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11 jun. 2013

Hisae Yanase. La libélula y el volcán

Antonio Blázquez, Hisae, mixta/papel
José Álvarez / Ars Operandi 

1968, un año de cambios en todo el planeta, fue el escogido por Hisae Yanase para viajar por primera vez a Europa. Su propio cambio de rumbo era substancial: unos años antes había estudiado decoración en la Academia Bunca de Tokio, adonde se había trasladado desde su cercana Chiba natal, estudios que abandonó para dedicarse a trabajar el cuero, un cambio significativo por cuanto implica el paso de trabajar sobre el papel, con el diseño, a manipular directamente el proyecto final, esto es, la obra definitiva, sin intermediaciones. La década de los setenta arrancará con una nueva e importante decisión vital de Hisae cuando decida comenzar los estudios de cerámica en la Escuela de Artes y Oficios de Valencia. Desde entonces, y hasta el presente, Hisae Yanase ha llevado a cabo un largo y fructuoso recorrido cuyo resultado más evidente es la creación de una singular obra donde conjuga la pericia técnica con la esencia de su personalidad artística, modelada desde la tradición oriental y el continuo interés por la experimentación.

Con un bagaje de más de treinta y cinco años dedicados a la docencia, Hisae ha entendido el arte como una acción creadora en la que desarrollar un amplio concepto sobre la escultura cerámica, transitando a lo largo del tiempo desde la precisión objetual a un complejo sistema de relaciones entre las influencias japonesas—cada vez más transformadas de subyacentes a visibles—con los lenguajes contemporáneos, en los que la artista se incluye plena de un conocimiento rastreable desde sus primeros años de formación. 

La cerámica como medio de expresión plástica atesora una ingente cantidad de técnicas y recursos destinados a la consecución de diferentes acabados, una variedad que por su enorme seducción puede distraer del propósito final de la obra de arte, perdiéndose por los entresijos de la producción artesanal, atendiendo a la anécdota y diluyendo el mensaje en una nebulosa procedimental alejada de la necesidad de una conciencia artística contemporánea inserta en la sociedad a la que pertenece. El placer de lo superficial, tan unido al virtuosismo engañoso, se troca en la obra de Hisae en un universo de posibilidades estéticas explorado vivamente a través del tiempo. Sus series abordan, desde un concepto previo abiertamente definido, temas concretos en los que interpretar la realidad por medio de un sutil estilo en el que términos como abstracción y figuración no hacen sino constreñir las infinitas posibilidades expresivas que Hisae Yanase puede extraer de la materia con la que trabaja. Dejó escrito el escultor Ángel Ferrant que “toda remembranza del modelo constituye un lastre cuando se persigue la pureza de la forma. Aquí se plantean las dos naturalezas a que la forma puede responder: la llamada figurativa o naturalista y la llamada abstracta, que exigen una voluntad previa y consciente. Pero aquí también se plantea el problema de si la forma absoluta desligada de remembranza figurativa natural puede tener otra significación que la meramente decorativa”.

Mariló Fernández Taguas, Relaciones de enlace, mixta

En este sentido, la obra de Hisae Yanase disipa cualquier duda esencialista desde el preciso momento en que unimos al deleite estético la posibilidad de percibir lo intrínseco de la obra de arte. Ya sea partiendo de un interés o de otro, y, sobre todo, desde ambos, acercarse a series como Cnida, Kaison o Sangu, realizadas en 2009, o a la reciente serie Sanagi (2012)—por mostrar solamente dos cercanos ejemplos—evidencia la coherencia de un trabajo escultórico que nos posibilita explorar desde lo microscópico que habita en las profundidades abisales a las más etéreas formas de las crisálidas. Y esta evocación—término que me es grato para referirme a la sensación que produce contemplar la obra de Hisae—parte de la propia tierra, tratada, modelada, sujeta a un proceso de ignición y posterior enfriado, una lucha con los elementos—tierra, agua y fuego—a la que la artista se aplica extrayendo de ella una obra final asombrosamente delicada, contradictoria entre su creación y su acabado, como si no diésemos crédito a la violencia con la que los elementos han tratado la materia que la artista ha transformado. Como una libélula que sobrevuela un volcán en erupción.


El texto y las obras que lo ilustran pertenecen a la exposición colectiva Rita Rutkowski, Juana Castro, Hisae Yanase. Homenaje, que 
 puede verse en la Sala Galatea (Casa Góngora) hasta el 31 de julio 

ars textos

1 comentario:

Pilar dijo...

Una exposición que te aporta alegría y estímulo vital.
En Córdoba nuestra ciudad ,que se abre al río de la vida, al que había dado la espalda en estos últimos siglos.