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31 mar. 2011

José Manuel Belmonte en "El recreo de los ausentes"

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 por José Mª Palencia Cerezo
 Conservador del Museo de Bellas Artes de Córdoba
Quizá nada mejor, para comenzar este texto, que traer a colación la evidencia, poniendo de manifiesto la circunstancia de que José Manuel Belmonte ha superado ya su propia madurez como artista. Y nunca mejor dicho para el caso de una exposición como esta, donde lo maduro abunda allá por donde se mire. En todo caso, me refiero a una madurez que, en tanto que relacionada con lo artístico, no solo es madurez creativa, sino también física y mental. Ya que de ordinario, y más en el caso de la escultura de gran formato, todas las variantes de la misma suelen caminar al unísono.

Pero dejemos aparte estas dos últimas para centrarnos en la que nos concierne, la creativa, cuyos comienzos hay que situar allá por la década de 1980, cuando bajo la batuta de Antonio Gallardo Parra, desde la Escuela de Artes y Oficios de Córdoba, Belmonte modelaba y moldeaba en detalle y sin parar, cuerpos, bustos y rostros, realizando especialmente retratos del natural con una extraordinaria facilidad y una insultante maestría impropia de la edad con que contaba.

Con ellos venía a demostrarnos dos cosas: que si bien era un chico precoz, era también a la vez lo bastante maduro como para ser un gran artista. Y es que casos como los de José Manuel Belmonte - en los que unas extraordinarias cualidades se unen a una evidente juventud -, aparecen contados. Y cuando lo hacen, son siempre signo de la llegada al mundo de un certero talento envuelto en pañales de futuro prometedor.

Es sabido, además, que su trayectoria siempre ha trascurrido unida a lo académico. Trayectoria académica, groso modo, será aquella que comience vinculada a un centro de enseñanza artística fundamentado en la profundización y mantenimiento de los ideales clásicos. O lo que es aproximadamente lo mismo, vinculada al trabajo con las formas naturales según aquellos ideales ya presentes en el arte griego antiguo. En este sentido, es obvio que, como ha venido demostrando, José Manuel Belmonte ha sido desde siempre un “académico”.

Ello es fácilmente perceptible con tan solo echar una ojeada por su obra, donde se percibe de manera rápida que sus figuras están siempre imbuidas de clasicismo, entendido éste como parte de la forma natural que va a surgir siempre de la inicial referencia al cuerpo humano. Es más, en Belmonte, este clasicismo de corte académico se va fundamentar sobre dos grandes ejes o preocupaciones: el problema de la forma natural – con su referente primario -como hemos dicho-, en el cuerpo humano; y el de la inserción de la misma en el espacio. De ese primer problema surge su reflexión sobre lo formal y lo estético, mientras que del segundo nace su preocupación por la dinámica.

No hay nada más que ver su pasada serie sobre los hombres-pájaro, o también la más reciente sobre los hombres-viejo, que constituye el núcleo de esta exposición, para que se pueda comprobar cómo toda su obra se construye bajo el intento de la captación de la naturaleza veraz del cuerpo humano. Y es que en todas ellas, el cuerpo humano -por supuesto desnudo, ya que es en el desnudo donde radican sus formas primigenias- constituye el epicentro o eje aglutinador de su poética.

Y es que Belmonte sabe que es ahí, en el cuerpo desnudo, donde está el primigenio origen de la forma, y el camino de ida y vuelta que va desde la tierra al cielo y viceversa. Esas formas, las del cuerpo, solo pueden ser dominadas por unos pocos: estos son los verdaderos artistas. Los demás solo pueden aproximarse.

Pero una vez que el cuerpo es aprehendido, y por tanto dominado, viene un segundo problema: su interacción con el espacio. Se trata también de una vieja preocupación, que afecta de manera muy especial a la escultura en tanto que arte de la tercera dimensión. Para decirlo con lenguaje tecnológico contemporáneo: el problema de la pintura sería HD, mientras el de la escultura sería 3D. Sea quizá por ello que también en este tiempo abunden menos los escultores que los pintores.

Como consecuencia del mismo van a surgir igualmente problemas derivados, como pudieran serlo el de la inestabilidad y el del equilibrio, el del orden en el caos, el de la ascensión y la caía, el de los puntos de partida y llegada de ese viaje que, en definitiva, lleva al hombre desde la cotidiana existencia hacia lo más alto, hacia la comunión con la divinidad.

Y esa estable y definitiva unión con la divinidad en lo más alto, suele interpretarse en todas las culturas como un vuelo ascensional, es decir, de abajo hacia arriba, del desorden al orden, de la tierra hasta el cielo. Y ese es a mi juicio el viaje que José Manuel Belmonte ha venido proponiendo con sus hombres-pájaro, esa especie de modernos Icaros, que con sus alas vuelan siempre hacia lo más alto, para volver a la tierra -incluso desmochados -a recordarnos ese equilibrio frágil que existe siempre entre el ser y el no-ser, entre el yo y el alter-ego. Y todas y cada una de las partes de la forma se ponen, en Belmonte, al servicio del viaje: desde la disposición de los pies y las manos, a la de la cabeza, la de la mirada o el cabello.

De esta suerte, y en tanto que ello no suele conseguirse fácilmente, los hombres-pájaro de Belmonte eran también fantásticos guerreros. Para triunfar habrían primero de hacer la guerra, pero su única arma era el cuerpo desnudo: el arma corporis, el corpus-arma. En este sentido, sus hombres-pájaro eran también portadores de la aspiración a la vida, a la existencia plena, a la comunión del ser-humano con el ser-divino en la búsqueda del ideal clásico de la felicidad, siempre conseguida sin ningún tipo de armas.

Sus hombres-pájaro eran platónicos, pero eran también profundamente heraclitianos, porque eran y son virtuales psicopompos mostradores de camino, porque patentizan y señalan la existencia humana como una senda hermenéutica donde la corriente vital hace siempre su ida y su vuelta en el camino del eterno retorno.

Eran portadores de esperanza, pero en ese último sentido eran también portadores de una enorme carga existencial. El hombre- pájaro era un hombre solitario. En tanto que puede volar, no pierde la capacidad de relacionarse, pero aun rodeado de amigos, nunca consigue colmar su existencia interna. Es lo que une la poética de Belmonte con las filosofías del existencialismo. Pero de un existencialismo que no es caótico o kafkiano, desesperanzado, patentizador de un hombre sin redención; sino más bien de un existencialismo utópico, sartriano y marcusiano, consciente de que el caminar solitario del hombre es un signo de la modernidad de nuestro tiempo, pero que es también portador de esperanza, dador de la posibilidad de que los solitarios se unan, formen legión, y puedan, como tradicionalmente ha ocurrido, cambiar el mundo. Por muy unificado o globalizado, y aún inmerso en las redes sociales, que éste se encuentre.

Esa legión de pequeños hombres solitarios, individualmente caminantes, como pequeños y broncíneos guerreros de Siam, que Alberto Giacometti planteaba en la década de 1950, es posible verla ahora a mayor tamaño, a gran escala, si juntamos todos los hombres-pájaro de Belmonte, o ponemos unos al lado de los otros a todos sus hombres-viejo.

Cual guerreros rabiosos, de seguro Troya volvería a ser conquistada. El hombre-pájaro, al igual que el hombre-viejo, es el hombre solo, el tipo humano en su soledad del siglo XXI. Es el Ángel caído (1878) de Ricardo Bellver, anclado en la tierra sin poder remontar el vuelo tras ser arrojado del cielo en el Paraíso perdido de Milton, hoy testigo y vigilante sobre toda España desde su emplazamiento en el Parque del Retiro madrileño. Pero es también sin duda la criatura indeterminada que viene a anunciar tiempos nuevos.

No obstante, y a pesar de las indudables señas de identidad que los unen, hoy, con este Recreo de los ausentes, Belmonte ha dado un paso más, la forma ha dejado de ser intelectualista para volverse realista: se ha hecho carne para habitar en el reino de la tierra. De esta suerte, sus viejos no son ya tan solo esos jóvenes efebos que como herméticos trimegistos podían ir de la tierra al cielo para cuestionar a la divinidad, sino que han tomado cuerpo en esos aciagos perdedores que, con las facultades motoras disminuidas, descansan ganadores a la espera del sueño eterno. Se han quedado en la tierra para mostrar cosas nuevas.

Es el momento en que se establece la bajada hacia lo humano, y cuando la reflexión sobre la existencia se hace más cruda.
El viejo de Belmonte es el ser que ha conseguido la felicidad plena, que se ha realizado como humano, pero que también patentiza las enormes desventajas que se producen en el paso de ser adulto a viejo.

Y esto, semejante proceso, ocurre en todos los humanos. Por eso, si nos fijamos, todos sus viejos – el que lleva pañal, el que lleva los globos, o el que duerme plácidamente tendido una especie de sueño eterno –, parecen tener el mismo rostro. Eso sí, cada uno de ellos presentando su personal gesto contenido, modelado en la tez de una faz marcada por los años.

Son los rostros y los cuerpos de nuestros ancianos, de nuevos sumos sacerdotes, de nuestros caudillos venerables que, una vez llegados a determinado punto de la existencia, a veces esta sociedad no sabe ni qué hacer con ellos. Qué triste final casi siempre para una epopeya. Qué fin impropio de un best-seller escrito con sudor y sangre habiendo sido de lo más vendido.

Es ley de vida. El paso del tiempo no respeta ni las formas, ni los cuerpos. Todos quedamos unificados en la última etapa de nuestra existencia - la vejez - , antes de emprender, con el hombre- pájaro, el último vuelo. A través de ella, en ella, de nuevo el hombre se hace niño: hay que volver a darle de comer, es necesario volver a ponerle pañales, hemos de ser ayudados para que no nos caigamos al suelo… ¡Qué triste el destino final del guerrero que conquistó tantos reinos ¡

Es como si la conciencia entrase en un estado de catalepsia, donde ya no es posible recordar los éxitos pasados, beneficiarse de los favores terapéuticos de Afrodita, disfrutar de los placeres sensuales de las musas del Parnaso, saborear las mieles del jardín de Baco. Una ausencia acaecida en la mente como consecuencia de la decrepitud del cuerpo, va a producir el que se llegue a vivir como en una especie de patio de recreo, donde uno se abstrae de todo lo que le rodea, se olvida de todo lo que en otro tiempo fue materia de aspiración, ideología, o simple ilusión o anhelo.

Se cierra con ello el bucle de la curva sinuosa de la existencia que sería así como una forma de perinola barroca, que se abre poco a poco hacia fuera hasta su madurez máxima, para retornar dibujando la misma curva, hacia el mismo punto primigenio.

Puede cerrarse así también el ciclo de la escultura de Belmonte, que en el capitulo de los contenidos, va de lo ideal a lo terrenal, de lo humano a lo sobrenatural, de la materia al espíritu, de la tierra al cielo…Pero que sin embargo, en el terreno de la forma, se va a mantener siempre apegada al ideal clásico, siempre fuera de ese circuito perturbador de las vanguardias del siglo XX, que consistió en destruir todo lo destructible en poco menos de ochenta años.

Es en este sentido en el que la obra de Belmonte se enraíza en lo clásico. Es una obra de la realidad natural idealizada, y por ello entronca perfectamente con esa escuela de los mejores escultores realistas españoles que tiene sus cabezas visibles en Antonio López García o Julio y Francisco López Hernández, cuyos inicios formativos, lenguaje formal y preocupaciones cotidianas, no se encuentran muy lejos de las que suelen rondar a José Manuel Belmonte. Pero qué duda cabe que para poder seguir a esos craques, hay que ser un crac como ellos.

Con semejante lenguaje y su evidente dominio de lo formal, podemos plantarlo ya como a un nuevo Mateo Inuria de la escultura cordobesa, que en tanto que hábil dominador de las formas clásicas, puede ser y en determinados casos ha sido, al igual que él, tildado de clásico. Pero a diferencia de Inurria, que tuvo el cuerpo femenino y las preocupaciones localistas como ejes centrales de su poética - en tanto que signos consustanciales a los contemporaneidad en que trabajaba-, Belmonte lo va a tener en el cuerpo masculino y en ideales que más allá de lo puramente estético, lindan también a veces con aspectos o cuestiones de tipo social.

Aunque nos falta todavía la suficiente distancia histórica como para que podamos apreciar la importancia de la propuesta de José Manuel Belmonte, le auguramos un puesto destacado en el panorama de la escultura española contemporánea. Lo que hace falta es que ahora, que parece haber metido la directa, no decaiga en su línea, y continúe trabajando durante mucho tiempo, dando nuevas respuestas con los medios de siempre, a esta nueva era de Supermodernidad por la que atravesamos.


José Manuel Belmonte
El recreo de los ausentes
Inauguración viernes 1 de abril, 13:00 h
Palacio de la Merced, Patio Barroco
Plaza de Colón, Córdoba
Horario: L a V de 9 a 14 h y de 18:30 a 21 h. S, D y F de 10 a 14 h
Hasta el 20 de abril

9 comentarios:

Anónimo dijo...

Parece que alguien ha estado siguiendo de cerca el trabajo de Bernardí Roig. Demasiado de cerca, quizá. Aún así, se agradece, ahora tiene referentes más actuales y sólidos que en sus anteriores trabajos.

http://www.google.es/images?q=bernard%C3%AD+roig&oe=utf-8&rls=org.mozilla:es-ES:official&client=firefox-a&um=1&ie=UTF-8&source=univ&sa=X&ei=MHyVTfDNO8yLhQeV04nrCA&ved=0CBsQsAQ&biw=1440&bih=770


"le auguramos un puesto destacado en el panorama de la escultura española contemporánea."

Anónimo dijo...

Muy bonitas y poéticas tus esculturas, no me la pierdo voy a verla en directo. Enhorabuena.

Perdón por entrar en polémica, pero ese anónimo es un cobarde, da la cara y no te escondas.

Manolo Garcés

Anónimo dijo...

La exposición es interesante, y está muy trabajada.
El texto un poquito flojo en mi opinión.

Enhorabuena al artista

Anónimo dijo...

Al critico anonimo me gustaria decirla que la unica diferencia entre Bernardini Roig y BELMONTE aparte de que uno sea mayorquin-catalan y el otro tenga la desgracia de ser cordobes es que Belmonte modela(escultura)y Bernardini Roig hace vaciados del natural de su padre(y malos vaciados)

Gerardo dijo...

¿Cierra esta exposicion los fines de semana como la de Pedro Bueno?

Ars Operandi dijo...

Con nuestras disculpas por el retraso en contestar, informamos de que la exposición es visitable de 9 a 14 h y de 18:30 a 21 h de L a V y de 10 a 14 h S, D y F.

Anónimo dijo...

Anónimo dijo...

Al critico anonimo me gustaria decirla que la unica diferencia entre Bernardini Roig y BELMONTE aparte de que uno sea mayorquin-catalan y el otro tenga la desgracia de ser cordobes es que Belmonte modela(escultura)y Bernardini Roig hace vaciados del natural de su padre(y malos vaciados).
Sr. anónimo que acusa de anónimo a otro anónimo, lo que más me fascina de la idiosincrasia cordobesa es tener de denostar a alguien para decir que otro alguien es magnifico. Y para su información Bernardini Roig no hace vaciados, usa los vaciados como parte de su obra.

Al-Juarismi dijo...

A mí, el trabajo de este señor, me da grima. Lo siento, pero la contemplación de estas esculturas me transmiten una pesadumbre escatológica.

Francisco Arroyo Ceballos dijo...

Se mire por donde se mire de lo que no hay duda alguna es de que Belmonte es un grande de la escultura a nivel nacional y ya va siendo hora de que apoyemos lo autóctono.