por Álvaro Tarik
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| Carnaby St. a principios de los 60 |
Después de la Segunda Guerra Mundial, en la que Londres había sido bombardeada durante 57 días por aviones alemanes que causaron la muerte a 15.000 personas y destruyeron más de 90.000 hogares, los londinenses —especialmente los jóvenes— empezaron a cambiar su actitud por un espíritu más desafiante y menos convencional. Conscientes de que un hecho de tal magnitud te podía borrar del planeta antes de que hayas empezado a divertirte en la vida, ese espíritu creció con los años y fue el combustible que alimentó la vida social de los londinenses hasta los swinging sixties.
Finalizada la guerra, el Soho de Londres empezó a verse frecuentado por beatniks del jazz como Ronnie Scott o Tony Crombie. Estos llamados modernistas renunciaron al pasado representado por las empalagosas big bands y acogieron el apasionante bebop de Charlie Parker, Miles Davis y Dizzy Gillespie como una nueva brújula, una forma de mirar al futuro, de innovar. El bebop era una verdadera locura.
Los modernistas no sólo cambiaron el paisaje musical, sino que se entregaron a un estilo de vida basado en vivir intensamente, saliendo a divertirse y a tocar en los clubes desde la puesta de sol hasta el amanecer. Alcohol, drogas, sexo y la música negra que venía de América y se esperaba impacientemente se devoraban con fruición en clubes oscuros y trepidantes.
De la América rica y consumista llegaba también el modelo de elegancia en el vestir: trajes de calidad, caros, de corte impecable. Los músicos negros americanos como Miles Davis vestían ahora como ricos. Los ingleses, de acuerdo con sus posibilidades económicas, con una economía aún maltrecha tras la guerra, intentaban seguir ese modelo, fascinados por la moda. En cierto modo, aquella ropa elegante suponía una especie de camuflaje para aquellos que habían estado toda la noche de juerga.
Tras la efímera irrupción del rock'n'roll en los 50 (que a punto estuvo de arruinar la escena con sus arrebatos de rebelión y violencia navajeras), los mods volvieron con más fuerza, favorecidos por una economía boyante y una juventud liberada de la obligación de hacer el servicio militar. Los jóvenes llevaron su obsesión por la ropa a límites extremos. Camisas de cuello button-down, corbatas estrechas, pantalón impecablemente planchado, zapatos flamantes, trajes a medida, gabardinas de corte francés. Se analizaba la forma de vestir de los actores americanos, de los músicos de jazz y rythm & blues. Entraba también la influencia europea, principalmente de Italia y Francia. El corte de pelo había de ajustarse también al estilo college boy americano o al bouffant (ahuecado) francés, o una mezcla de ambos. La imagen de Gregory Peck y Audrey Hepburn recorriendo las calles de Roma en una scooter, en la película Vacaciones en Roma, dejó una huella indeleble en las mentes de aquella juventud que devino en la pasión por las Vespas y Lambrettas.
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| John Coltrane en el Guggenheim de Nueva York |
A las estanterías de Austin's llegaban las ropas de mejor calidad de América. Charlie Watts o Georgie Fame eran asiduos. Cecil Gee y John Stephen ofrecían precios más asequibles, y su ropa aún estaba dentro de los cánones
mod. Los sastres no daban abasto con las exigentes instrucciones de sus clientes.
A principios de los 60 se empiezan a introducir notas de colores brillantes en la ropa, para disgusto de los más conservadores: camisas rosas, pantalones blancos, etc.
En la música, además del jazz, el blues y el R&B se habían convertido ya desde los 50 en la banda sonora de muchas almas mods. El R&B se fundió con el gospel para dar origen al soul, una música sexy y contagiosa que explota a principios de los 60, que penetraba como un dardo en los corazones e incitaba inexorablemente al baile en clubes como el Flamingo o el Scene Club. Los británicos albergaban la admiración y la excitación por aquella música irresistible que venía de la América negra tanto como la frustración por considerarla lejos de sus posibilidades artísticas.
Y entonces llegaron The Beatles. Los de Liverpool, que empezaron versionando aquel rock'n'roll y R&B de sus artistas negros favoritos, pronto dieron con la fórmula comercial que les lanzó al olimpo de la música popular y a ganar dinero a espuertas: canciones pop, blancas, de melodías algo infantiles pero magistralmente producidas y ejecutadas. En 1963, tras su éxito Love Me Do, todas las compañías discográficas, los agentes, los músicos querían eso. Ese era el filón a explotar.
Los jóvenes británicos tenían ahora los viernes por la tarde en sus televisores el programa Ready Steady Go! y, de alguna manera, la imagen mod de Londres, que en realidad hasta entonces sólo había pertenecido a unos pocos, se difundió por todo el Reino Unido gracias al poder de la televisión.
Pero la escena mod se diluyó y quedó en manos de miles de jóvenes que se hacían llamar mods, que empezaban a consumir la música rock de bandas británicas y que organizaban excursiones a las playas para partirse la cara con los rockers. Encarnada en muchos de esos individuos, la esencia mod quedó convertida en una comparsa, en un entretenimiento vulgar que alimentó el ansia de carnaza de la prensa sensacionalista británica.
Mucho de lo que vino después poco tendría ya que ver con el verdadero y original espíritu mod que no deberíamos olvidar.
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