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14 sept. 2009

El paisaje revelado


Fotografía de Rafael Luna © rafaluna, 2008



Rosa Colmenarejo / Ars Operandi

Mi punto de vista se basa en mi propia experiencia
Carles Llop. Arquitecto urbanista

1_Cuando en las publicaciones y congresos se habla actualmente de ciudad, de contexto urbano, de espacio público, se escucha un lamento casi permanente sobre cómo las plazas han perdido su razón de ser como espacio de relación social y cómo éste se ha acomodado en el espacio hueco, vacío, que se ha generado con la implantación de los grandes centros comerciales. El espacio público es el espacio del consumo, se considera desde la alta economía, como si más allá no existiese vida alguna. Los rituales de la calle desaparecen, engullidos por un sistema de organización espacial que parece ir más rápido que nuestra propia mente. Sin embargo no es difícil percibir cómo, con qué energía, la gente toma, tomamos, la calle ante la perspectiva de un día libre de sol y luz. Este artículo no pretende exponer, y mucho menos explicar, las causas de este fenómeno de desligamiento del entorno social o pérdida de contacto con la memoria colectiva de los lugares: evocaciones cohibidas, conversaciones limitadas, relaciones reconocidas únicamente a través del uso del teléfono móvil o internet etc. Quisiera centrarme en la sencilla tarea de poner palabras en juego, palabras que relacionen la ciudad, el paisaje urbano con el patrimonio. Ideas que pretenden una reinvención del modelo cultural urbano. La palabra fundamental que habremos de poner en juego entonces será “gente”: público, ciudadanía, voces que llenan y dan sentido, al percibirlo, al utilizarlo, al visibilizarlo, al paisaje urbano, a las calles y plazas, a parques y jardines, a su patrimonio.

Fotografía de Rafael Luna © rafaluna, 2008

2_La lectura de la ciudad al revés. El manejo de la escala de lo real. Acostumbramos a tomar el mapa de una ciudad como primer modo de acercamiento a una realidad que nos es desconocida y misteriosa. Una vez localizado nuestro hotel, los lugares que deseamos visitar o conocer, siempre en el mapa y marcados con círculos, nos aventuramos a descubrir la ciudad caminando. Este es el sencillo proceso que debería seguir cualquier política de planeamiento en las ciudades: llegar a localizar esos círculos escala 1/1000 a escala 1/1 dentro del mecanismo de creación. La escala de la vida debe ser observada durante todo el proceso de planificación y no sólo, aunque también, a partir del momento de la inauguración de un hito urbano, ya sea un parque, un museo, una sala de exposiciones o un centro cívico. De la ciudad al contexto urbano. Del paisaje urbano al espacio público. De la calle, el parque, los jardines a las unidades patrimoniales invisibles. ¿Y después? Después, o antes, siempre estará la gente.

La ciudad es un fenómeno dinámico. (Grupo Cronos, 1987:23) Un fenómeno del que podemos manejar instantáneas (planos) de las formas urbanas que adopta en un momento determinado y que nos permitirá estudiar la evolución histórica de su organización y trazado. Poco más. Si deseamos entender la evolución de las formas, su incidencia en la construcción del tejido social y cultural será preciso la adopción de una escala de proximidad, más acorde con la vida cotidiana. Si entendemos la ciudad como el producto cultural más sofisticado y complejo (Benavides, 2008:126) construido por la mente y la acción humana en sociedad y, por tanto, como producto social (Hayden, 1995:23) será preciso incorporar el concepto paisaje urbano no sólo como categoría cultural, habremos de animarlo como categoría proyectual.

El paisaje ha devenido construcción, resultado multidimensional de la interacción entre los factores bióticos y abióticos del medio natural en el marco de la actividad humana. (Buxó, 2006) Las formas que adopta el paisaje urbano actual son el resultado de una confluencia de factores urbanos, naturales, culturales y humanos que permiten entenderlo como la unidad espacial más sencilla del complejo sistema en el que se inserta, la ciudad. La ciudad se erige como contexto territorial y social mientras que el espacio urbano puede ser estudiado en detalle como un lugar singular, una escena pública concreta. Convenientemente analizado, el paisaje urbano nos puede reflejar el alcance y las formas de las huellas civilizatorias (Novo, 2007) de las sociedades humanas del pasado y el presente. El paisaje urbano es, por tanto, un jardín en movimiento que revela a cada instante formas y fondos de su trayectoria histórica. Un marco en el que se desarrolla la vida de las personas y cuya incidencia en la conformación del paisaje urbano determina y/o propicia las modificaciones del sistema cultural del grupo humano que se asienta en él. (Kurtz, 1988)

El sentido escenográfico del paisaje urbano engloba el espectáculo de la actividad de la ciudad sobre un fondo definido por permanencias sensoriales y culturales, como la velocidad del desplazamiento, el sonido, las líneas del cielo, la presencia de árboles y agua y los elementos distintivos de la organización arquitectónica añadiría las sombras y las voces de las personas que lo habitan.

Además, el paisaje urbano es una realidad ética y estética en constante cambio, resultado de una compleja estratificación de señales. Un sistema que se organiza en relación con criterios ecológico funcionales, socioculturales, económicos, urbanísticos y de percepción estética, (Lambertini, 2008:82) de evocación y memoria.

Aprehender y trascender así el paisaje urbano histórico no admite aislar o inventariar uno y cada uno de sus valores patrimoniales de forma aislada y estática sino que han de contemplarse necesariamente como fragmentos de un sistema complejo que posibilita una integración real de lo patrimonial en la vida cotidiana de las gentes con quienes comparte escenografía. La transformación y disfrute de los espacios públicos de la ciudad histórica puede programarse siguiendo tácticas más o menos contrastadas pero finalmente serán personas quienes doten de significado, culturizándolo, a todo lo construido, reconstruido, restaurado y/o rehabilitado en la ciudad.

Fotografía de Rafael Luna © rafaluna, 2008

3_Córdoba. Ciudad 2016. Hemos visto como la vida en las ciudades conforma una delicada trama, una compleja red de afinidades y desencuentros, que exige sensibilidad y sentido común para comprender su fragilidad. Se trata de un equilibrio sostenido por lo cotidiano y lo subjetivo, es decir por las personas que habitan y conforman su ecosistema; Cuando un “evento” queda fijado en el horizonte de una ciudad éste altera el ejercicio de la política, el interés comercial y financiero pero muy poco, o nada, la vida cotidiana de las personas que la habitan. Esta es la sensación que tenemos en Córdoba, al menos, siete años antes.

Si entendemos que la celebración de un evento, ya sean unas Olimpiadas, una Exposición Universal o una Capitalidad Europea de la Cultura, como el caso de Córdoba, supone para la ciudad elegida un nuevo punto cero en su devenir histórico en tanto que el “evento” mediatiza el ejercicio de la política municipal y con ello su desarrollo urbanístico, sus planes de vivienda y sus equipamientos. Todo ello supone una alteración brusca, un impacto en el paisaje urbano; un paisaje urbano que en muy pocos años verá alterado su soporte y su contenido, su trama social y sus modos de relación e influencia. Con la incorporación del concepto paisaje urbano a la teoría urbanística pretendemos incorporar los aspectos sociales de uso y disfrute del continente urbano. La ciudad, su espacio público, sus actores, sus sentimientos, sus actividades, sus deseos, los valores intangibles que generan sus necesidades.

Leer la ciudad a través de su red de espacios públicos, espacios libres, es leer relaciones. Considerar cómo la gente en general da sentido a sus vida a través de la calle puede orientar nuestro trabajo si pretendemos diseño del espacio público desde lo especificidad de su carácter. Un carácter que puede ser muy bien afirmado en el caso de Córdoba con la incorporación del desarrollo de la actividad arqueológica en el espacio público. Calles, parques, jardines, plazas como escenario para la recuperación de la Antigüedad, hitos que generen un paseo, un deseo por comprender la naturaleza del paisaje urbano propio, pasado y futuro.

Los aspectos de solidez y enriquecimiento que aporta la arqueología pueden hacerse de este modo visibles y amables. Verse instalados en lo confortable de lo visible que lo reconoce y por tanto lo valora. La arqueología, la historia, no sólo es sino que está porque nos hace guiños en cada esquina. En este sentido la ciudad toda puede ser entendida como un yacimiento, como de hecho es, ya que responde a un proceso continuado de formación, evolución y destrucción que no puede ser disgregado ni en el espacio ni en el tiempo. (García, 2008: 88)

Córdoba es una ciudad que camina, que permite su re-conocimiento cotidiano de un modo lento y continuo. La existencia de grandes hitos patrimoniales: Mezquita, Puente Romano, Alcázar, entre otros muchos, avala la persistencia de otras unidades patrimoniales muchas veces misteriosamente integrados en el día a día, unidades que conforman junto a los grandes ese tejido del que hablamos insistentemente cuando hablamos del sentido que tiene hablar de paisaje urbano y ciudad. La necesidad y pertinencia de incorporar al diálogo proyectual, constructivo y de uso esta red de yacimientos de memoria, conocimiento y cultura es la humilde aportación que pretende este texto. Gracias por participar, leyéndome, en la comprensión de los presentes y futuros posibles que habitan nuestra ciudad.

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