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23 ene. 2012

El Huerto de Venancio

TRIBUNA ABIERTA
por Luis M. García Cruz
Escultor, profesor de la Escuela de Arte Dionisio Ortiz

Una de las obras de Venancio Blanco presentes en la muestra. Foto: Luis M. García

El pasado doce de enero se celebró en la sala de exposiciones de la Escuela de Arte La Palma de Madrid una interesante exposición de escultura, acompañada del dibujo como es habitual al hablar del maestro Venancio Blanco. Espacio, materia y reflexión creadora como temas permanentes en la obra artística, pero también en el particular enfoque pedagógico del escultor que nos ocupa, y por ende de los autores de la muestra. 

La exposición cuyo originalísimo título es, El Huerto de Venancio, responde a la iniciativa colectiva de un grupo de antiguos alumnos de artes y oficios, procedentes de la madrileña Escuela de Moratalaz donde Venancio ejerció, constituyendo un sentido homenaje desde su pluralidad al maestro que en su día los iniciara en la andadura profesional de la escultura, impulsado el hecho desde las antiguas escuelas de artes y oficios junto con los cuatro cursos que paralelamente impartió, sobre fundición entre otras técnicas, en Salamanca, Peñaranda de Bracamonte y Navas del Marqués, en una década como fue la de los ochenta, en la que el panorama de oferta docente no reglada en nuestro pais resultaba prácticamente inexistente. 

La muestra está representada por la obra de 15 artistas en su totalidad, si tenemos en cuenta que también Venancio Blanco participa con obra propia entre la de sus alumnos, y a veces también colaboradores. Este hecho expositivo viene a confirmar la cercanía, identificación y compromiso permanente de Venancio y de la fundación que lleva su nombre, con todos aquellos que han compartido y comparten quehaceres, diciendonos mucho del estrecho vínculo personal entre profesor-alumno del que hace gala Venancio, y que en esta ocasión demuestra una vigencia prolongada y estable durante nada menos que una treintena de años. 

El grupo de artistas participantes está compuesto por escultores con un dilatado curriculum profesional como Pedro Sanz Labajos, Eleuterio Gordo, Marisol Gómez Nieto, o Jose Luis Yebra, que en la actualidad son profesores en distintas Escuelas de Arte y que también han llevado a cabo no solamente su labor escultórica sino la docente fuera de dichas escuelas, como es el caso de Pedro Sanz (precursor de la fundición artistica dentro de Artes y Oficios) en la Casa Gitana de Oficios de Madrid, los Cuadernos Didácticos en el salmantino Museo de Bellas Artes de Eleuterio Gordo, el grabado a cargo de Marisol Gómez, o la cerámica en el caso de Eduardo Steinko, cuya magnífica medalla conmemorativa en porcelana del pasado año, dedicada al fundador de la Escuela de Cerámica de Madrid, Francisco Alcántara, nos hace reflexionar sobre la necesaria recuperación y puesta en valor de este insigne cordobés, también en su provincia natal, siendo originario de la vecina población de Pedro Abad, con la que también Venancio Blanco mantiene un estrecho vínculo. Otros de los artistas fueron Isabel Martínez, Miguel Reyes, Jose Luis Morales, Raquel Fernández Santos, Jose Alberto de Santos, Miguel Reyes, Emilio Velilla, Angelines Gil, Luisa Rodríguez y Marta Salto, pudiéndose apreciar en las obras expuestas un rico panorama escultórico y dibujístico de muy diversa temática, contando básicamente con un lenguaje entre la figuración expresionista basada en la simplificación de las formas, la construcción abstracta pura, y en ocasiones la obra de contenido simbólico pasando por el paisaje y el retrato. Con un total de 4 dibujos y 24 esculturas y un relieve, realizadas con materiales y técnicas que van desde el modelado directo con escayola, la terracota, la fundición con diversos procedimientos y aleaciones, la construcción directa en metal casi siempre conjugada con diversos materiales (resinas, morteros...), o la talla en madera. 

Dibujo de Venancio Blanco

Pese a la complejidad que siempre conlleva una muestra colectiva tan amplia, el conjunto de la obra mantiene una justa unidad, sin apreciarse disonancias ni estridencias excesivas, lo que permite su percepción general como un rico conjunto, perteneciente a una generación bien definida en sus principios estéticos y técnicos, con itinerarios muy distintos, pero iguales en cuanto al criterio de honestidad con la propia obra. Como es lógico mención aparte merece la representacion expuesta a cargo de Venancio Blanco, que aquí cuenta tanto con obra de momentos anteriores como El pastor o el relieve en madera Paisaje de Priego, frente a obra más reciente como el dibujo Suerte de varas, la escultura Juego con el mar, la versión en aluminio de la obra Sinfonía, o el ultimísimo y rotundo Retrato de Irene, realizado solo veinticuatro horas antes, que manifiesta mediante la atenta mirada del niño, lo que por parte del autor resulta un interés, si cabe más acentuado que nunca en los últimos tiempos, por todo lo vinculado al terreno del arte y la infancia, recordándonos su famoso discurso de Ingreso en la Academia de Bellas Artes: El Taller. Baste decir que como siempre nos tiene acostumbrados, aporta lo mejor posible de si mismo, el Venancio coherente y sincero en la obra, siempre didáctico, siempre escultor y dibujante, por encima de todo hombre a la vez que artista. 

Al margen de la obra expuesta no queremos dejar de destacar varios capítulos importantes, uno tal vez sea el valor no meramente plástico o afectivo de la muestra, sino el profesional y didáctico en un mismo sentido, al responder a una motivación generosa respecto de los participantes frente a la figura de Venancio, “Exposición homenaje de sus alumnos por su inestimable aportación a las Escuelas de Arte” reza el subtítulo del cartel. Grande es por tanto el valor pedagógico para los actuales alumnos de estas mismas escuelas, partiendo de ellas desde otro momento y materializandose en el presente de las mismas, cuyos profesores y alumnos actuales también nutrieron la inauguración. 

En el acto inaugural el propio Director del centro tuvo palabras de reconocimiento y gratitud, como cabeza visible de una Escuela de Arte que demostró estar volcada en el acontecimiento. Resultaba impactante la expresión de los asistentes frente a la proyección de imágenes de los cursos de verano de los ochenta, pero especialmente notoria fue la clara admiración manifestada por todos, así como el entrañable afecto, no exento de sentido del humor, de las palabras que el Maestro dedicó en la presentación. Como siempre, El Maestro demostró públicamente el especial vínculo que mantiene entre otros con la población de Priego de Córdoba, desde sus actuales cursos de verano, a los que lleva asistiendo ininterumpidamente 21 años durante todos los meses de agosto. Como portavoz de los artistas del colectivo Eleuterio Gordo puntualizó que los presentes no son sino una pequeña muestra del extenso conjunto total de alumnos que han recibido clase con Venancio, máxime si tenemos en cuenta que a las alturas profesional y vital del escultor, este continúa, como aquí atestigua, concediendo atención prioritaria al ámbito de la docencia, con especial acento con las promociones más jóvenes. Verdadero ejemplo pues de tenacidad y entusiasmo docente. Y es que ya lo dijo María Zambrano en su ensayo titulado La vocación de maestro: el alumno se yergue. Y es ese segundo instante cuando el maestro con su quietud, ha de entregarle lo que parece imposible, ha de transmitirle, antes que un saber, un tiempo, un espacio de tiempo, un camino de tiempo. El maestro ha de llegar, como el autor, para dar tiempo y luz, los elementos esenciales de toda mediación”.Y tendríamos que añadir que en todo este tiempo, esa voluntad de hacer crecer la amistad y la luz en Venancio nunca ha cesado. 

Para finalizar tal vez nos quede aclarar, de cara a aquellos que no conozcan directamente a Venancio, el propio título de la exposición, con el que pensamos que los autores de la colectiva lanzan un guiño de complicidad al profesor suyo que fue y sigue siendo. Y es que así son las cosas de Venancio Blanco, enseñando siempre con rigor pero desenfadamente, abundando en metáforas y símiles que siempre dejan al alumno pensando antes de responder. Como nosotros nos quedamos también pensando tal vez en este huerto prodigioso donde hay de todo y además bueno, posiblemente porque como todo hombre apegado a la tierra sabe, todo aquello que se cuida y trabaja con constancia prolongada, con dedicación, con buenas manos, acaba fructificando. Ya lo apuntó también Voltaire, uno de los padres de La Enciclopedia y otro de los grandes pedagogos, en el final de su célebre Cándido: “tenemos que cultivar nuestro pequeño jardín... aunque bien podría valer aquí nuestro símil hortícola: toda la pequeña sociedad entró por este loable propósito; cada cual se puso a ejercitar sus talentos. La tierrecilla produjo mucho.”


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