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30 sept. 2015

Bazar Milagro. De re anormalia

Vista general de Bazar Milagro de Beatriz Sánchez en la Sala Siglo XXI del Museo de Huelva. Foto: María Clauss
Jesús Alcaide / Ars Operandi

El siglo XVI y XVII, la era de los descubrimientos, las exploraciones, el inicio de la ciencia moderna, fue también la época de los Cuartos de las Maravillas y Gabinetes de Curiosidades. Por todo el mundo fueron surgiendo estos espacios en los que se buscaba poner orden al caos de lo desconocido, a ese Nuevo Mundo que se iba abriendo ante la mirada de esos hombres europeos blancos que miraban al otro, el diferente, bajo la mirada exótica de lo extraño, lo anormal, lo maravilloso.

Tal y como decía Foucault a propósito de la diferencia entre la manera en que se trataba a los leprosos y los afectados por la peste, no se trataba de expulsar, sino al contrario, de establecer, fijar, dar su lugar, asignar sitios, definir presencias, y presencias en una cuadrícula. No rechazo, sino inclusión1. Se trataba pues, como continuaba diciendo del inicio de esas tecnologías de poder que ya no obran por exclusión, sino más bien por inclusión rigurosa y analítica de los elementos. Un poder que no actúa por la separación en grandes masas confusas, sino por distribución según individualidades diferenciales. Un poder que no está ligado al desconocimiento sino, al contrario, a toda una serie de mecanismos que aseguran la formación, la inversión, la acumulación, el crecimiento del saber.

Por todo ello, el inicio de la ciencia moderna, lo es también el de las tecnologías del poder. Los instrumentales ópticos, las técnicas de división sexual, la construcción de las psicopatologías, todo con un único fin, intentar poner orden ante la incertidumbre de lo desconocido.

Detalle de Bazar Milagro de Beatriz Sánchez en la Sala Siglo XXI del Museo de Huelva. Foto: María Clauss
En este espacio que opera entre lo razonable y lo irracional, se mueve gran parte de la producción cultural del siglo XVII y XVII, en la que los Gabinetes de las Maravillas nos sirven para cuestionar el principio de toda taxonomía, la arbitrariedad de cualquier distinción operativa bajo la cual se esconde un perverso entramado de poderes, aquello que quizás llamemos ideología. Pero pensándolo a la manera en la que nos la cuentan Hidrogenesse, sólo se necesita que dos idiotas en sintonía nos pongamos de acuerdo en la misma tontería para convertirla en nuestra ideología2.

Así, los Gabinetes de curiosidades o Cuartos de las Maravillas, precedentes de nuestros museos actuales, no eran otra cosa que mecanismos arbitrarios de ordenación y visibilización y por ello aparentes tecnologías de construcción de saber que todavía jugaban con la ficción, la falsificación, el engaño, pues detrás del aparente esqueleto de una sirena no se encontraba más que un zafio ensamblaje del esqueleto del cuerpo de un mono y la cola de un pez, de la misma manera que las divisiones en Animalia, Vegetalia y Mineralia, convivían en un mismo plano con aquellas que eran modificaciones realizadas por la mano del hombre, Artificialia.

Otro aspecto de Bazar Milagro de Beatriz Sánchez en la Sala Siglo XXI del Museo de Huelva. Foto: María Clauss
En este sentido, el Bazar Milagro que Beatriz Sánchez (Córdoba, 1977) aquí nos presenta no es sino la apertura de puertas hacia otro Nuevo Mundo, un mundo que participa de todas esas clasificaciones, pero cuya mejor taxonomía sería aquella que la estudiase bajo el epígrafe de Anormalia, entendiendo esta como la convivencia de lo extraño y lo disímil, lo diferente y lo cotidiano, lo poético y el humorismo.

Producto de dos años de investigación como producto de la concesión de la Beca Daniel Vázquez Díaz de la Diputación de Huelva, Bazar Milagro es una amalgama de muchas de las obsesiones y maneras de abordar la imagen en la llamada era post-internet, sobre las que Beatriz Sánchez viene trabajando desde hace más de diez años, de manera colectiva e individual, desde la época dorada de los paradigmas de la interactividad hasta el momento confuso de los discursos more-mediáticos que diría W.J.T Mitchell.

Si teóricos como Jenkins hablaban de las producciones cuturales de nuestro momento como los síntomas de una cultura de convergencia (convergece culture)3 donde los antiguamente conocidos como new media colisionaban con otras maneras de trabajar más lo-fi, en Bazar Milagro, queda expuesto casi a modo de panóptico este juego de interferencias en el que dibujos, objetos, videos, animaciones, registros performativos, fotografías y gifts, se nos presentan casi como si en una tienda de un museo nos encontrásemos, una tienda en la que están sus obras, subvirtiendo ese paradigma del NO TOCAR, statement que recuerda a sus primeros experimentos con la interactividad, donde aún casi no existía ese usuario actual, y los espectadores del arte aún tenían miedo de colocar la flecha del ratón sobre sus onironautios por si corrían peligro de morir electrocutados o algunos de los jurados a los que se presentaba ni siquiera eran capaces de poder navegar por piezas como Mi primer CD-ROM.

Trabajos en video de Beatriz Sánchez en la Sala Siglo XXI del Museo de Huelva. Foto: María Clauss
Y es que la deriva hi-fi que sufrieron gran parte de las producciones audiovisuales en las últimas dos décadas, producto de una mayor democratización de los dispositivos tecnológicos estables y móviles fundamentalmente, hizo que la extrema nitidez de la imagen, su aséptica limpieza, alejara de ella a muchos usuarios que buscaban recuperar el carácter experimental y DIY (do it yourself) que tenían todas esas producciones en sus inicios.
Quizás en este sentido podríamos recordar a algunos de los pioneros de la imagen experimental en nuestro país, como Segundo de Chomón o el propio José Val del Omar, cuyo laboratorio PLAT, el mismo que se montó para la exposición que le dedicó el MNCARS en el 2010, parece haber inspirado buena parte del display de este Bazar Milagro que presenta Beatriz Sánchez.

Pero más que de un laboratorio PLAT, en Beatriz sería un laboratorio PLAY o JOY, pues es esa idea de juego, interacción y diversión, la que sobrevuela gran parte de sus piezas, desde el carrusel de gifs hasta su colección de videotutoriales, trabajos en los que la artista juega con los modos de producción de la imagen en el mundo digital para abordar desde el humor a la crítica cuestiones a las que a diario nos enfrentamos desde las pantallas de nuestros laptops o teléfonos móviles.

De esta manera si en uno de sus videotutoriales podemos tener una descacharrante clase sobre cómo parecernos a Bill Viola, en una clara alusión a la deriva superficial y plana en la que se han convertido las producciones de este artista (nombre, pose e imagen), en otra de ellas “Cómo arreglar el mundo”, parece cuestionar el paradigma político de muchas de las producciones artísticas de nuestro tiempo, para arreglar la situación de un homeless a través de la artificialidad de las herramientas de construcción de la imagen en la era de la post-producción digital.

Obra interactiva de Beatriz Sánchez en Bazar Milagro.  Foto: María Clauss
Y es que esa es una de las grandes herramientas sobre las que pivota el trabajo de Beatriz Sánchez, sobre la construcción de ficciones en un mundo que ya no es sólo pantalla total como decía Baudrillard, sino una metaficción, un delirante juego de artificios y mentiras, o verdades a medias, en las que el milagro, como las apariciones de vírgenes y santos, no son otra cosa que ficticias construcciones humanas, artefactos de mentiras que como en los artificialia de los gabinetes de las maravillas nos llevan a cuestionarnos los límites de la verosimilitud.

Pero como no hay nada más extraño que la vida real, ese es el último registro en el que operan trabajos videográficos como “Episodio piloto” o “Ninguna vida póstuma”, sus producciones más poéticas y misteriosas, ficciones de un mundo a la deriva como el nuestro. Todo es lounge, pero mi vida es Lynch como decía la canción, y es que mientras el mundo aparece cada vez más estetizado, más plano, más cool, la vida real es más brumosa y tormentosa en su precariedad y miseria.

Decía Hal Foster hace unos años en un artículo de Artforum que la precariedad sería uno de los síntomas del comienzo del siglo XXI, y sin duda el devenir de los tiempos le ha dado la razón. Pero desde esta absoluta precariedad en la que vivimos, aún pueden ocurrir milagros como este bazar, donde nada está en su sitio y poco es lo que parece, devolviéndonos la mirada sobre esa ficción real en la que vivimos y ofreciéndonos la posibilidad de construir otras maneras de vivir en este mundo. La verdad (no) está ahí afuera.


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1 Foucault, Michel. Los anormales. Buenos Aires, Fondo de cultura económica de Argentina, 2000. p.53.

2 Hidrogenesse. Dos tontos muy tontos. Roma. Austrohúngaro, Barcelona, 2015.

3 Jenkins, Henry (2006). Convergence Culture: Where Old and New Media Collide. New York: New York University Press