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8 sept. 2009

Oteiza y metafísica

por Manuel Sánchez

 Fotos: Web resources

A las afueras de Pamplona, en Alzuza se levanta un impresionante mausoleo, una tumba que es la metáfora de las esculturas de su inquilino. En efecto, Sáenz de Oiza proyectó un gran cubo de hormigón rojizo que integra la casa abandonada en la que se establecieron Jorge Oteiza y su mujer Itziar Carreño en 1975.

El Museo Oteiza de Alzuza es la gran evasión y victoria de Oteiza, un escape con deseo de salvación que el escultor vasco encontró en tres caminos: filosofía, religión y arte. Quiere resolver estéticamente los problemas de los demás, el máximo: la angustia ante la muerte, resuelta a través del vacío escultórico. Es su manera de ser comprometido.

Su camino al vacío parte de las últimas obras de Malévich, lo que él llamó la “Unidad Malévich”, sobre la que abrirá módulos de luz. Como decía Lezama Lima “la luz es el primer animal visible de lo invisible” que le mostrará el vacío haciendo que la escultura respire. En todo hay una camino hacia la descomposición: hasta sus obras de Arantzazu hay una desocupación física, después comienza a experimentar con la dinámica giratoria de la hipérbole, los gusanos de luz que devoran la materia, sustituyendo materia por energía, intensidad por extensión, tiempo por espacio en una continua “desdramatización” escultórica. Finalmente llega la desocupación final: “la presencia de una ausencia formal” propicia el reconocimiento del Espíritu que se “desoculta”.

Oteiza negó la forma y por tanto la escultura, resultó más filósofo que escultor en sus coqueteos con el vacío y la nada. La progresión de Oteiza fue: materia, desocupación del espacio-tiempo y vacío, trasladando la nada de Heidegger a la escultura. Por ello dejó el oficio de la escultura en 1959 para entregarse a la página en blanco de la poesía. Su obra se adelanta a la escultura que se haría en los años 70, dotándola de una profunda reflexión multidisciplinar aunando las humanidades a las ciencias.



Su última escultura: Caja metafísica (1959) es un cubo ocupado por el espíritu de Oteiza. Que lo abre y lo desdobla. Yace sobre una peana de mármol porque es sagrado y realmente está suspendido en el aire. Aquí encuentra una solución existencial a su angustia, en el vacío protector de la caja, unida en la memoria a los hoyos que el pequeño Jorge hacía en la playa de Orio para desaparecer del mundo.

En esta escultura final no se ve más que el vacío, el espacio queda desocupado y separado del tiempo, creando un espacio espiritualmente habitable. Un espacio en el que regresar de la muerte, toda vez que “lo que hemos querido enterrar, aquí crece”.

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