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3 oct. 2009

Un libro sobre Enrique Moreno "El Fenómeno" reivindica su memoria


Portada del libro, que reproduce el relieve tallado por El Fenómeno para la Plaza de la República, hoy de las Tendillas

Redacción /Ars Operandi

El domingo 4 de octubre comienzan en Montalbán los actos que, con motivo de la presentación del libro El escultor Enrique Moreno "El Fenómeno", se realizarán en esta villa cordobesa, este domingo, y en el Museo de Bellas Artes de Córdoba, el próximo miércoles 7 de octubre. Los actos a celebrarse en la Casa de la Cultura de Montalbán consisten en la presentación del libro por parte del autor e hijo del artista, Antonio Moreno y Ladrón de Guevara, tras de lo que el conservador del Museo de Bellas Artes de Córdoba y académico, José María Palencia Cerezo, conferenciará sobre la figura del escultor, continuándose con la proyección de un documental sobre la vida de Enrique Moreno. Posteriormente se descubrirá una mención en la casa natal del artista, sita en la calle Empedrada.

Sobre Enrique Moreno, vilmente asesinado por los fascistas el 9 de septiembre de 1936, la escritora cordobesa Matilde Cabello publicó un emotivo artículo en el diario El Día de Córdoba titulado El Fenómeno artístico que Córdoba ocultó al mundo al cumplirse el 73 aniversario de su fusilamiento, texto que reproducimos íntegro a continuación.

Enrique Moreno, El Fenómeno

"Cuando Enrique Moreno El Fenómeno abrió los ojos al mundo faltaban 31 años exactos para la proclamación de la II República. Era el 14 de abril de 1900 y sucedía en el número 103 de la calle Empedrada de Montalbán, en casa del herrero rambleño Francisco Moreno y de Ana Rodríguez, padres ya de dos hijos y de una niña, que crecieron ayudando entre el taller y las peonás del campo, sin más estudio que las reglas de las antiguas "migas" rurales.

Las circunstancias no fueron óbice frente al talento innato del chiquillo, que afloró como un juego, dando forma humana al barro del Cerrillo de la Cruz y de La Rambla, a donde se trasladó la familia y se quedó. Por esta última localidad -cuenta su hijo Antonio- "sintió la atracción irresistible de la tierra. Es decir de su arcilla" y, por esos azares mágicos de la vida, se le ocurrió modelar un retrato del rambleño Alejandro Lerroux, entonces diputado. Y fue un colega del político, Manuel Villalba, quién, admirado ante el hiperrealismo de su obra, auspició su primera beca en la Escuela de Artes y Oficios de Córdoba.

No había cumplido los 15 años; con 20, pudo estudiar en la de Madrid, París y Roma, siempre becado por la Diputación y precedido por la consideración de ser El Fenómeno cordobés que regresaba importando los movimientos más renovadores de Europa, con especial influencia - en opinión de su hijo- del servio Iván Mestrovic y otros maestros rusos. Sin embargo, apunta también, aunque "recibió y asimiló las experiencias innovadoras que se esparcían por Europa, ello no fue obstáculo para que escogiera su propia forma de expresar… ". " Lo llevaba en su carácter, era algo ínsito en su propio ser"; como el no desprendimiento de la tierra donde se hermanó con el barro que lo alió al cubismo y al impresionismo, para derivar en los matices de una obra peculiar, única.

Salvo el grupo escultórico de la Facultad de Medicina de Cádiz, en Córdoba dejó sus bellímos bustos, esculturas, placas y grupos, mutilados luego (por su contenido "erótico", por otros motivos o sin ellos) como las figuras del pontanés Manuel Reina o la de Eduardo Lucena que, con la de Martínez Rúcker y Mateo Inurria, tiene Córdoba. En esta ciudad, fue el artista más popular, querido y brillante de las tertulias del Suizo, La Perla y otros cafés-cantantes adheridos al nostalgiario, en donde compartía amistad e inquietudes con José María Alvariño, Rogelio Luque, Rafael Botí o su alumno, López Obrero, y "fue un verdadero reemisor de los nuevos aires europeos… en una Córdoba demasiado lastrada por una atonía cultural que duraba ya siglos… y aunque la ciudad se protegía dentro de su muralla de repeticiones rutinarias, gracias a los esfuerzos de esta pléyade de jóvenes inconformes empezó a ver más allá y a pensar en el mundo exterior", mientras la dejaron.

La palabra y lucidez de aquel rambleño de Montalbán encandilaban por igual a Lorca o Vázquez Díaz; a Eugenio D'Ors o a Ortega, inquilino del chalet que Manolete puso a su madre. Lector infatigable de poesía, novela, ensayo o teatro europeos, así como del pensamiento de filósofos como Maritain o Kierkegard, atesoró un bagaje cultural autodidacta; leyendo y traduciendo impecablemente catalán, francés e italiano. Fenómeno como escultor, no le fue a la zaga su faceta de profesor en la Escuela de Arte o en La Normal, ni como pintor, caricaturista, dibujante, columnista, poeta o escritor, obteniendo diversos premios de poesía, teatro, cuento, novela corta e, incluso, por su peculiar guía turística de 1931.

Para entonces, estaba casado con doña Amalia Ladrón de Guevara, la maestra de La Maternal, una joven culta y acomodada que, asfixiada en su pueblo aragonés, estudió en Zaragoza y, tras opositar, recaló en Córdoba. Tuvieron cuatro hijos: Enrique, Francisco, Manuel y Antonio, memorista de la vida y la obra de El Fenómeno pronta a editarse, y testigo, a los 3 años, del traslado al chalet de un amigo, en El Brillante: Granito de Oro. El 8 de septiembre de 1936, vio llegar a un emisario de Cascajo; un aspirante a pintor, Ricardo Anaya, autor en los 20 años posteriores de carteles de feria y toros locales. "Le conocía y le tuteó por primera vez en su vida diciéndole: amigo Enrique, ven conmigo a una cosa de rutina, ya sabe cómo está todo, y quieren que testifiques en algo…". Al día siguiente, cuando su hijo Enrique (muerto de tuberculosis en el 40) llegó al Alcázar, recibió la conocida respuesta: "Ya no necesita nada".

El marmolista y amigo Obdulio Blanco lo encontró en el montón de aquel amanecer, junto a La Salud; lo separó del grupo y le puso un cartel: "La familia se hará cargo de sepultar este cadáver". Sobre la tumba, las manos de su propio padre y del bueno de Obdulio pusieron su nombre, la fecha de nacimiento y la del crimen, pues se negó doña Amalia a reprimir palabras y gestos de dolor, como imponía el nuevo orden.

Aquel fatídico 9 de septiembre cinco cordobeses firmaban en la página 9 de La Voz por una suscripción y homenaje a Cascajo "por su gesto heroico y providencial…", artífice también del largo silencio que se cernió sobre El Fenómeno cordobés y universal".

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