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31 jul. 2011

Yayoi Kusama. Oriente - Occidente - Oriente



 Accumulation Sculpture, en la muestra de Yayoi Kusama.
Fotografías: Ars Operandi

Álvaro Tarik / Ars Operandi

Hay algo inquietante e inocente en el arte tenaz de Yayoi Kusama. Los niños que, acompañados por sus padres, visitan el edificio Sabatini del Museo Reina Sofía parecen ignorar lo inquietante y dejarse seducir por lo inocente, atraídos nada más entrar a la primera sala de la exposición por los gigantes balones rojos con lunares blancos que penden del techo o se incrustan en las paredes. Una tentadora invitación a un mundo caprichoso y mágico.

Lo inquietante surge en la mente cautelosa y aprensiva de los adultos, una complicidad con la artista que los menores no experimentan, simplemente por tener la suerte de haber vivido menos, de no haber recorrido aún los pasos más sórdidos adonde nos lleva a veces el camino de ladrillos amarillos, como se llamó a aquel (aparentemente) idílico sendero que conducía hasta el Mago de Oz.

Yayoi Kusama (Matsumoto, Japón, 1929) lleva trabajando con tanta intensidad como tesón desde los años 40, abrazando diversas disciplinas artísticas que van desde la pintura a la instalación de gran escala, pasando por el dibujo, el collage, la escultura, el performance art, la novela y la poesía.

La carrera de Kusama también ha recorrido puentes entre Oriente y Occidente que ella misma se ha ido encargando de construir, romper y volver a levantar, llevando sus vivencias a uno y otro mundo, movida por el ánimo y el descontento, la curiosidad y la desavenencia.

A principios de los 50, ya con el reconocimiento de la crítica japonesa, decide marcharse de Japón, un país, en sus propias palabras, “demasiado pequeño, demasiado servil, demasiado feudal y demasiado desdeñoso con las mujeres”.

En 1957 llega a Seattle y poco después se instala en Nueva York. Su pintura influenciada por los métodos tradicionales nipones se transforma radicalmente y da lugar a grandes lienzos cubiertos de pinceladas pequeñas, pacientes y obsesivas de un solo color pálido sobre fondo ligeramente contrastado. Son las Infinity Net Paintings, minimalistas y conceptuales.

La inmersión en la escultura llegó a través de sus Accumulation Sculptures, elementos cotidianos como sofás, mesas o zapatos cubiertos por completo de formas fálicas que realiza con tela rellena y cosida, y que pinta de un solo color, generalmente el blanco. Introducida en la escena neoyorquina, Kusama expone en la Green Gallery de Nueva York, en una muestra colectiva con artistas como Andy Warhol, Claes Oldenburg, George Segal y James Rosenquist.


A mediados de los 60 comenzó un periodo de experimentación, profundizando en el montaje de happenings. La película Kusama’s Self-Obliteration, que alcanzó una gran popularidad en los círculos de vanguardia de Estados Unidos y Europa, recoge imágenes de estas prácticas, así como de sus cuadros e instalaciones. En esta época, la imagen epatante y exótica de Kusama solía ir asociada a la de su obra; la artista se veía y reflejaba como el centro de un mundo orgánico, salpicado de redes y lunares infinitos que recuerdan a células y flagelos unas veces, tentáculos o embriones otras.

En 1966 realiza una performance llamada Walking Piece, que fotografió y recopiló en una extensa serie de diapositivas Eikoh Hosoe. En ella, Yayoi Kusama vaga abatida por unas calles grises e industriales de Nueva York, vestida con un quimono rosa intenso y sujetando una sombrilla. La obra refleja la circunstancia en la que se ve la artista a sí misma, mujer y asiática en un mundo occidental dominado por el varón.

En 1973, Kusama volvió a Japón, donde comenzó una infructuosa carrera como marchante de arte. En 1977, con problemas físicos y psicológicos, se internó en un hospital que a día de hoy continúa siendo su residencia. Allí montó su estudio y se dedicó a la pintura, la escultura, la novela y la poesía.

En los 80 y 90 creó una serie de pinturas que juguetean con la mirada del espectador. Son formas biológicas, patrones infinitos y sinuosos que sugieren mundos orgánicos o cósmicos. A finales de los 90 realiza la instalación I’m Here But Nothing, un salón vulgarmente aburguesado donde paredes , muebles y objetos aparecen cubiertos por unos puntos adhesivos que brillan en la penumbra, formando una trama fluorescente sobre los sombríos relieves de la estancia.


En la última década, Yayoi Kusama, encandilada con las instalaciones de espejos, ha creado entornos inmersivos como el Infinity Mirrored Room – Filled with the Brilliance of Life que ha diseñado para esta exposición, donde el visitante camina a través de una negra galería envolvente de reflejos interminables, con pequeñas e infinitas luces de colores pulsátiles que flotan alrededor.

La muestra, organizada por el Museo Reina Sofía en colaboración con Tate Modern de Londres, recopila los orígenes de cada una de las disciplinas y planteamientos artísticos que la mente (si bien quebradiza) obstinada, mágica, límpida y genial de Yayoi Kusama ha desarrollado a lo largo de su alucinante carrera.


Yayoi Kusama
Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía
Edificio Sabatini, Planta 1
Desde el 11 de mayo al 12 de septiembre de 2011
Comisariado: Frances Morris

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7 comentarios:

Anónimo dijo...

Alvarus, tu artículo es tan estimulante como el primer trago que le pegas a una Coca-Cola bien fría!!!

Fanelo

Anónimo dijo...

I fuciking love the fact you are back!

Fanelo

Anónimo dijo...

Fanelo, reconozco que es el elogio más original que me hayan dicho nunca. Muchas gracias, amigo. Un abrazo.

Álvaro

Anónimo dijo...

Hoy he leído en el Córdoba que desde la alcaldía van a promocionar y financiar autos sacramentales en el patio de los naranjos, como antaño -¡cucha tú!-! Para atraer turistas, seguro, especialmente judios, musulmanes y protestantes!!!! NO TIENES POR AHÍ UN PAR DE VALIUMS, Alvaro????!!!!

Love and R´n´R!!!

Fanelo

Anónimo dijo...

La última vez que estuve en el patio de los naranjos con Paco Lamato nos caímos al pilón (más bien me empujó él y yo tiré de su brazo hasta arrastrarle conmigo) y nos echó el segurata. Te lo juro. Me costó un resfriado y un móvil nuevo, pero se me ocurrió la idea de promocionar los bautismos de inmersión. A lo mejor me han quitado la idea. Me suele pasar.

Álvaro

Benito dijo...

Por un momento entendí "autos de fe"... Nos tienen contentos estos y los otros. Con lo tolerante que es el pastafarismo no entienddo cómo la humanidad no escoge como Dios al Flying Spaghetti Monster...

Anónimo dijo...

Con lo de los Autos sac.....vuelta mirada al pasado, lo malo no es eso, lo malo es que parece que cordoba es un vehiculo con solo espejo retrovisor.