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7 dic. 2014

¿Qué celebramos cuando celebramos 60 años de arte contemporáneo en Córdoba?

12 ejercicios de medición sobre la ciudad de Córdoba, (1974). Isidoro Valcárcel Medina

Tete Álvarez/Ars Operandi

Las conmemoraciones, como esta que nos ocupa de los 60 años de arte contemporáneo en Córdoba, están para celebrarlas aunque también han de servir para volver la vista atrás y comprobar lo andado y desandado en estos seis lustros de creación contemporánea. Comparar la situación actual con la de los años 50 sería osado aunque si convendría llamar la atención sobre algunas circunstancias que presentan ciertas analogías. Hace 60 años coincidieron trabajando en la ciudad un grupo de artistas como Equipo 57, Rafael de La-Hoz, Jorge Oteiza o Antonio Povedano entre otros cuyo legado valoramos con orgullo y forman parte ya del acervo cultural de la ciudad. Su aportación en aquél momento no fue, evidentemente, en absoluto reconocida e incluso en casos como los de Pepe Duarte o Tomás Egea-Azcona gozaron del rechazo del régimen por alumbrar ideas sospechosas de modernidad.

Seis décadas después trabajan en la ciudad un buen número de artistas que el gran público puede conocer gracias a estas cinco exposiciones y a su importante trascendencia mediática. Artistas cuyas obras conformarán, sin duda, el legado cultural de las generaciones venideras. Creadores que, aunque en la mayoría de los casos gozan de reputadas trayectorias artísticas, no son apenas reconocidos en la ciudad en la que desarrollan su trabajo.

Porque ¿qué celebramos cuando celebramos 60 años de arte en Córdoba?, ¿que el 80 % de las galerías de arte de la ciudad hayan cerrado en los últimos 3 años?, ¿que 60 años después de que se hablara por primera vez de la necesidad de un espacio para el arte sigamos sin contar con un museo de arte contemporáneo?, ¿que el coleccionismo de arte contemporáneo tanto público como institucional simplemente no exista?, ¿que la casi totalidad de las políticas de promoción del arte actual hayan desaparecido?, ¿que se haya desmantelado prácticamente la Fundación Rafael Botí?, ¿que se haya cerrado la sala Puertanueva?, ¿que tengamos un edificio de 30 M. de € convertido en ejemplo nacional de lo nefasto de las políticas culturales cuando son dictadas en exclusiva desde las instancias políticas?

Demasiados interrogantes que habría que intentar resolver a la par que celebramos los logros conseguidos: el asentamiento de una comunidad artística comprometida con su entorno que lejos de esperar las dádivas públicas encauza trabajo y esfuerzo en sacar adelante proyectos horizontales, que emergen desde la propia base, y que son el principal activo con que cuenta la ciudad en estos momentos. Iniciativas como CoMbO, El Arsenal, BlowUp o Ars Operandi en la capital, La Fragua o Scarpia en la provincia dan buena cuenta del buen pulso con que cuenta la escena sumergida, aquella que no aparece en la agenda si no es acompañada de un cargo institucional.

Quizás este sea el mejor momento, antes de que se apaguen las luces de los focos, para abrir un espacio de reflexión sobre lo que han significado 60 años de arte contemporáneo en la ciudad y proponer estrategias de cambio en un momento de profunda transformación en el territorio de las prácticas artísticas contemporáneas.


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