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11 jun. 2013

Rita

Fernando M. Romero, Untitled_011, a/l
Pablo Rabasco / Ars Operandi 

Las ciudades son importantes. Más por lo que quieren ser que por lo que fueron. Como decía el escultor vasco Jorge Oteiza, uno se hace escultor para aprender la escultura, cuando la conoce no tiene sentido seguir haciéndolas. Con las ciudades pasa algo parecido. Uno las quiere cuando no las conoce. Después no es amor, es otra cosa.

En el caso de Rita Rutkowski, la ciudad de Córdoba la atrapa antes de saber qué es Córdoba. Cuando el encanto es limpio, cuando todo está por descubrir y el escenario promete algo que permanece oculto. No suele ocurrir. Pocos artistas han dejado Nueva York por una ciudad de provincia. Y aunque es cierto que Córdoba es una ciudad hermosa y presenta un escenario atrayente para cualquier creador, no es fácil entender que una artista joven y llena de inquietudes decida cambiar la Nueva York de los 60, por el ostracismo de la Córdoba de la segunda mitad del siglo XX. En estos días se estrena la película On the road, basada en el libro de Jack Kerouac que armonizó toda la generación beat neoyorquina. Una generación basada en la experimentación, no ajena a la deriva, al amor libre (no sé si bien entendido), a las nuevas drogas de diseño. Pero esa generación que influyó en los años formativos de Rita Rutkowski y de toda esa generación, presenta algunas aristas no tan brillantes. Robert Crumb, el dibujante de cómic, nos dejó durante esas décadas una visión no tan idílica, ni tan social de esta generación. Había un tufo a provincianismo en todo USA que nos hace un poco más cercanos a aquellos seres solitarios, torpes y anodinos que pueblan las páginas de Crumb. Pero Nueva York era Nueva York.

Ahora mismo tan solo recuerdo de entre los grandes a Wolf Vostell, cuando en 1974 entra en comunicación pasional con el pequeño pueblo de Malpartida en Cáceres y sitúa allí su residencia, su lugar de trabajo, su vida. Otros artistas pasaron temporadas, meses, años, en ciudades pequeñas y anodinas, pero siempre regresaban a Nueva York, París, Berlín, Londres, a donde fuera. Los de las provincias soñaban con triunfar allí, con crear en el lugar donde todo pasaba. Porque si allí surgía esa magia, algo tendría que ver con el lugar. El propio Pepe Espaliú realiza ese camino a la inversa. De Córdoba a Nueva York.

Pero Rita se quedó. No fue una turista más, ni siquiera una buena conocedora de Córdoba, sino que llegó a convertirse en vecina. Tomando el pulso de aquellos que la precedieron inmediatamente, de ese caldito de cultivo que valientemente trazaron Rafael de la Hoz (Rita Rutkowski vive en un edificio diseñado por él), Oteiza, Ibarrola, Duarte, Serrano, Cuenca o Alejandro Mesa. Fueron esos los años finales de la década de los 50 cuando Rita se afinca en Córdoba. Y formó parte de ese foco de luz que hizo posible que aquí pasaran algunas cosas que mantenían débilmente el pulso al mundo. Las sorprendentes exposiciones del Círculo de los años 60, o el cine-club de los sábados que durante años mantuvo una ventana abierta al mejor cine no comercial. El Grupo Cántico o personalidades como Carlos Castilla del Pino rompían una monotonía tan asfixiante como una noche de julio. Frecuentando los no-lugares, como el Juan XXIII. Aquellas cosas que han marcado la historia de la Córdoba del siglo XX pero que en su momento fueron hostigadas, señaladas como ajenas y problemáticas.

Rita Rutkowski recuerda que cuando ella llega a Córdoba las mujeres no salían de sus calles, de sus casas. Tan sólo para la feria se adornaban y salían, como sale una flor en primavera. Ella paseaba por las calles vacías, junto a su compañero, en las noches de calor. Calles más oscuras que ahora, atrayentes por lo que quedaba oculto detrás de las paredes. Algo tuvo que pasar porque la ciudad le atrapó, hasta ahora. En esta ciudad, en aquellos años, pocas mujeres formaban parte de la camarilla cultural más progresista, y pocas compartirían esta posición con unos fuertes vínculos con la problemática social de su nuevo entorno. En ese sentido, su forma de estar en la ciudad fue casi pionera en relación a los años del franquismo, una puerta abierta sobre otras que se cerraron en los años de la guerra. Y por eso me siento algo incómodo repitiendo este cliché. Un hombre analizando lo que ellas han hecho.

Rita venía con una buena formación artística de Nueva York, y con una pasión reforzada por el mundo clásico que conoce a través de una estancia en Italia becada por el Museo de Arte Moderno de Nueva York. En esos primeros años su arte presenta muchas conexiones con las obras más morfológicas de Marcel Duchamp o el propio Picabia. Contextos maquínicos donde el movimiento y el cuerpo son el lugar de investigación. De todas formas, ya en estas obras, muy maduras, vemos algunos nexos que van a estar presentes en otros momentos. Las líneas tienden a no ser solo delimitaciones sino puntos de fuga, lugares de partida donde las superficies de color entran en conflicto con la geometría. Su obra irá pasando poco a poco desde un expresionismo más carnal a un paisaje atrevido. Rita Rutkowski en este sentido ha sido muy académica. Las influencias o conexiones con grandes maestros como Francis Bacon se entienden desde la pasión que estos mismos también sintieron por lo que la propia academia marcaba. En ocasiones se trataba de provocar las normas, de romper lo aprendido, pero siempre desde una perspectiva académica. Con el color Rita Rutkowski se sitúa en un mundo más complejo. Parece que no se trata tanto de una experimentación como de algo relacionado con la problemática surgida de los debates abiertos en su ambiente cultural de origen. Las obras de Rothko que preceden a su labor más conocida dentro de los Color Field Painting, mantiene muchos puntos de contacto con la obra de Rita desde la década de los 80. Pero no se pierde la forma ni la realidad en un ambiente propicio al conceptualismo. Es como si se aferrara a algo que estaría por llegar. Esa vuelta a la realidad que seduce a toda una generación desde finales de los 60.

Jacinto Lara, Anidarse, mixta/papel

El paisaje siempre estuvo ahí. Desde su elevada terraza ve una Córdoba que se disipa con el frío y se adormece con el calor. Rita Rutkowski había crecido en la ciudad de los grandes rascacielos, zigurats eclécticos que recrean nuevas calles en los pisos altos, azoteas clásicas, inamovibles e históricas. En las alturas estaban los órdenes clásicos, el canon, el orden. En la calle todo era vida. No hay nada más tradicional que los rascacielos del Nueva York de los años 20, década donde se configura el paisaje urbano en los entornos reconocibles de la ciudad. Cuando Rita conoció el arte clásico y quedó prendada de la arqueología, no se enfrentaba a algo nuevo, en la ciudad del futuro estaban las formas antiguas en cada rincón, solo hacia falta mirar hacia arriba.

Rita desde su terraza en la Plaza de Andalucía, la puerta del Sector Sur, se abría paso a un escenario atrapado en su propia hermosura. Una visión sublime desde un barrio obrero, humilde, sin espacios para la cultura, ni entonces ni ahora. Todos estos años han sido una lucha casi diaria por mantenerse fiel a sí misma. En el quehacer diario, en sus relaciones sociales y vecinales de su entorno. Y una lucha por seguir creando desde la incertidumbre del lugar.

En la década de los 80, nuevos trabajos. La serie The Crash, donde aparece un tema recurrente en los años del pop, con un tratamiento más expresivo. Coches accidentados que surgen desde un escenario oscuro. No muy diferente al tratamiento de otra serie importante Salto Mortal, donde inicia una investigación sobre la figura humana. En 1987 pinta el díptico The deep end. Una de sus obras más acertadas. En la línea que va desde los trabajos de Ed Ruscha a David Hockney. En los años siguientes el paisaje urbano inunda su producción con referentes neoyorquinos y con el mar como escenario para baluartes, edificios ajenos a los contextos metropolitanos. Es el lugar hacia una pintura cada vez más geométrica, reduccionista. Las líneas son cada vez más débiles para contener un protagonismo nuevo. El color y la geometría débil de las formas sencillas serán los protagonistas desde entonces. No se si es un reto o un lugar donde descansar. En todo caso es el lugar al que se quiere llegar.

El texto y las obras que lo ilustran pertenecen a la exposición colectiva Rita Rutkowski, Juana Castro, Hisae Yanase. Homenaje, que  puede verse en la Sala Galatea (Casa Góngora) hasta el 31 de julio 

ars textos

1 comentario:

Anónimo dijo...

Este artículo habría que completarlo con la última entrevista hecha a la artista en un periódico local.

Córdoba me sigue pareciendo un territorio en el que se silencia a las mujeres creadoras. Son gestos los que delatan a Ios artistas masculinos. Algo inexplicable ¿quiénes son las creadoras de generaciones posteriores a estas artistas? ¿Cuántas son mimadas y acompañadas en sus procesos creativos y expositivos?

Merecido homenaje