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27 ago. 2009

Re-lecturas de verano: El Quijote I

por Rosa Colmenarejo

Esta entrega es la primera de una serie que constará de dos entregas más sobre el Quijote, seguido del Frankenstein de Mary Shelley, La letra escarlata de Nathaniel Hawthorne, Las hermanas Zinn, Foxfire de Joyce Carol Oates, así como un análisis de las novelas de Auster-Hustvedt...

Ilustraciones de Gustave Doré para El Quijote

Releo el Quijote (1) con ánimo de comprender el significado que ha tenido el papel del narrador en el desarrollo de la novela moderna para la configuración del rol femenino que se ha entendido hasta muy recientemente como “tradicional” o, incluso, “natural”.

La cuestión de la identidad, literaria o no, debe considerarse un tema raíz en “Don Quijote”. La alienación de su protagonista, como furibundo lector de novelas de caballerías que cede su propia identidad en aras de adoptar la de un caballero andante, es la cuestión fundamental que permite conformar el argumento de la novela. Cuando Don Quijote dice: Yo sé quien soy (Quijote, I, 5, 73), no se puede interpretar en el sentido asertivo de su propia identidad aristocrática, en ese momento el moro Abindarráez, ni como garantía del honor de su palabra de caballero, el fragmento que sigue: y sé que puedo ser, no sólo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aún todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías, nos muestra como Cervantes plantea, a través de la retórica de la ficción, la problemática de la identidad humana. Así le hace ser consciente a Don Quijote no sólo de quien es sino de la infinidad de personalidades que le aportan sus lecturas.

Dado que en aquellos tiempos se solía dar por sentada la relación directa entre el yo de un autor (su experiencias, opiniones, etc.) y la máscara o personalidad ficticia que asumía dentro de su obra, y no compartían los escrúpulos que hoy en día nos impiden saltar de esta a aquel (Close 1998:LXVII), parece posible concluir en este punto que “Don Quijote” constituye un resumen de vida y experiencias del autor. Esto es así a pesar del carácter fantástico de algunos de sus episodios, donde la verosimilitud funciona a pesar de todo: no se trata de huir de lo maravilloso sino de hacerlo aceptable al lector (Riley 1998:CXXXVI). La reconciliación de lo verosímil con lo maravilloso es una de las aportaciones de la épica a la prosa de ficción y de ello es buena prueba “Don Quijote”, repleto de peripecias y aventuras que admiran y asombran pero que también creemos, fielmente, como lectores.

Ilustraciones de Gustavo Doré para El Quijote: Dulcinea ahechando trigo; tal y como la imaginó Sancho

Si realizamos un rápido, y exiguo, repaso por la figura y el tono adoptados por el narrador respecto a las mujeres en la historia de la literatura encontramos inicialmente en el medievo que el desarrollo psicológico de los personajes femeninos carece de importancia narrativa puesto que está subordinada por completo al discurso masculino. Son personajes siempre narrados bajo el prisma de sus contemporáneos masculinos: Una de las tantas trampas que acechan a las mujeres en el discurso literario consiste, bajo pretexto de celebrarlas, en negarlas en tanto personas (Desaive 2000:283). La carencia de nombres propios implica una falta de identidad visible en el texto, una inexistencia, sin voz audible.

Más adelante, el determinismo que rige los textos del género picaresco otorga a sus personajes femeninos muy poca profundidad psicológica y muy limitada capacidad de trascendencia. Como comenta la profesora Martha García de Elena, la pícara protagonista de “La hija de la Celestina” de Salas Barbadillo: No conoce otro estilo de vida, pero lo que es más importante, no parece tener ninguna intención o deseo de superación. Se siente cómoda con ese estilo de vida y no pretende salir de él. (García 2008:15). Además mientras los pícaros masculinos (Lázaro, Guzmán, Pablos) cuentan su vida en forma autobiográfica (o seudoautobiográfica) la historia de Elena se narra en tercera persona. Mientras ellos trascienden las fronteras del territorio nacional (Italia o las Indias) Elena nunca sale de España. Todo ello puede considerarse una referencia directa a la posición de la mujer barroca dentro del sistema patriarcal.


María de Zayas y Sotomayor (1590-1660) abordará sin embargo en sus novelas el tema de otro modo. Será el personaje masculino en Novelas ejemplares y amorosas quien posea y sufra los agravios de la pasión. En “Desengaños amorosos”, Zayas expresa su preocupación por una especie de “feminización” de la mujer. Establece que el hombre trata de feminizar a la mujer más de lo que ella es. Por ello invierte los papeles, y la mujer es quien controla el discurso y la retórica. Zayas invierte la simetría masculino - razón, femenino - pasión planteando con ello la posibilidad de una nueva caracterización: el intercambio de atributos escénicos.

Ilustraciones de Gustave Doré para El Quijote

En el siglo XIX al narrador se le ubica en una posición de omnisciencia absoluta, pontificia, casi una deidad. Al lector no le queda más que acatar lo que el narrador, que domina totalmente el discurso, le permite pensar o deducir. Cuando “Pepita Jiménez”, de Juan Valera, se expresa utilizando la primera y la tercera persona nos está imposibilitando, como lectores, a tomar como fidedigna su actuación discursiva en la obra. El discurso acondiciona al lector para pensar y deducir hasta donde el narrador lo autoriza, generando una audiencia totalmente pasiva. Sin embargo, Emilia Pardo Bazán rompe con la estructura narrativa típica decimonónica en “Insolación”. A pesar de utilizar también la tercera y la primera persona se establecerá inmediatamente un juego narrador /protagonista que tendrá como consecuencia el efecto de participación activa del lector. Para Martha García esta licencia participativa yace implícita en el Quijote. Cervantes establece una diversidad de perspectivas sobre la caracterización de la mujer para que sea el lector el que participe activamente en el proceso de lectura: Por un lado, el autor nos deslumbra con la ficción, Dulcinea, y por el otro, logra el equilibrio poético con un despliegue de personajes esculpidos en sus más variados matices: moriscas, duquesas, labradoras, prostitutas, guerreras, pastoras, aldeanas, doncellas, rameras, la víctima y la victimaria, la sumisa y la rebelde, la sirviente y la servida, la aristócrata y la plebeya, todas bajo el mismo manto narrativo (García 2008:18).

El espectador que no sólo mira, sino que al mirar posee una Tekné literaria, es lo que Luis F. Avilés denomina el espectador o testigo. El problema no es carecer de héroes sino carecer de autores que canten sus hazañas (Avilés 2005:5). El testigo como preocupación del héroe es un problema no sólo para don Quijote, sino también para muchos protagonistas de las novelas de caballerías y, desde luego, para las mujeres y su indagación en su propia historia.

Se consideran esenciales dos puntos como conclusión de esta primera parte del trabajo:

1 - La utilización por parte de Cervantes de una técnica narrativa innovadora que hace del lector un copartícipe en la lectura: lo obliga a dejar a un lado su pasividad, su papel de receptor dócil. En otras palabras, Cervantes parece buscar un lector capaz de escudriñar el texto, examinar y llegar a sus propias conclusiones a pesar de los juegos retóricos y trampas narrativas a las que está siendo expuesto. (García 2008:33)

2 - En cuanto a la relación del narrador-autor con los personajes femeninos y la ideología subyacente en las relaciones intergéneros, don Quijote sale en busca de “aventuras” pero en ningún momento el texto nos sugiere una falta de confrontación (2) ; al contrario, lo que don Quijote ansía es ese “encuentro” con el otro. Fuera de un terreno seguro, el de su propia casa al lado de su sobrina y bajo la supervisión del cura y del barbero, el protagonista se ve en la necesidad de enfrentarse con una variedad de personajes y situaciones de las que nunca sería objeto en su contorno cotidiano. Se expone por tanto a una serie de circunstancias voluntariamente, no con el deseo de evadir la civilización sino con la determinación de conocer al “otro”. En ese “otro” se encuentra inevitablemente la mujer. En suma Cervantes nos muestra la presencia sólida de la mujer como un ser independiente, como ese “otro” a quien hay que buscar, encontrar, descubrir, como sujeto y no como objeto de caza (García 2008:34).


Notas:

1. Este trabajo sigue la edición: Cervantes, Miguel de (1998) Don Quijote de la Mancha, edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico con la colaboración de Joaquín Forradellas, estudio preliminar de Fernando Lázaro Carreter, Crítica, Barcelona, por la que cito.

2. Me refiero a una confrontación al modo utilizado por Leslie Fiedler en su caracterización de la ficción americana en la que el protagonista “a man on the run” busca su estar “fuera de la civilización”, procurando a toda costa evitar su encuentro con la mujer, algo que podría implicar la posibilidad de enamorarse y casarse. Citado por El Saffar, Ruth (1984) Beyond the Fiction, The Recovery of the Femenine in the novels of Cervantes, Berkeley, University of California, p.11.



2 comentarios:

Anónimo dijo...

Moshi moshi! Creo que toca cambiar la cabecera. ¿No?

Ars Operandi dijo...

Bueno, ha habido un lapso veraniego. El día 1 retomamos el asunto con las nuevas cabeceras que nos han enviado y tenemos preparadas. Gracias por tu interés ;-)