratan propiamente de arquitectura, persigue un número mágico o cualquier otro fin no dilucidado pues los tres restantes tratan de hidráulica, cronometría y maquinaria. Tras un letargo medieval, el tratado fue publicado en Roma en 1446, difundiéndose en numerosas obras posteriores, tras la inclusión de gran parte de los libros en la obra De Re Aedificatoria, de Leon Battista Alberti, publicada en Florencia en 1485. Cincuenta años más tarde, los libros vitruvianos aparecieron en el Livre d’Architecture de Androuet de Cerceau, contenant les plans et dessins de cinquante bâtiments tous différens, editado en París. En España, el primer tratado que recoge de la fuente vitruviana es el Arte y Uso de la Arquitectura, de fray Lorenzo de San Nicolás, editado en 1633. En adelante, el proceso de cortar y pegar de Plinio será utilizado a la inversa, pues serán cientos las obras que entresacarán las enseñanzas de nuestro autor para engrosar las propias.
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