.

.

18 ene. 2010

El signo de los tiempos. Arte y violencia en Puertanueva


Juliao Sarmento, I love you (with crane), instalación

Ángel Luis Pérez Villén / Ars Operandi

La Sala Puertanueva cierra el año con una exposición colectiva muy recomendable para los tiempos que vivimos. Tiempos de confrontaciones constantes entre países, etnias, culturas, partidos, vecinos... Se dice que el amor alegra la vida y que el sexo es el motor que mueve el planeta. ¿Qué es entonces la violencia? Supongo que el pan de cada día, a tenor de los titulares de la prensa diaria. También es y ha sido motivo de reflexión y representación para el arte. La muestra que ha comisariado Mariano Navarro y que reúne trabajos de más de una treintena de artistas -nacionales e internacionales- trata de ello desde la perspectiva de la creación contemporánea, pero decíamos que la violencia ha estado siempre presente en las obras de arte. No hay más que recordar las escenas de caza y guerra de los asirios, las de los egipcios, los frisos que relatan las épicas contiendas de griegos y romanos, las detalladas atrocidades de las crónicas medievales que contienen los capiteles del románico y del gótico, las torturas inflingidas a quienes se niegan a comulgar con las bondades del orden burgués del renacimiento... En realidad podría plantearse una secuencia histórica de las creaciones artísticas desde la óptica de la violencia y quedarían representadas todas las épocas, estilos y escuelas. De hecho la exposición que motiva este comentario toma su título del que Goya utilizó para unos de sus célebres grabados sobre los Desastres de la guerra.

Por tanto no hay ninguna impertinencia en plantear una visión del arte de nuestros días a partir del enfrentamiento y la violencia. Todo lo contrario, en esta ocasión como en muchas otras, la creación artística actual cumple su función documental a la perfección, se hace eco y da testimonio de la reiterada obstinación y de la competencia de la humanidad para arremeter contra sí misma. Y sin embargo, habida cuenta de la cotidianidad del fenómeno que sirve de motivo para tramar el sentido de lo expuesto, no siempre son bien recibidas las propuestas. Por lo general se acepta la realidad insoslayable que los media nos ponen sobre la mesa a diario, pero cuando la versión proviene del campo artístico saltan las alarmas. Casos paradigmáticos como A sangre y fuego (1999), celebrada en el Espai d´Art de Castellón, que levantó ampollas en un sector de la comunidad artística o el de la censurada Poéticas de la violencia en la misma sala (2004), nos confirman que el medio artístico sigue siendo a partes iguales un espacio acotado por la impunidad, nimbado por la promisión del tributo y abocado a la futilidad del mensaje. Todo lo cual no impide que deje de considerarse, como decíamos más arriba, un documento inapreciable de la época. El arte como testimonio de una situación, en unos casos evidenciada mediante la denuncia, en otros simplemente expuesta mediante su sustancia estética.

El recorrido por la exposición de Mariano Navarro, al que hay que elogiarle el excelente montaje, en especial el de la parte alta de la sala, sacando partido a la visión cenital que le da acceso y al interminable y tedioso pasillo que la recorre, se abre con la manifestación más acuciante de la violencia : la perpetrada contra las mujeres. Lo hace a través de la obra de Victoria Civera y Juliao Sarmento; Excepcional la escultura de este último, mostrando una de sus habituales figuras a tamaño natural, con la salvedad de que ésta se halla cubierta por un saco, asemejándola a cualesquiera de las personas que sufren tortura. Otro tipo de violencia, ya sea familiar (Greta Alfaro), por motivos de etnia o cultura (Juan López) o la coercitiva que ejerce la cárcel (Shoja Azari), la de raíz política (Yasumasa Morimura, emulando a Oswald, el asesino confeso de Kennedy, en el momento de ser disparado por un sicario), la que obliga a los niños a actuar como soldados (imponente la fotografía de la performance de Marina Abramovic), la desnuda y palmaria realidad de las cifras de muertos (Ignasi Aballí) o la que trata el problema del terrorismo, son algunas de las opciones que nos brinda esta exposición, en la que echamos en falta, precisamente más manifestaciones de esta última. Tan sólo están las obras del cubano Carlos Garaicoa, de una potencia y contundencia letales, mostrándonos en la serie Noticias recientes (España), imágenes tiroteadas de edificios singulares de nuestro país, en clara referencia a la violencia etarra.

Yasumasa Morimura, Requiem for the XX Century, fotografía

A partir de aquí la exposición se centra en otros ejes temáticos que ruedan en torno a las guerras recientes : la II Guerra Mundial, la de Angola, la de los Balcanes, la del Golfo y la de Irak, la que pretende terminar con los palestinos y por último, volviendo al pasado, la guerra civil española. Respecto de la primera las piezas de Robert Longo (representando una explosión nuclear) y Bleda y Rosa (lugar y símbolo de la resistencia alemana). Absolutamente irónicas, la Torre de la paz de Jota Castro, rinde culto al petróleo como valor de cambio en las transacciones bélicas-pacíficas, así también la escena impostada -después de la batalla- de Eric Baudelaire. En otra onda, el vídeo de Rogelio López Cuenca, que difumina y co(n)funde las realidades de los fusilamientos de Goya con prisioneros iraquíes maniatados y con los ojos vendados; las pinturas de Simeón Sáiz Ruiz sobre las matanzas de Sarajevo o la crónica de la guerra en tiempo real, de Enrique Jezik. La impresionante Plañidera de Francisco Leiro se coloca en un contexto atemporal y sirve para cualquier conflicto. Encaramos el pasillo -en el que se nos advierte sobre la poética del anti-monumento- y sobre los restos del naufragio del marxismo-leninismo en las colonias nos extasiamos con el vídeo de Alfredo Jaar dedicado a Angola. La estética del archivo le sirve a Fernando Sánchez Castillo para recuperar la memoria sobre los avatares del arte en la guerra civil española; Javier Arce insiste en el poder taumatúrgico del arte al volver sobre el Guernica; Eugenio Ampudia, en La verdad es una excusa, formula un sueño elegíaco al hacer retroceder sobre sus pasos a quienes debían abandonar España camino del exilio. Por último, La estrategia del avestruz, de Javier Ayarza, desvela y documenta localizaciones de fosas comunes. Todo un repertorio a tener presente para poner en valor la memoria.

¡Grande hazaña! Con muertos.
Enfrentamiento y violencias en el arte contemporáneo
Sala Puertanueva
Ronda de Andújar (Facultad de Derecho), Córdoba
Hasta el 24 de enero

1 comentario:

Anónimo dijo...

Babelia publica hoy sábado una crítica de esta misma exposición por Juan Bosco Díaz-Urmeneta
http://www.elpais.com/articulo/Babelia/Mision/irracional/elppor/20100123elpbab_29/Tes