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4 sept. 2009

Re-lecturas de verano: El Quijote III.

por Rosa Colmenarejo

Aurelio Teno, Quijote, 1989, acuarela/papel

El episodio de Marcela y el planteamiento de la libertad femenina.

Los pastores que anuncian el episodio de la pastora Marcela, que en la edición de Francisco Rico se ha sobre titulado “la libertad de la mujer”, muestran en su planteamiento inicial la necesidad que tienen los hombres de la época de aprender a vivir entre mujeres libres: Que puesto que no huye ni esquiva… (Quijote, I, 12, 133); y deste y de aquel, y de aquellos y de estos, libre y desenfadadamente triunfa la hermosa Marcela, y todos los que la conocemos estamos esperando en qué ha de parar su altivez y quién ha de ser el dichoso que ha de venir a domeñar condición tan terrible y gozar de hermosura tan estremada. (Quijote, I, 12, 134)

Cervantes nos muestra al menos tres puntos de vista de la historia de Marcela y Grisóstomo y, lejos de emitir un juicio omnisciente, concede escuchar todas las voces para así permitir al lector sacar sus propias conclusiones. A pesar de que la posibilidad de enfermar y morir de amor es tópica en la literatura culta y popular, Cervantes no especifica la causa real de la muerte de Grisóstomo, dejándola en una cuidada ambigüedad en la aproximación narrativa que realiza el cabrero (Quijote I, 12, 128).

Se trata de una historia que será inicialmente anunciada por los curiosos, entre los que se encuentran Don Quijote y Sancho, como del muerto pastor como de la pastora homicida (Quijote I, 13, 136). La “Canción de Grisóstomo” (Quijote, I, 14, 146), es un nuevo relato de la historia desde el punto de vista poético y subjetivo del amante desdeñado. Los asistentes al entierro del pastor no le otorgarán valor de verdad objetiva, aunque sí sirva para lamentarse del fatal desenlace, puesto que inmediatamente reconocen que a pesar de que en ella se quejaba Grisóstomo de celos, sospechas y de ausencia, todo en perjuicio del buen crédito y buena fama de Marcela (Quijote, I, 14, 151), esto se debía a los celos imaginados y las sospechas temidas como si fueran verdaderas que afectan a un amante ausente: Y con esto queda en su punto la verdad que la fama pregona de la bondad de Marcela, la cual, fuera de ser cruel, y un poco arrogante, y un mucho desdeñosa, la mesma envidia no debe ni puede ponerle falta alguna (Quijote, I, 14, 152).

Finalmente, el discurso de Marcela, que pretende su propia defensa: a dar a entender cuán fuera de razón van todos aquellos que de sus penas y de la muerte de Grisóstomo me culpan (Quijote, I, 14, 153), y en el que expone una justificación a sus razones y una declaración de sus intenciones vitales que se inician por la elocuente: Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos. El discurso de Marcela es el discurso de una mujer libre, de una mujer independiente que elige vivir sola: Yo, cómo sabéis, tengo riquezas propias, y no codicio las ajenas; tengo libre condición, y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie; no engaño a este ni solicito aquel; ni burlo con uno ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de las de las zagalas destas aldeas y el cuidado de mis cabras me entretiene. Tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada primera (Quijote, I, 14, 155).

Marcela rompe el estereotipo, el modelo acuñado por los tratados de educación femenina y por una sociedad claramente patriarcal, más si cabe tras el Concilio de Trento (1545-1563), que supondrá un claro retroceso en el tema de la educación femenina. Marcela rechaza al que la corteja y con ello el matrimonio porque realmente supone una pérdida de libertad: La doncella honrada, la pierna quebrada y en casa (Quijote, II, 5,), pues aunque así se pretenda dotar a la casada de una posición social honorable y se le hacía responsable de la armonía y bienestar de la casa, del buen gobierno doméstico, se le exigía a la vez el sometimiento al marido, como deja muy claro en “La perfecta casada” Fray Luis de León (Marín 2005, 315).

Siguiendo el argumento de Concha Espina, podemos ver tras esta pastora, forjada con materiales procedentes del mundo caballeresco y pastoril, una doncella elocuente, independiente, valiente, altiva y arrogante, un personaje muy próximo a Don Quijote en realidad, que se refugia en la literatura, en la ficción pastoril, para reclamar una libertad que la sociedad le niega. Marcela es como quiere ser. Una dimensión que don Quijote intuye aunque no llegue a vislumbrar pues inmediatamente insiste en su obsesión caballeresca por ver a las mujeres como seres desvalidos y menesterosos: Ninguna persona, de cualquier estado o condición que sea, se atreva a seguir a la hermosa Marcela, so pena de caer en la furiosa indignación mía (Quijote, I, 14, 156).

Desde “La Galatea” hasta el “Persiles y Segismundo”, Cervantes se mantiene fiel a la visión idealizada del buen amor como servicio puro y ardiente de la amada, servicio que, sin desacato a su honestidad y libre albedrío, aspira al matrimonio. Este ideal fundamenta su concepción de la relación entre los sexos en la medida en que no sólo los amantes nobles (Elicio y Galatea, etc.), sino también los degradados o paródicos (don Quijote y Dulcinea, etc.), están ideados en función del mismo. (Close 1998:LXXV)

El racionalismo ético de Cervantes, junto con su repudio instintivo de la injusticia y la crueldad, le llevan a condenar la barbarie del precepto que reza: “la mancha del honor sólo con la sangre del que ofendió se lava”, y, en general, todo tipo de venganza impulsiva. A diferencia de la mayor parte de los dramaturgos y novelistas españoles del XVII, Cervantes, al tratar el tema del adulterio, hace que los maridos ultrajados acaben perdonando a sus esposas y reconociendo que ellos mismos cargan con parte de la culpa (Close 1998:LXXVIII). Unas reservas respecto a los preceptos del código de honor que están compuestas, casi a partes iguales, por escrúpulos cristianos (“No matarás”) y por pragmatismo mundano. Este pragmatismo incluye la idea de que el deshonor equivale a la muerte social (Quijote, II, 3), la insistencia en la necesidad de evitar el escándalo, la concepción paternalista del papel social de la mujer, para quien la virtud se limita, en la práctica, a la obediencia y la castidad. Si bien, es cierto que este paternalismo está atenuado en parte por las exigencias de la fábula romántica que llevan a Cervantes a pintar con indulgencia heroínas atractivas (Marcela, Dorotea, etc.) que reclaman su derecho a decidir su destino matrimonial. En fin, el pensamiento de Cervantes sobre el honor es inteligente y humanitario, pero acorde con las premisas comunes de su tiempo; las obligaciones del caballero honrado expuestas por Don Quijote ante la sobrina constituirían, para el lector coetáneo, una doctrina sumamente equilibrada. (Quijote, II, 6).
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