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16 jul. 2012

El legado del Islam de al-Andalus


TRIBUNA ABIERTA
por Ramin Jahanbegloo


Los editores agradecen muy sinceramente al Dr. Ramin Jahanbegloo y a Antonio Vallejo, director del Conjunto Arqueológico Madinat al-Zahra, su gentileza al cedernos para su publicación el presente artículo.


Bleda y Rosa. Salón Rico I, Madinat al-Zahra, 2004

El “dialogo de civilizaciones” se ha convertido en una de las claves en el discurso global sobre temas relacionados con la globalización cultural y la resolución de conflictos internacionales. En cualquier caso, la desaparición de estereotipos tradicionales incrustados en los vectores ideológicos de la era de la Guerra Fría ha dado a luz un nuevo esquema de confrontación, que se percibe bajo el concepto de choque de civilizaciones. Esta nueva forma de fricción ideológica puede llegar a convertirse en un conflicto, real y de gran importancia, especialmente cuando a los actos violentos se les otorga una dimensión religiosa, disparando así una serie de eventos que pueden escapar a la racionalidad política. Desde el conflicto entre el imperio aqueménida de Persia y las ciudades-Estado de Grecia, los choques entre civilizaciones han sido un gran tema habitual en la historia del mundo. De cualquier manera, si la energía liberada cuando dos culturas colisionan pudiera ser canalizada en la dirección correcta, el contacto entre dos civilizaciones diferentes podría crear una oportunidad única para el nacimiento de una autorreflexión constructiva. Las personas serían capaces de examinar su propio marco de referencia cultural a la luz de otro diferente, y si tal experimento tuviera éxito, no sólo se evitaría el conflicto, sino que también se abriría una oportunidad para ensanchar los horizontes intelectuales de la propia cultura.

De hecho, no es demasiado complicado encontrar ejemplos en la historia en los que un choque de civilizaciones ha conducido a un dialogo en un nivel superior. El ejemplo de al-Andalus es particularmente relevante en lo concerniente al dialogo entre culturas. La historia de la experiencia andalusí, o de lo que podemos llamar, con mayor precisión, el “paradigma Córdoba” no puede separarse de la de la civilización islámica. El periodo andalusí supone un cenit de la civilización del Islam que merece ser remarcado, cuando muchos de los principios del dialogo interreligioso e intercultural pudieron ser completamente desarrollados, partiendo especialmente de la transmisión del conocimiento, principalmente de fuente griegas al árabe, antes de que fueran traducidas de nuevo a otros idiomas. Andalucía acompañó este proceso con una experiencia única en términos de su cumplimiento tangible en todas las esferas de la vida. Se puso especial hincapié en el aprendizaje, caracterizado por una fascinación por la ciencia, la literatura árabe y el discurso filosófico entre fe y razón, pero lo más importante de todo fue la experiencia de diversidad y dialogo. La coexistencia cultural adoptó múltiples formas, tejiendo una malla de contacto y tradición, creación y redescubrimiento. El legado cultural de Córdoba es impresionante por su escala y esplendor. Se puede encontrar, por un lado, la tradición árabo-islámica de Ibn Tufayl e Ibn Rushd (Averroes) y por el otro, la herencia judeo-arábiga de Ibn Gabirol e Ibn Maymun (Maimonides), pensadores que emplearon el árabe como medio de expresión. A menudo se han comparado la Summa Contra Gentiles de Santo Tomás de Aquino, la Guía de los Perplejos de Maimonides y la Incoherencia de la Incoherencia de Averroes. Una coexistencia cultural de este tipo fue posible gracias a principios religiosos y legales de gran alcance en sus implicaciones. Esta es la razón por la que la experiencia andalusí constituye un momento excepcional en la historia, probablemente único en su época y raramente igualado en alguna otra. El más notable y creativo rasgo del “Paradigma Córdoba” es esta convivencia y coexistencia, basadas en principios legales y religiosos. Lo reseñable de la vida religiosa y cultural en la España islámica es que en su rico e intenso dialogo, judíos, cristianos y musulmanes no estaban tan interesados en convertir al otro a su respectiva fe como en profundizar su comprensión y convencerse a sí mismos sobre la verdad de las propias creencias. Creo que todos estaremos de acuerdo en que en el núcleo del caso de Córdoba no encontraremos intolerancia sino aspiración a lo universal y respeto por la diversidad.

Mientras en Europa caían las tinieblas con la caída del sol, Córdoba, la sede del imperio musulmán en España, disponía de iluminación urbana por lámparas. Los europeos se bañaban en arroyos y lagos, los cordobeses disponían de más de mil baños. Europa estaba repleta de bichos, mientras que la gente en Córdoba se cambiaba la ropa interior a diario. Los europeos andaban sobre el fango, mientras que las calles cordobesas estaban pavimentadas. Los palacios de Europa tenían aberturas para el humo en sus tejados al tiempo que la arquitectura de arabescos de Córdoba era exquisita. Mientras que la nobleza europea era incapaz de escribir su propio nombre, los niños cordobeses iban a la escuela. Cuando los monjes europeos no podían leer el servicio bautismal, los profesores cordobeses creaban una biblioteca con dos millones de volúmenes sobre todos los aspectos de la vida humana.

Bleda y Rosa. Patio de los Leones, Alhambra de Granada, 2005

Esta es una pequeña página de la Historia de Europa que los estudiosos europeos eligen bien ignorar directamente, bien mencionar fugazmente en sus libros de historia. En esta época moderna de dominio global occidental, a menudo escuchamos cuan civilizada, democrática, humana, tolerante e ilustrada es y ha sido Europa en comparación con los bárbaros, primitivos, violentos musulmanes, anclados en una mentalidad medieval. A través de la Edad Media, judíos y musulmanes tomaron gran cantidad de cosas del otro en filosofía, ciencia, misticismo y derecho. Por ejemplo, Maimonides tuvo muchas influencias de los filósofos musulmanes, mientras que muchos en el mundo islámico de hoy leen a Maimonides como un pensador árabe. Era, verdaderamente, una sociedad abierta, creada por una atmosfera de unidad, sin que importara que religión profesara cada uno. En la España musulmana, por un periodo de casi ochocientos años, existió una sociedad donde judíos, cristianos y musulmanes vivieron juntos en pacífica coexistencia, compartiendo conocimiento, cultura y comprensión. Hoy, en nuestro mundo global, nos enfrentamos a la misma cuestión de la coexistencia pacífica. Sin embargo, nuestro mundo, que se vanagloria del liberalismo y de la universalidad de sus ideas, ofrece pocas experiencias que igualen el periodo andalusí. Desafortunadamente, la teoría del choque de civilizaciones ha distorsionado nuestra visión histórica. Las corrientes dominantes dentro de la historiografía de estudios islámicos se centran bien en el pasado más distante (Islam temprano), bien en el Islam contemporáneo, y olvidan el legado andalusí, percibiéndolo como algo exclusivamente español, aislado del resto del mundo musulmán. A pesar de este olvido histórico, la experiencia andalusí continua siendo válida como un legado de dialogo y una actitud filosófica que ha acercado a Occidente y al mundo musulmán por su potencial civilizador. Como tal, las sociedades islámicas contemporáneas no pueden negar este legado de dialogo y empatía como un potencial que ha existido dentro del Islam. Ha llegado el momento de revitalizar este potencial en el debate público musulmán contra la visión cerrada que propugna el fundamentalismo islámico. Ciertamente, si el Islam ha de tener un futuro como cultura, este habrá de descansar sobre su capacidad de diálogo e intercambio con otras culturas y religiones. Es necesario recordar, igualmente, que el “Paradigma Córdoba” es también una herencia perteneciente a los europeos del que deben congratularse y recordar que sin él, la visión del multiculturalismo de su propia civilización quedaría distorsionada. De hecho, se podría decir que la gloría de la civilización islámica emergió como consecuencia de una ingente confluencia de ideas divergentes. Condujo a la aparición de diferentes corrientes de pensamiento: fiqh (Teoría legal islámica), Falsafa (Filosofía), adab (Ciencia de la moral), tasawwuf (Espiritualidad) y kalam (Metafísica). Estas corrientes de ideas contingentes continuaron fluyendo y enriqueciendo, no sólo al mundo islámico sino también al conjunto de la civilización humana. Se debería intentar buscar el núcleo filosófico de la no violencia islámica en el dinamismo civilizatorio de la experiencia andalusí. Es necesario recordar que el modelo andalusí estableció una conexión entre Oriente y Occidente y entre la Antigüedad y el Renacimiento. Al-Andalus, en particular, y la civilización islámica, en general, sirvieron tanto como reserva del antiguo conocimiento y ciencia griegos como de punto de trasmisión en su viaje hacia el occidente cristiano. El “paradigma Córdoba” podría ser celebrado en nuestros tiempos por el grado en que el pluralismo religioso y tolerancia cultural fueron rasgos de esta gloriosa experiencia.

Uno de los principales problemas que aparecen frecuentemente en una situación de diálogo, es la tendencia a comparar los ideales de la propia fe con las prácticas de la otra y viceversa. Esta aproximación se utiliza básicamente para degradar y rebajar al otro. Esta forma de pensar no sólo impide la comprensión y la genuina conversación a través de los límites confesionales, también conduce a la innecesaria glorificación de la propia fe y de sus textos sagrados. De hecho, el verdadero problema surge cuando en ambas partes se comienza a pensar que un equilibrio o acuerdo entre los dos es imposible, haciendo el conflicto inevitable. Cuando esto sucede, se deja de escuchar al otro y se le deshumaniza, haciendo el choque aún más probable. Hasta que las tres religiones descendientes de Abraham descubran un nuevo paradigma de vida religiosa que honre la diversidad como parte de la religiosidad humana, competirán y las civilizaciones estarán enfrentadas. Este nuevo paradigma no puede ser enseñado sino que debe ser descubierto. Y el camino para el descubrimiento es sumergirse en una profunda experiencia interconfesional con las diferentes tradiciones contemplativas del mundo.

El aspecto contemplativo de la religión siempre conduce a un sentimiento de humildad. Los grandes místicos de cualquier fe siempre entendieron que Dios es mayor que cualquier religión. A través de la inmersión en las tradiciones contemplativas del judaísmo, Islam y cristianismo y cultivando la humildad espiritual que nutra un paradigma de diversidad sagrada y respeto mutuo (opuesto a la mera tolerancia), el mundo puede superar el choque de civilizaciones hacía una nueva era de dialogo global y cooperación inter-espiritual de carácter pacifico. Hoy en día no estamos experimentando tanto un choque de civilizaciones como uno de intolerancias. La intolerancia es la incapacidad o falta de voluntad para soportar algo diferente. La intolerancia a otras personas distintas a nosotros, prevalece, obviamente, en nuestras sociedades modernas. No se trata únicamente de intolerancia moral o política. Se trata de intolerancia hacia cualquiera que sea distinto de nosotros en cualquier aspecto.

Bleda y Rosa. Salón Rico II, Madinat al-Zahra, 2004

Desde el trágico acontecimiento del 11-S, ha habido un aumento de ataques raciales contra musulmanes, sijs, y cualquier con origen medio-oriental o asiático. Igualmente, comentarios imprudentes realizados por políticos o por los medios de comunicación, han colaborado a avivar las llamas del odio y el miedo entre las diferentes comunidades de creyentes por todo el planeta. Pero la intolerancia contra los musulmanes va de la mano de la demonización de Occidente por parte de los fundamentalistas islámicos. 

Mientras que muchos musulmanes reconocen el apoyo y sensibilidad de la mayoría de occidentales, algunos otros continúan avergonzando a todos con su estrechez de miras y la crudeza de sus sentimientos en relación a Occidente. La agenda parece ser la misma en ambos lados: promover un conflicto generalizado entre el mundo musulmán y Occidente. Pero ¿en quién recae la responsabilidad de detener este choque de intolerancias cometido en nombre de Occidente y el Islam? La respuesta, evidentemente, es en aquellos musulmanes y no musulmanes que se oponen a la descripción apocalíptica y sin matices de un mundo dividido. Cualquier solución que se plantee al choque de civilizaciones contemporáneo debe recurrir a la lucha contra el nacionalismo enloquecido, el odio tribal, y la intolerancia religiosa y étnica, animando a las fuerzas que se les oponen a adherirse a los valores de moderación, tolerancia y no violencia. Resulta difícil reconciliar la idea del diálogo entre culturas con la opinión contemporánea de que la no violencia es meramente una estrategia de conveniencia. La no violencia no es una camisa que te puedes poner hoy y quitar mañana. La no violencia se ha convertido en una necesidad práctica en las relaciones internacionales. Al igual que fue inevitable crear una cultura completa de la violencia a nuestro alrededor, necesitamos crear una cultura de la no violencia y el dialogo que nos envuelva para poder dialogar. El llamamiento a ser tolerantes y no violentos sólo puede significar, por supuesto, que debemos ejercitar la tolerancia y la no violencia cuando nos vemos confrontados con ideas o acciones que desaprobamos o incluso consideramos odiosas, de la misma forma en que la libertad de expresión únicamente tiene sentido cuando se refiere a personas que dicen cosas que consideramos negativas o erróneas.

Porque, obviamente, no tiene dificultad ni mérito alguno, y por lo tanto no hace falta ningún esfuerzo espiritual, tolerar lo que consideramos bueno y correcto y que concuerda con nuestra propia idiosincrasia, de la misma forma que no tiene especial merito tolerar a personas que opinan como nosotros. Y sin embargo, como demuestra la historia una y otra vez, no debemos ni podemos tolerar lo inhumano. Tolerar lo inhumano únicamente conduce a una mayor inhumanidad. Quien tolera pasivamente estos comportamientos, es tan responsable como quien ayuda a perpetrarlos. El diálogo no violento es la mejor manera de protestar contra lo inhumano sin ser indiferente a ello. Esto quiere decir que, si el diálogo intercultural ha de ser real, debe ir acompañado, apoyado y cuestionado por una tolerancia dialógica. Diferenciada de una tolerancia dialéctica, en la cual cada voz está encerrada en su punto de vista preestablecido y también de una tolerancia ecléctica, la tolerancia dialógica involucra tanto al otro yo-mismo como al propio yo-mismo. Esto supone el encuentro de alguien que es a la vez otro y uno mismo. Esto recuerda a un hermoso poema de T. S. Elliot publicado en “Cuatro Cuartetos”, donde el personaje de un poeta-filosofo oye en su interior la voz de otra persona y dice: “Aunque no éramos. Era aún yo mismo. Conociéndome a mí mismo, pero siendo, al tiempo, otra persona.” Esa otra persona, que al tiempo es y no es, como la voz de otra cultura que acude a nosotros y nos pide estar abiertos a las posibilidades del pensamiento ajeno, al igual que la voz del diálogo en sí mismo. Esta actitud de apertura sugiere que los participantes en un dialogo están obligados a creer que la visión del mundo del otro es comprensible. En otras palabras, no es posible la existencia de un dialogo intercultural entre culturas que constituyan unidades de significado completamente selladas. Más bien, deben asumir que su visión del mundo es un horizonte abierto. Toshihiko Izutsu emplea la expresión "fusión de horizontes" para describir la forma en que el contacto entre dos marcos referenciales culturales opuestos puede dar como resultado que ambos logren crear una nueva perspectiva global por encima y más allá de su respectiva y previa visión del mundo.

Si se habla en términos de principios y espiritualidad, esta opinión se aplicaría no de forma exclusiva a nivel de cultura, sino también al de civilización; ciertamente, lo que se persigue hoy en día es esa fusión de horizontes –la clave para transformar un choque de civilizaciones en un diálogo entre ellas. Si se realizaran esfuerzos a lo largo de todo el mundo, entre todas las culturas, para conseguir “una fusión de horizontes”, entonces se conseguiría, finalmente, una globalización en el verdadero sentido de la palabra. Es más, el objetivo de llevar a cabo un diálogo entre culturas no es un mundo de pensamiento y cultura uniforme, sino, idealmente, todo lo contrario. El dialogo de culturas no debería ser nada menos que un mecanismo de enriquecimiento de la individualidad y la visión del mundo de la gente, sin importar si son de los Estados Unidos o de una comunidad islámica. Cualquier cultura tiende a poseer un marco de referencia que condiciona la forma básica del comportamiento, formas de pensar y emociones de los miembros de esa cultura. Las personas pertenecientes a una cultura concreta basan sus ideas, sentimientos y comportamientos en el marco referencial de esa cultura.

La comprensión dialógica demanda que los miembros de las diferentes culturas involucren activamente al otro en un dialogo real, escuchen lo que el otro tenga que decir y alcancen acuerdos parciales sobre el significado de las perspectivas comunicadas. Algo importante es que esto supone también el cuestionamiento de la otra cultura, sin evitarlo. El cuestionamiento crítico sigue siendo parte del proceso de dialogo intercultural. Pero teniendo en mente que lo que no sabemos debe recordarnos la sabiduría socrática. Aunque el cuestionamiento socrático procedía de su admisión de la ignorancia, permitía la crítica de los valores y creencias de su interlocutor apuntando sus propias inconsistencias. Al apuntar los limites del conocimiento de Theateto, Sócrates cree que el joven puede volverse más amable con sus propios colegas. Del mismo modo, cuando caracterizamos el dialogo intercultural como un cuestionamiento sin límites, cada participante anima al otro a experimentar sus puntos de vista cultural como abiertos a la revisión. Una conversación transcultural, incluso con un “otro” inflexible, ofrece a los participantes las ventajas tanto del autodescubrimiento como la posibilidad de aprender otro aspecto de una verdad mayor y más compleja. El objetivo no debe ser necesariamente un acuerdo entre personas que mantengan opiniones diferentes en lo fundamental. La meta es conseguir un sentimiento de empatía y solidaridad con el mundo. Ya no es posible demandar formas de homogenización cultural ni abogar por una visión de diferenciación radical.

Bleda y Rosa. Palacio de Comares, Alhambra de Granada, 2005

El mundo es plural y es necesario respetar esta pluralidad. Pero ni el Derecho Internacional ni las instituciones internacionales bastan para asegurar la paz y el diálogo en nuestro mundo contemporáneo. Necesitamos cultivar una coexistencia dialógica, lo que es únicamente posible cuando existe un interés real en escuchar y comprender los puntos de vista del otro y respetar la parte más vital para su identidad cultural. Estas son las premisas básicas y objetivos fundamentales de un diálogo no violento entre culturas. Pero también es necesario comprender que en el mundo actual, la espiral de odio y violencia constituye una enorme amenaza, tanto para la paz internacional como para el destino humano. Ha llegado el momento de tomar conciencia de que nos encontramos en medio de un gran cambio. La democratización de la intolerancia se ha convertido en la norma del comportamiento social. Paradójicamente, la noción de tolerancia predicada por todas las religiones y culturas se vuelve intolerancia dentro de los límites de políticas particularistas. Nuestra forma de pensar debe trascender la predeterminada oposición binaria entre “Occidente” y “El resto del mundo” (The West and The Rest), que parece sugerir que el resto de mundo no tiene nada que decir sobre Occidente. Tal afirmación renegaría de la esencia pluralista de la civilización occidental. Si Occidente comienza a actuar como los Talibanes, ignorando la existencia de su interior de una pluralidad de visiones y culturas, está condenada a traicionar sus raíces liberales y sus objetivos democráticos. 

En cualquier caso, siempre existe la posibilidad de coexistir en un mundo crecientemente intolerante. Podemos partir de la premisa de que la dignidad humana es demasiado vasta como para ser monopolizada por una sola cultura. En otras palabras, cada cultura alimenta y desarrolla algún aspecto de la dignidad humana; el progreso siempre procederá del dialogo entre culturas. De esta forma, si Occidente le está demandando al Islam acabar con sus intolerancias, el propio Occidente no tiene una tarea menor en el mismo sentido. Los musulmanes necesitan de Occidente para encontrar un equilibrio entre democracia y responsabilidad, mientras que Occidente podría aprender del sentido de comunidad del Islam.

Mahatma Gandhi, una figura relevante de nuestra época, luchó durante toda su vida contra la intolerancia. Cada una de sus acciones iba dirigida a crear armonía entre culturas e individuos. Gandhi habla de forma inmejorable sobre el dialogo de culturas y el intercambio de ideas cuando dijo: “No quiero que mi casa esté rodeada de murallas y mis ventanas tapiadas. Quiero que las culturas de toda la tierra entren volando en mi casa tan libremente como sea posible”. ¡Qué desafío constituyen estas palabras para aquellos que estamos luchando contra el choque de intolerancias! Si el mundo busca una forma de evitar el choque de civilizaciones, la mejor forma es defender la propia libertad de expresión sin faltar el respeto a las opiniones ajenas. La verdadera naturaleza del diálogo consiste la habilidad de verse a uno mismo desde la perspectiva del otro. Es una verdad evidente que existen fuerzas en el interior de la propia cultura que previenen este compromiso. Hay un riesgo cierto de percibir algo en otras culturas o religiones que, simplemente, no está ahí, pero ese es el riesgo de todo diálogo. Si alguna deconstrucción es necesaria para poder entablar adecuadamente un fructífero diálogo con otras culturas, es aquella que busque purgar nuestra cultura y conciencia de rasgos violentos y destructivos.

Ramin Jahanbegloo en el  Museo de Madinat al-Zahra. Foto: Ramón Fernández Barba

Porque la cuestión más relevante no está relacionada con qué debemos creer, sino qué deberíamos hacer al respecto de nuestras creencias. Esta fue la labor conseguida por grandes figuras históricas como Mahatma Gandhi, Martín Luther King Jr. o Abdul Ghaffar Khan. Permítanme aprovechar la oportunidad de honrar el legado de Abdul Ghaffar Khan, más conocido como Badsah Khan, que murió en 1988 en Peshawar, Pakistan, a la edad de 98 años. Badsah Khan ya no se encuentra con su gente, pero sus sacrificios de toda una vida al servicio de los Pastunes permanecerán como una gran fuente de inspiración. La profunda creencia de Abdul Ghaffar Khan en la verdad y efectividad de la no violencia proviene de las profundidades de su experiencia personal en la fe musulmana. Su vida es un testimonio verídico de que la no violencia y ser musulmán son perfectamente compatibles. “Actualmente el mundo viaja en una extraña dirección”, dijo Abdul Ghaffar Khan en 1985, “Ves que el mundo se dirige hacia la destrucción y la violencia. Y la especialidad de la violencia es crear odio entre las personas y crear miedo. Soy un creyente de la no violencia y afirmo que ni la paz ni la tranquilidad reinarán sobre la gente de la Tierra hasta que la no violencia sea practicada, porque la no violencia es amor e infunde valor en las personas”. El legado de Abdul Ghaffar Khan puede sernos de gran ayuda a todos en la tarea de evitar el choque de intolerancias entre el Islam y Occidente y entre musulmanes e hindúes en el subcontinente indio. Su vida como constructor de puentes es una afirmación clara y transparente de que el diálogo, la paz y la coexistencia cultural son posibles más allá del choque de civilizaciones. 

(Conferencia impartida por el Dr. Ramín Jahanbegloo el 13 de julio de 2012 en el Auditorio del Museo de Madinat al-Zahra, Córdoba. Traducción: Ramón Fernández Barba).


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3 comentarios:

Anónimo dijo...

Un artículo muy interesante y necesario en estos tiempos enhorabuena a la revista por su gran calidad.

A.Mª.M.L.

José María Baez dijo...

Pues a mi modo de ver el problema surge cuando la fe religiosa deja de ser un asunto privado y trata de imponerse al resto de la comunidad. Cuando no se respetan los ámbitos de la sociedad laica y quiere invadirse teológicamente su esfera. Todas las creencias religiosas tienen este afán impositivo y Occidente cuenta con una cruenta experiencia en este sentido, cuyo más reciente capítulo fue la guerra de los Balcanes. Liberarnos de este intolerante pensamiento ha costado años y mucha sangre (aunque en paises como España o Italia la iglesia católica se resista a asumirlo y permanentemente vuelva a introducir sus paradigmas en la esfera política). Creo, por tanto, que el compromiso afecta en primer lugar a las sociedades regidas por el adoctrinamiento religioso y una buena ocasión para intentar mejorar podría ser reconocer sin complejos que el magisterio de Averroes y Maimónides en al-Andalus fue frustado y cercenado por el sectarismo religioso de un pueblo seguidor del Islam.

Paco Muñoz dijo...

Como siempre mi felicitación más sincera por tan excelente trabajo de difusión. Os superáis día a día.