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27 nov. 2011

Ecos londinenses de Rothko


Mark Rothko, Light Red Over Black, 1957 
© Kate Rothko Prizel and Christopher Rothko/DACS 1998
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A. L. Pérez Villén/ Ars Operandi
No es cuestión de memorabilia, se trata de simple economía. Es más fácil y más barato tirar de los fondos cercanos que convocar una macromuestra con préstamos de todo el mundo. Sea como fuere enfrentarse a una tela de Mark Rothko (Letonia, 1903–Nueva York, 1970) siempre es una experiencia casi religiosa, de manera que quienes estén cerca de Londres no pueden perdérselo, eso sí, sabiendo que se trata de una muestra eminentemente documental –escritos, fotografías, documentos– con una sola pintura del artista, concretamente Light Red Over Black (1957). Pues eso, que la Whitechapel Art Gallery hace un ejercicio de memoria y nos muestra cómo fue la exposición que hace medio siglo realizó en sus salas el artista norteamericano. Antes de seguir hay que apuntar que la Whitechapel es una institución centenaria, pues se funda nada más comenzar el siglo pasado con la intención de acercar el arte a la población del Este de Londres. El edificio original sufrió una remodelación y posterior ampliación hace un par de años, confirmándose con su programación como un centro de arte muy activo y singular.  

Rothko in Britain es por tanto una exposición celebratoria y documental, una muestra que evoca la realizada en 1961, que sirvió –entre otras cosas– para que el expresionismo abstracto desembarcase en Europa sin contratiempos. Hace años cuando algunos historiadores insistían en aquello de que la política norteamericana durante la guerra fría empleaba el expresionismo abstracto como arma arrojadiza (libertad creativa absoluta) frente a la barbarie represiva de los soviéticos, asentíamos sin mayor importancia. Hoy, después de numerosos estudios que confirman el diseño de la estrategia política norteamericana, volvemos a asentir con mayor conocimiento de causa y –no obstante–seguimos adorando a artistas como Mark Rothko por brindarnos la posibilidad de elevarnos sobre los pies ante sus pinturas. 

Digamos que el expresionismo abstracto es la primera tendencia genuinamente americana en el arte contemporáneo, pues aunque hay estilos similares en otros contextos artísticos –arte otro europeo, informalismo español– sus rasgos lo hacen singular y diferente al resto. Por regla general los expresionismos abstractos surgen como evolución de un cierto tipo de surrealismo –escritura automática en imágenes que dirían sus paladines– que rompe amarras con cualquier tipo de referencia figurativa para acceder a un territorio ignoto donde la única temática a desarrollar es la de la pintura. Este es el campo de operaciones de la pintura norteamericana a comienzos de los años 50, cuando una serie de autores han definido un lenguaje propio que ya no tiene dependencia alguna con las tendencias europeas de las vanguardias. Son los años en que Nueva York usurpa el rango de capital del arte contemporáneo a París, son por tanto los años de la Escuela de Nueva York, un banderín de enganche en el que tienen cabida un numeroso grupo de artistas norteamericanos que trabajan dentro de la abstracción gestual, de la pintura all–over, del action painting... 

Términos que designan prácticas artísticas derivadas del expresionismo abstracto. Rótulos, estilos y tendencias que nos valdrían para hablar de la pintura de Jackson Pollock, Arshile Gorky, Willem De Kooning, Franz Kline, Mark Rothko, William Baziotes, Robert Motherwell, Hans Hofmann... Sin embargo, la pintura de Mark Rothko es muy distinta a la del resto de sus compañeros. Es una obra ensimismada, de una concentración extrema y a la vez tremendamente abierta a su recepción. Como ellos, Rothko había partido de una serie de motivos, de los que fue alejándose para centrarse en el tratamiento de las masas de color y en el ritmo de la aplicación sobre el soporte. La suya es una pintura muy musical, de una sorda reverberancia interna que se modula mediante franjas de color, primero verticales y finalmente horizontales. El eco vibrante y en permanente retroalimentación de una rutilante hoguera en la que se acrisola el espíritu.

Una instantánea de la exposición de Mark Rothko en la Whitechapel Gallery (1961) © Whitechapel Gallery
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Pero volvamos a Londres para rastrear la conexión Rothko–Gran Bretaña. En su momento se habló del espíritu romántico, tan inglés, como elemento de conexión; de hecho el artista mencionaba a menudo a William Turner como uno de sus autores de referencia. Y es cierto que los convulsos paisajes atmosféricos del inglés tienen mucho que ver con esa vibración constante que tienen las masas cromáticas del americano. Las dimensiones de las obras –algo mayores las de Rothko– y la intensidad emocional puesta en juego son muy parecidas en ambos casos. Pero hay más conexiones, sabemos que Rotkho pasa una temporada en Gran Bretaña durante el verano de 1959. Rastros de este viaje quedan documentados en la exposición, fotografías que muestran al artista y su familia en distintas localidades británicas. Por otra parte Gran Bretaña tiene un buen legado de la obra de Mark Rothko. Fue el propio artista quien un año antes de su muerte –se suicidó a finales de febrero de 1970– legó a la Tate Gallery de Londres nueve de las pinturas que había realizado para los salones del Four Season. Un encargo realizado ex profeso por los arquitectos Ludwig Mies van der Rohe y Philip Jonson, quienes habían diseñado el edificio Seagram y querían que el restaurante tuviese unas pinturas murales de categoría. Aunque Rothko acepta el encargo, conforme pasa el tiempo y realiza las pinturas termina por entender que dichas obras no podían encajar en un ambiente de frivolidad y mundanidad como el del restaurante, por lo que decide no entregarlas y en cambio las lega a la Tate Gallery, que las conserva desde entonces en su colección.

Los documentos que testimonian la decisión del artista de entregar a la institución británica los murales Seagram forman parte de Rothko in Britain. También se exhiben fotografías de la exposición original de 1961, en las que se puede reconocer la pintura que practicaba el artista a finales de los años 50, la que le ha hecho célebre y la que tantos entusiastas ha cosechado desde entonces. Asimismo se puede releer buena parte de la correspondencia entre el artista y el entonces director de la institución (Bryan Robertson) cerrando aspectos diversos de la exposición a celebrar. En especial destacan las anotaciones respecto a la colocación de las obras –la iluminación y posición y altura de las pinturas– así como las impresiones de visitantes de excepción, como las del crítico de arte David Silvestre –conocido por ser entre otras cosas el biógrafo de referencia de Francis Bacon– quien reconoce la empatía desbordante de las obras de Rothko y la consecuente energía emocional que activaban en quien las contemplaba. 

Rothko in Britain 
Whitechapel Gallery, Londres
Hasta el 26 de febrero de 2012

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1 comentario:

Josep Nogue dijo...

Aun desde admiración por la obra de Rothko, quisiera aportar una pequeña reflexión sobre la influencia del arte y quienes lo manejan. Para ello me remito al siguiente enlace.

http://josepnogue.com/index.php/2011/11/25/miro/