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4 nov. 2011

Gerhard Richter, el mago de los estilos


 
Gerhard Richter: Panorama © 2011 Tate Modern

A. L. Pérez Villén / Ars Operandi 

Con una trayectoria tan dilatada que ocupa buena parte de la segunda mitad del siglo pasado y con una constante presencia en las mejores plataformas expositivas, la Tate Modern de Londres nos presenta una retrospectiva del octogenario artista alemán Gerhard Richter. Coproducida por la institución británica en colaboración con la Galería Nacional de Berlín y el Centro Pompidou de París, Gerhard Richter: Panorama representa la mejor baza para conocer de primera mano al mago de los estilos de la pintura de los últimos años. La exposición se postula como uno de los platos fuertes del comienzo de la temporada en Europa. El director de la Tate Modern, Nicholas Serota, en compañía de sus colegas en Berlín y París es el encargado de dar forma a la propuesta, que se articula mediante la exhibición de un numeroso conjunto de pinturas y otros artefactos –construcciones en vidrio, dibujos y fotografías– con los que el maestro alemán se interroga acerca de la viabilidad de la práctica pictórica. 

Paseando por las salas de la planta cuarta de la Tate Modern podemos toparnos con algunas de las célebres pinturas por las que Richter es conocido, ya sean el Desnudo bajando una escalera de los años sesenta, en el que confluían irónicamente las secuelas del pop-art junto al fetichismo del hiperrealismo, amén de otros intereses que desvelaremos a continuación; la tan requerida Vela de comienzos de los ochenta –para exposiciones de toda índole y releída por artistas de diverso pelaje– y que tan descalabrados nos dejó a más de uno; el no retrato de su hija Betty, de finales de los ochenta (otra nueva vuelta de tuerca, otra refundación de la pintura, otro bandazo, dirán los más críticos). Y junto a este tipo de piezas tan mediáticas otras menos conocidas e incluso algunas no exhibidas fuera de Alemania, trabajos sobre vidrio y con espejos, fotografías intervenidas, bocetos y pinturas monumentales... Y por supuesto sus celebradas composiciones abstractas de los 80 y los 90, así como otras series muy recientes. 

Gerhard Richter nació en Dresde en 1932, donde se formó como publicista y pintor de murales y escenarios –dos oficios que le sirvieron en su posterior conversión a la pintura pura y dura– permaneciendo en la Alemania del Este hasta unos meses antes de que levantaran el muro. En zona occidental continuó trabajando en la docencia artística, primero en Dusseldorf y más tarde en Colonia, ciudad en la que sigue residiendo en la actualidad. Richter es un artista con una carrera tan vasta que se dan muchas facetas en sus distintas etapas. Por momentos nos resulta un artista abstraído, habitando su mundo particular y sin participar en los acontecimientos que jalonan la vida de sus coetáneos. Cultivador de un territorio estético exquisito y muy sofisticado, con unas composiciones abstractas ante las que no queda otra opción que rendirse por su atractiva belleza y que a continuación nos sorprende con una toma de postura ante un hecho concreto que deja a las claras su compromiso como artista con el tiempo (y la historia) que le ha tocado vivir. En este sentido fueron célebres y sonados sus trabajos en torno al pasado nazi de algunos de sus familiares, así como las víctimas colaterales que dicha familiaridad imponía entre los suyos. O la serie sobre el grupo terrorista alemán Baader-Meinhof –Oktober 18. 1977– que empleaba la liturgia y la iconografía de los media a la hora de presentar situaciones y actitudes veladas, por incómodas. O la versión que realizó sobre el ataque al World Trade Center de hace una década. 

Todo lo cual nos lleva a sospechar que el artista percibe la pintura como el pretexto para practicar un ready-made sin cortapisas, quizás se trate del espíritu convulso del primer posmodernismo, ese beneplácito por la celebración del ayuntamiento de los opuestos. Poder hacer compatible la pintura de paisajes con los cuadros de historia, los bodegones con las fotopinturas, los retratos con abstracciones gestuales de cromatismo exuberante y accidentado formalismo. Esta variedad, esta versatilidad, queda patente en la exposición. No se obvian sino que se potencian las facetas contradictorias de una trayectoria que casi al mismo tiempo está abordando composiciones realistas como obras abstractas, que cabalga entre el control casi absoluto de una escena representada en su salsa al caótico contrapunto de una sinfonía cromática y gestual, que comulga con la pintura pero que no reniega de la fotografía para nutrirla. Es evidente que a lo largo de su trayectoria Richter ha empleado la pintura acomodándola al devenir de los tiempos, que no ha dudado en camuflarla e incluso cuestionarla, con el saludable empeño de contrastar su vigencia, su continua refundación como medio de expresión. Una resurrección espuria, dirán algunos, crítica otros, necesaria los menos.
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© Gerhard Richter, Betty, 1988

Pues bien, este y no otro es el legado de Richter, el mago de los estilos. Y así sucede que en la exposición –que se desarrolla a lo largo de una docena larga de salas– comparten contigüidad espacial y cronológica piezas distantes en estilo y factura, concepto y materiales. La impresión es la de un viaje de ida y vuelta, avanzando y recuperando, ahondando y expandiendo intereses y temáticas. El inicio se sitúa en las fotopinturas de los años 60, en las que Richter evoca el universo deslumbrante de la Alemania Occidental para un inmigrante del Este, sus fetiches e iconografía. Aquí comienza a entender la pintura desde la superficie –a arrastrar el pigmento sobre la tela consiguiendo que el motivo resulta desvaído y falto de foco– y a ser consciente de su condición objetual además de representativa. Este tipo de figuración, en la que hace acopio de lo aprendido en el pop-art pero con la ironía del escéptico le lleva –junto a Sigmar Polke– a hablar de realismo capitalista. De esta época son también las pinturas en las que se hace referencia al pasado nacionalsocialista de Alemania. También de los años sesenta son los guiños a Marcel Duchamp, de ahí el Desnudo bajando la escalera, en clara alusión al realizado por el artista francés durante su etapa cubista. Así como las pinturas de cartas de colores, como las que suministran las casas de efectos artísticos. En ambos casos, ejercicios de estilo sobre la pintura como representación y como documento: archivo histórico-artístico del cromatismo que el arte pop, como garante testimonial de la realidad inmediata debía trabajar y custodiar. 

Nos situamos a finales de los sesenta y hallamos tanto los paisajes dañados –así se les denomina en la muestra– que son vistas urbanas de ciudades bombardeadas en la Segunda Guerra Mundial (en las que el artista reniega de cualquier atisbo romántico), como las pinturas grises y de gamas cromáticas, que parten de soportes de vidrio para mediante la pintura obliterar cualquier posible representación, entendiendo aquélla como una segunda piel. A partir de los años setenta Richter combina figuración y abstracción. Pinturas de nubes –donde se mezcla fondo y forma, figura y mancha– y pinturas a partir de ampliaciones fotográficas, de manera que resulta difícil discernir los límites entre una y otra. No obstante en la década siguiente apostará de manera más contundente separando ambos universos. Son célebres sus cuadros abstractos de los 80, de un colorido exuberante y ácido, gestualidad barroca y composiciones abigarradas que denotan el generoso dominio del arsenal expresivo del artista, sin miedo alguno al riesgo. En ellos apreciamos el uso de rasquetas que peinan la pintura como sucedía con sus telas de los años sesenta. En el extremo opuesto pinturas realistas, como sus conocidas Candle, de 1982 y Skull, de 1983. O bien paisajes abstractos de una belleza soberbia y tangible –Abstract Painting, de 1990– y paisajes realistas de una realidad soñada –Chinon, de 1987– y retratos no retratos, como el de su hija Betty, de 1988 vuelta de espaldas al espectador. O las pinturas negras del grupo terrorista Baader-Meinhoff.

© Gerhard Richter, Brigid Polk (Baader-Meinhoff series)
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En los años 90 el panorama es muy similar, si bien ahora la abstracción incorpora soportes nuevos como el aluminio y técnicas como una suerte de decollage aplicada a la propia pintura. A finales de década recupera pasiones olvidadas –se exhiben en la misma sala monotipos de tres décadas atrás con una sintaxis muy similar– como por ejemplo deconstruir la pintura, fotografiándola y descomponiéndola en numerosos fragmentos en una misma obra. Al final, ya en el nuevo milenio, vuelve a los trabajos con vidrios, sigue con los retratos difuminados y con motivos –casi al límite de la visión– que reproduce hasta el infinito haciéndonos cuestionar nuestra percepción formal y espacial. Como colofón de este viaje alucinante nos topamos con la serie dedicada al músico John Cage, una serie de pinturas monumentales de 2006, en la que se resume lo mejor de su talento. La capacidad de la pintura para dejarse seducir por otras disciplinas, incluso abundar en su propio cuestionamiento para volver al estanque primigenio –la referencia monetiana no es en absoluto gratuita– y emerger con la piel mudada. 

Gerhard Richter:Panorama 
Tate Modern 
Bankside. Londres
Hasta el 8 de enero de 2012

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