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24 may. 2015

Del homenaje a la traición (II), cuestiones sobre arte público en Córdoba

Monumento a Claudio Marcelo en Córdoba. Foto: Cortesía Cordópolis
Guillermo Gómez para Ars Operandi

No es de extrañar que, hace ya décadas, el crítico italiano Gillo Dorfles se fijara en Córdoba, en concreto en la escultura de Manolete, para ilustrar su antología del mal gusto. Es un honor ganado a pulso por nuestra ciudad. Estamos en el top de la caspa monumental mundial y, a la vista del nuevo monumento a Claudio Marcelo que nos han regalado nuestros dirigentes, vamos a mantener esa categoría por mucho tiempo. Invertimos, de hecho, nuestros escasos cuartos en ello, con un dispendio desconocido y envidiado por el resto de ámbitos de la creación local.

Parece que lo importante del monumento es que quede algo para la posteridad, perpetuando ese faraónico afán de perdurar tan asociado a la clase política. Hasta ahí nada nuevo. En la definición clásica de este tipo de encargos subyace la obligación de fijar un momento o un personaje históricos para la eternidad. Sin embargo, hay una serie de nuevas “cualidades” en los peores monumentos de nuestro tiempo que invitan a la reflexión. En primer lugar, ¿a qué se debe esa obsesión porque la pieza sea y, sobre todo, parezca costosa? La respuesta es de un neoplatonismo de todo a cien: lo bueno es caro y, viceversa, lo caro es garantía de bueno. Bienvenidos a la política del lujo en tiempos de crisis.

Más espinosa es la segunda pregunta que se nos plantea ante este Claudio Marcelo, ¿desde cuando un proyecto que, por encima de todo, es conmemorativo, es decir que toma partido por ensalzar un instante de nuestra historia por encima del resto, puede rezumar neutralidad? Por decirlo de otro modo, ¿por qué una acción política tan comprometida como la de erigir un monumento –pocos actos hay más políticos que “gestionar” la memoria de un pueblo- se reviste de ese aire de decorativa solemnidad? Tengo claro que Claudio Marcelo, de quien no se conservan representaciones, no se parecía ni por asomo a ese personaje iluminado, hercúleo, de rostro impasible y pelo engominado, que nos presenta el escultor. De modo que, ¿por qué ese afán idealizador, diría incluso santificador del monumento? Mi respuesta es tan diáfana como dolorosa: se trata de la peor manipulación histórica con un propósito claro. Al pescar tres rasgos con cierto rigor, que aseguren el enganche al personaje de referencia, e idealizar/adulterar el resto con total impunidad, el arte se hace cómplice de la mentira del poder. Y es que, el hito en cuestión, de un mármol blanco “inmaculado”, es básicamente un instrumento de propaganda usado para afianzar esa falsa apariencia de pax ciudadana que tanto gusta a la doctrina neo-liberal. Por eso no cabe en él nada de crítica, ni siquiera de invitación a la reflexión. Ni siquiera nada que llame al desorden. Pues, mientras los monumentos se alcen soberbios y displicentes sobre nuestras cabezas, todo seguirá igual, porque el poder totalitario nos recordará así que incluso sus símbolos, o más bien sus simulacros, nos someten desde arriba.

Emplazamiento del monumento a Claudio Marcelo en Córdoba. Foto: Cortesía Cordópolis
¿Y qué decir del estilo de la criatura? En una sociedad tan heteróclita, de la que el mundo del arte no es sino un convulso reflejo lleno de incertidumbres y ejercicios críticos, es fascinante que pervivan, como insectos enterrados en ámbar, las posturas estéticas que defiende el cordobesismo más casto: si ha de hacerse una obra para el espacio público que sea una colosal estatua de mármol. Si total, sólo llevamos veinte siglos haciendo lo mismo. Para que la gente lo reconozca, el muñeco ha de ser figurativo, claro. Y para que le dé el empaque que se merece, que sea de mármol del caro, por aquello de que los paletos adquirimos nobleza a base de billetes verdes.

A estas alturas, parece que empieza a emerger el objetivo verdadero que impulsa a nuestro Claudio Marcelo engominado: que el espacio público se neutralice a través de la instalación de bultos ornamentales, a la vez que autoritarios, como este. Por supuesto, ha de ser un prohombre de la ciudad, las gentes de a pie no merecen subir a los altares. Por descontado su género será masculino, como si esta ciudad no tuviera mujeres con nombres y apellidos a las que homenajear. ¿Para cuándo un monumento a la gente, a los sin nombre, a los olvidados, a las sometidas? ¿Para cuándo un agitar la memoria con algo que sea enriquecedor para nuestra conciencia como pueblo? ¿Para cuándo la dignidad subida al pedestal, y no la más hipócrita de las glorias políticas? ¿Para cuándo una iconografía del presente y del futuro, y no la más servil de las traiciones históricas?

Monumento a Claudio Marcelo en Córdoba. Foto: Cortesía Cordópolis
La traición histórica de este monumento constituye, de por sí, tema para una tesis doctoral. Del mismo modo, tratar de hacer un estudio iconográfico completo del mismo haría que le estallara la cabeza al más pintado. Porque la imagen es, sencillamente, delirante y perversa. Sin entrar en demasiado detalle acerca del rigor histórico de la representación, para eso están los arqueólogos, es obvio que la imagen parte de una doble mentira histórica, en un alarde de “libertad creativa” que sonrojaría a cualquier aficionado al arte o a la Historia. La base es romana, no hay duda, adoptando la iconografía imperial según la cual los héroes se representaban semidesnudos, con torso atlético y toga cubriendo parte del cuerpo. Pero el motivo, en su definición general, no se respeta, pues ni el gesto, ni la ausencia de atributos imperiales, ni la posición de la figura, sin contraposto, se corresponden con los de la estatuaria clásica. Primera mentira: se trata de un simple cónsul de provincias, ascendido a héroe romano después de ser divinizado porque al escultor le da la gana. Quizá al darse cuenta de este desajuste, el artista decidió enmendar el asunto llevando las cosas más lejos que nadie. Para que no parezca un semi-dios, mejor imaginémoslo como un dios completo. O mejor, como el único Dios. De modo que, por arte de magia, Claudio Marcelo empieza a recordarnos la iconografía cristiana del Cristo resucitado: ese paso adelantado no es de Policleto, sino del Cristo que vuelve de entre los muertos; la mano abierta no muestra el atributo de poder imperial sino que nos muestra la palma, como Cristo mostrando las llagas de su martirio; finalmente, la toga se convierte en esa túnica santa tan vaporosa con que el resucitado barroco se nos suele representar, etcétera. Segunda mentira: nuestro Claudio Marcelo no sólo no murió como héroe romano, es que no murió. Al parecer resucitó en época cristiana.

Llegados a este punto, entre aburrido e indignado, empiezo a contagiarme de esa nostalgia tan querida de los cordobitas que nos gobiernan. Lo confieso, miro con envidia a un pasado en el que había comisiones de monumentos, donde los verdaderos ilustrados sancionaban lo que se podía o no implantar en las ciudades. Te podía gustar más o menos, pero al menos era gente que sabía de lo que hablaba. Ahora, sin embargo, hemos delegado todo, incluido nuestro gusto, en quienes no lo poseen. Echo de menos, igualmente, los viejos concursos de escultura y salones de la Academia, verdaderos agitadores de talleres y gremios apostando por una sanísima competición de ideas y talentos. Echo de menos el concepto de espacio público ilustrado, donde la gente se sentía identificada y representada. Echo de menos, en definitiva, sentir orgullo y aprecio por el lugar al que, por razones propias o ajenas, me siento apegado. Echo de menos esa ciudad que quiso –nunca pudo- ser moderna y laica y que, entre todos, hemos convertido en la flor pisoteada de España, que decía el poeta.


1 comentario:

harazem dijo...

Bueno, la asesoría arqueológica según el propio autor en entrevista que concede hoy al CÓRDOBA, es inmejorable: nada menos que el Arqueobispo Metropolitano Vaquerizo, al que creíamos sólo catedrático de la UCO, pero que nos acabamos de enterar de que es nada más y nada menos que Director de la época Tardo-Romana. Debe ser que también trabaja en el Ministerio del Tiempo… Y claro, así cualquiera…

http://www.diariocordoba.com/noticias/cordobalocal/marco-augusto-duenas-cepas-con-obra-simbolizo-ciudad-joven-movimiento_964843.html