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31 ago. 2009

Re-lecturas de verano: El Quijote II.

por Rosa Colmenarejo

Don Quijote y Sancho, cromolitografía de Jules David


Don Quijote y su concepción de las mujeres a través de los libros de caballerías

Alonso Quijano es un hidalgo manchego, cincuentón, que se enfrasca tanto en la lectura de libros de caballerías que termina creyendo que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía (Quijote, I, 1, 39). En su demencia, don Quijote decide hacerse caballero andante e irse por el mundo a buscar aventuras y a ejercitarse en todo aquello que había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio (Quijote I, 1, 41). Pertrechado con las armas de sus bisabuelos, sale de su casa con la única compañía de su imaginaria e idealizada Dulcinea, perfecta e impecable dama a la que servir y amar. Un amor que viene, sin embargo, forzado por el rol que pretende asumir puesto que, como confiesa, yo soy enamorado no más de porque es forzoso que los caballeros andantes lo sean (Quijote, II, 22, 890). Dulcinea, abstracción idealizada de las heroínas caballerescas, es el norte de sus aventuras, por ella acometerá grandes gestas y a ella remitirá a los vencidos. Dulcinea es sin embargo dama a través de la imaginación del Quijote, su doncellez, su feminidad y virtud serán construcciones de la moral caballeresca adoptada por éste: que su nombre es Dulcinea; su patria, el Toboso, un lugar de la Mancha; su calidad por lo menos ha de ser princesa, pues es reina y señora mía (Quijote, I, 13, 141).

Convertido en caballero andante, Alonso Quijano, ahora don Quijote, ve la realidad que le circunda a través de los libros de caballerías. Del mismo modo, las mujeres con las que se cruza pasan a formar parte de su mundo de ficción, ajustándose con distintas estrategias a los interesados recuerdos de sus lecturas. Las mujeres van a ser muy importantes en su vida caballeresca, entre otras cosas, porque para don Quijote la caballería significa ante todo servirlas, un concepto éste de la caballería a favor de las damas que es uno de los principales conceptos deformados por los libros de caballerías sobre la caballería real.

El ciclo artúrico, que don Quijote pretende resucitar, adoptará sin embargo la defensa de las mujeres como máxima obligada. Don Quijote, caballero por sus libros, hace suyas las máximas del “Lisuarte de Grecia”, del “Amadís de Grecia”, del “Cuarto libro de Renaldos de Montalbán” o del “Baladro del Sabio Merlín” y entiende el servicio a las damas en un sentido amplio, no sólo cortés y en relación con su señora Dulcinea, sino también como socorro de las mujeres desvalidas: Para cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos (Quijote, I, 2, 123).

Como tantos otros caballeros, don Quijote se cree necesario y se erige como guardián de las mujeres, pues sabe que los libros de caballerías están repletos de viudas, doncellas y dueñas que reclaman la ayuda del caballero para recuperar un territorio usurpado, para defender su reino, para reparar su honra o simplemente, reciben el auxilio en el momento en el que están siendo raptadas o ultrajadas (Marín 2005:313).

No es de extrañar por ello que tras su investidura, nuestro caballero busque por los caminos de la Mancha a estas mujeres menesterosas y afligidas y que a la primera dama que aviste, la señora vizcaína que viaja en coche con su séquito a Sevilla para reencontrarse con su marido y embarcar juntos hacia las Indias, la confunda con una princesa hurtada por encantadores, en este caso unos frailes de la orden de San Benito que coincidían en su camino (Quijote, I, 8, 99). Su confusión persiste en el ataque a los rebaños, en el que cree defender a la hija del emperador Pentapolín, princesa cristiana con quien quiere casarse a la fuerza el furibundo pagano Alifanfarón, con el que supuestamente va a enfrentarse cuando le golpea una peladilla del arroyo (Quijote, I, 18, 189). O en la procesión de disciplinantes que llevan una imagen de la Virgen, una imagen en la que don Quijote cree que puede ser alguna principal señora que llevaban por la fuerza aquellos follones y descomedidos malandrines (Quijote, I, 52, 585) que lo dejarán también molido.
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1 comentario:

Rosa Colmenarejo dijo...

Jo, qué duro compartir cartel con Annie Leibovitz! Espero, al menos, haceros sonreir (el Quijote puede haceros reir a carcajadas). Un abrazo