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28 abr. 2014

Imágenes y visiones de Córdoba

TRIBUNA ABIERTA


David Roberts, Molino de la Albolafia con arrecife, 1872. 
José Mª Baez / para Ars Operandi

    Esta publicación, que será presentada por Pedro Roso en la Feria del Libro de Córdoba el día 30 de abril, detalla la iconografía generada por Córdoba desde el siglo XVI hasta la actualidad, pero también se detiene en otros asuntos. La pureza de sangre es hoy patrimonio exclusivo de los integristas, así que aquí se barajan materias muy diversas e informaciones e impertinencias muy variadas. 
     La invasión del territorio español por los ejércitos francés e inglés durante la Guerra de la Independencia, facilitó el desvelamiento de un paisaje sobre el que se había extendido el desconocimiento general por parte de los europeos. 
     El interés hacia España se activó a partir de la publicación de los cuatro tomos del Voyage pittoresque et historique de l'Espagne, voluminosa colección de grabados emprendida por Alexandre de Laborde entre 1806 y 1820, e irá encadenándose tras una sucesión de acciones editoriales semejantes desarrolladas a partir de la eclosión del Romanticismo, que eligió a nuestro país como eje de gran parte de sus idealizaciones. 
    Las estampas y láminas, favorecidas a lo largo del siglo XIX por las nuevas técnicas litográficas que permitían mayores tiradas y precios más económicos que los grabados, no sólo facilitaron el conocimiento del patrimonio monumental que reflejaban. También contribuyeron a corporeizar y visualizar emocionalmente la historia del país. En paralelo a los esfuerzos del pensamiento liberal, que introdujo el parlamentarismo en prácticamente toda Europa tras el derrocamiento de Napoleón, transformando en ciudadanos a quienes antes sólo habían sido súbditos, el nuevo orden social precisaba de herramientas para acercar la historia del país a sus protagonistas, y en esta tentativa la inmediatez de las estampas fueron el complemento didáctico de las muy abundantes ediciones de Historias de España que se editaron en ese tiempo. Aunque España hubo de esperar a la muerte de Fernando VII para poner en marcha este proceso, el nuevo espíritu nacional desencadenado encontró en la edición de estampas un aliado de considerable eficacia. 
    En este contexto político, los intereses de los autores extranjeros entraron pronto en colisión con los españoles. Frente al exotismo diferenciador reiterado por los primeros, los artistas españoles se recreaban en aquellos monumentos pertenecientes y adscritos a estilos compartidos y extendidos en la totalidad del territorio europeo, como el Gótico y el Renacimiento. Mientras Girault de Prangey, David Roberts, Lewis y Wilhelm von Gail insistían monotemáticamente en los rasgos diferenciales de España, y que en el caso de Córdoba se centró en el repertorio islámico que giraba en torno a la Mezquita y sus evocaciones anacrónicas, Francisco Javier Parcerisa intentó normalizar la visión y el pasado histórico del país, incluyendo en su colección cordobesa láminas de las iglesias de san Lorenzo, santa Marina y san Miguel, y de los hospitales de Expósitos y del Cardenal. A pesar del intenso interés de los románticos por el gótico, al que ingleses, alemanes y franceses consideraban su “estilo nacional”, fué el proyecto editorial alentado por Parcerisa, Recuerdos y bellezas de España, el primero en recoger imágenes de estos monumentos de Córdoba. 
  A la insistencia de colecciones de estampas debemos también el despertar de la conciencia conservacionista. Al mismo tiempo que se incidía en la elección de los conjuntos monumentales, fue surgiendo la necesidad de su catalogación y conservación. La Mezquita-Catedral de Córdoba, así, se favoreció de esta concienciación y protagonizó una de las primeras iniciativas por parte del Estado español en cuanto a la programática financiación de sus obras de restauración, iniciadas a partir de 1891. Junto a la secuencia de imágenes generadas por el monumento, el libro detalla igualmente el proceso de estas obras de restauración seguidas hasta nuestros días, así como los conflictos y los problemas de entendimiento que generó en no pocos artistas e intelectuales la visión de las dos catedrales cristianas introducidas en el interior de las cuatro mezquitas árabes. 


François Antoine Bossuet y su romántica visión de Córdoba en un óleo pintado en 1863, Victoria & Albert Museum, Londres


      El repudio no sólo afectó a estas construcciones cristianas. Las sutilezas que comporta la construcción de un espacio neutro y no sometido a interpretaciones simbólicas en un templo musulmán, no siempre fueron percibidas con facilidad. Aún hoy, y al filo de las polémicas actuales, algún canónigo cordobés ha dejado entrever públicamente su desconcierto al minusvalorar esta cuestión fundamental. Frente a los principios del antropomorfismo y de la imagen introducidas en la arquitectura occidental desde el humanismo renacentista, la arquitectura islámica se rige por otros parámetros completamente ajenos, donde la primacía de la geometría obvia el concepto de imagen y deriva la percepción hacia los sentidos interiores. Julius Meier-Graefe, que visitó la Mezquita-Catedral de Córdoba el 11 de mayo de 1908, a pesar de su agudeza y espíritu analítico admitió con honestidad su falta de práctica para valorar el edificio, adscrito como estaba a una corriente crítica arquitectónica donde prevalecía la jerarquización espacial y el impacto volumétrico en detrimento del vacío. 
    El libro analiza igualmente el perfil gráfico de la ciudad y las tentativas diversas introducidas a lo largo del tiempo en su retrato urbano. Tras la visión genérica de Córdoba, captada desde el sur por Anton van den Wyngaerde en el siglo XVI por encargo de Felipe II, con el pormenorizado detalle de cada uno de sus más sobresalientes elementos, le sucederá otra imagen de Córdoba más escorada, bucólica y rural y que aplicaba los parámetros estéticos del paisaje ideal desarrollados por Annibale Carracci. Se la debemos a Pier María Baldi, artista que acompañó a Cosme de Médicis en el numeroso séquito que integró su viaje a España, y a Córdoba, en 1668, y que realizó sus dibujos desde la orilla derecha del río y desde las lomas que hoy conocemos como Balcón del Guadalquivir. 
     El arquitecto François Ligier, ligado al proyecto editorial de Laborde, a comienzos del siglo XIX codificó la visión moderna de la ciudad. Frente a la acumulación retórica del pasado los nuevos tiempos precisaban de síntesis y Ligier concentró su atención sobre el puente Romano, la Puerta del Puente y la Mezquita-Catedral. En tan concisa relación monumental, captada igualmente desde la orilla izquierda del río pero bajando el punto de observación respecto al que se situó Wyngaerde, Ligier condensó el pasado histórico de Córdoba. Un poco más tarde el británicamente esmerado Georges Vivian, con la devoción que caracteriza a este pueblo por la interpretación del paisaje, ensayará una nueva estampa rural de Córdoba, evocando a la ciudad desde la distancia arbórea de la Alameda del Corregidor y reduciendo el enfoque monumental al puente Romano y la torre de la Calahorra. 
     Estas cuatro visiones de Córdoba se fueron completando con diferentes versiones y perspectivas más particularizadas, al tiempo que se abría el espectro visual de la ciudad con detalles de otros monumentos y rincones. Por el libro circula el tránsito de artistas y escritores que tuvieron parada en Córdoba como Eugène Delacroix, Benedetto Croce, Waldo Frank, John Singer Sargent, Rubén Darío, William Somerset Maugham, Èdouard Vuillard, Pierre Bonnard, Auguste Rodin, Darío de Regoyos, Joaquín Sorolla, Henri Matisse, Serguéi Diághilev, Emil Rudolf Weiss, Kostas Uranis, Jacques Lacan, Maurits C. Escher, Rainer María Rilke, André Masson, o los fotógrafos Martin Hürlimann, Henriette Grindat, Inge Morath, Josef Koudelka, Stuart Franklin, Ferdinando Scianna y Thomas Höpker, entre otros nombres. Igualmente se recogen las evocaciones más contemporáneas debidas a Marcel Broodthaers, Richard Estes, el grupo conceptual Langlands and Bell, David Hockney, Betsabé Romero, Geog Petzold... 
    Quince reproducciones aportan imágenes visuales de algunos de estos artistas. En el intento de eludir las más reiteradas se insertan los óleos de François Antoine Bossuet, Sorolla, Julio Romero de Torres y José Duarte, las acuarelas de Delacroix y Sargent, los dibujos de Ligier, Weiss, Guillermo Pérez Villalta y Dorothea von Elbe, los grabados de Louis A.G. Bacler d'Albe y las fotografías de Emilio Beauchy Cano y un fotógrafo anónimo francés que captó en abril de 1898 una inusual vista de la Ajerquía de la ciudad, y en la que se percibe la mole de la iglesia de san Nicolás de la Ajerquía poco antes de su demolición.

José Mª Baez
Imágenes y visiones de Córdoba
Los sentidos ediciones, Sevilla, 2014
Presentación por Pedro Roso
Miércoles 30 de abril a las 20,00 h., Salón de actos de CajaSur