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16 jul. 2016

PhotoEspaña 2016 (1) Un paseo excéntrico por la fotografía


Vivian Maier. Autorretrato, s/f © Vivian Maier/Maloof Collection, Courtesy Howard Greenberg Gallery, New York
Ángel L. Pérez Villén / Ars Operandi


Vivian Maier, el pulso de la vida 

Niñera, fotógrafa secreta y cronista de la realidad a tiempo parcial, Vivian Maier (1926-2009) es la protagonista de una de las muestras más esperadas de la edición actual de PhotoEspaña. Miradas que captan el instante anodino y confirman la sensación furtiva de ser partícipe de un descubrimiento. Instantáneas de las calles de Chicago y Nueva York en los años 50. Miradas cómplices, cruzadas. Desengaños y renuncias. Individuos singulares, que no populares ni pintorescos, personas anónimas atrapadas en la intimidad de un gesto. Fotografía costumbrista de una urbe metropolitana a mediados del siglo pasado. Pero esta fotógrafa clandestina, sin pretensiones de trascender en su delectación por capturar momentos de vida, también denota un interés no exclusivamente documentalista. Aborda encuadres y composiciones en los que el formalismo resulta muy patente pero sin emerger ningún interés estético añadido. Parece como si esta plusvalía formal –orgánica o geométrica, estructurada o caótica– fuese mera consecuencia de la elección del tema.


Vivian Maier. San Francisco, CA, 1955 © Vivian Maier/Maloof Collection, Courtesy Howard Greenberg Gallery, New York

De padre austríaco y madre francesa, judíos ambos refugiados en EEUU en las primeras décadas del siglo pasado, Vivian Maier es una veinteañera que se gana la vida como cuidadora de niños, primero en Nueva York y más tarde en Chicago. En sus ratos de ocio se dedica a fotografiar prácticamente todo lo que le llama la atención en la calle y nunca llega a mostrar los resultados. Tanto es así que a su muerte deja un legado de cinco millares de fotografías impresas y más de 120.000 negativos, así como unos dos mil rollos de película sin revelar. Todo este tesoro es hallado casi de manera fortuita en 2007 por John Maloof al comprar en una subasta un archivo fotográfico depositado en un almacén guardamuebles. No es inmediata la sorpresa pero cuando algunas fotografías llegan a manos de Allan Sekula se produce el sobresalto : cómo es posible que la obra de esta fotógrafa no hubiese trascendido antes. A partir de entonces, ya fallecida Maier, se suceden las muestras, siendo esta la primera gran exposición que se le dedica y que exhibe más de un centenar de fotografías.


Vivian Maier. New York Public Library, New York, c. 1952 © Vivian Maier/Maloof Collection, Courtesy Howard Greenberg Gallery, New York

Volviendo a su obra podríamos decir que es como si el instante decisivo de Cartier-Bresson hubiese perdido ese aura de trascendencia en la construcción del relato. Tanto es así que la fotografía de Maier sedimenta detalles y anécdotas, restos espurios con los que reconstruye el puzle de la vida cotidiana de los habitantes de la ciudad (años 50 y 60). Mención especial merecen sus autorretratos, en los que la artista se presenta la mayoría de las veces inesperadamente, como si del encuentro fortuito frente a su reflejo se tratase. En realidad ese parece ser el desencadenante, ya sea fraguando una imagen que captura el eco en un escaparate, en una máquina expendedora, el brocal de una fuente pública o la superficie pulida de una bandeja, cuando no la sombra proyectada que dibuja su figura en el césped. Pero no todo es blanco y negro, la obra en color (años 70 y 80) redunda en un tipo de fotografía que no aspira a convertir cada registro en un hito, cada toma en una celebración, sino en dejarse llevar por la adicción compulsiva de compilar imágenes que toman el pulso a la vida.

Miroslav Tichý, s/t, s/f

Miroslav Tichý, ladrón de imágenes

Otro raro, otro fotógrafo casi secreto, al menos hasta que Harald Szeemann lo mostró en la Bienal de Sevilla (2004). Vagabundo y con una trayectoria policial como indigente y enfermo mental –no en vano estuvo entrando y saliendo de prisiones y psiquiátricos varios años de su vida– Miroslav Tichý (1926-2011) es también un disidente del régimen comunista de la extinta República de Checoslovaquia, pero su disidencia no era tanto política como estética. Cuando abandona su Kylov natal para estudiar Bellas Artes en Praga Tichý es un estudiante aplicado que sigue la rutina académica del aprendizaje de la pintura, pero en 1948 deja la escuela porque el régimen prosoviético ha decidido cambiar las modelos femeninas desnudas por obreros modélicos vestidos con prendas de trabajo. Refugiado en su mundo interior, sigue cultivando la pintura y en los años 60 comienza a fabricar sus cámaras fotográficas con elementos de desecho, con restos de objetos y utensilios que encuentra en la basura.

Miroslav Tichý, s/t, s/f

Las imágenes resultantes, desenfocadas y con encuadres caprichosos, rescatan para nosotros la mirada honda y sutil, delicada y sensual de un voyeur. Imágenes de mujer en la práctica totalidad de su obra, robadas. Escenas que denotan una fascinación casi enfermiza por la presencia femenina. Rostros y restos de una arqueología de la memoria y una apuesta por la celebración de lo cotidiano. Una fotografía amateur, pictorialista casi, evanescente e íntima, que nos invita a compartir, como si de un tesoro repleto de despojos y pálidas presencias se tratase, un archivo atemporal de lo femenino. Nick Cave dedica al fotógrafo un tema, “The Collector”, en el que habla de “una chica tan borrosa que no se puede apreciar. La sensación de su silueta en reposo que llena de magia la página… Mientras las colecciono como mariposas con mi red mágica hecha a mano”. Pues eso, Tichý recolector de chicas borrosas, ladrón de imágenes.


Joel-Peter Witkin.The Raft of George W. Bush, Nuevo México, 2006. Fotografía, gelatina de plata sobre papel (Edición AP1). 61 x 75,5 cm © Joel-Peter Witkin

Joel-Peter Witkin, contra la indolencia

Más rara o extravagante es la propuesta de Joel-Peter Witkin (1939), un clásico en la parada de los monstruos de la fotografía. Su fijación y apego por la escatología, la deformidad y la perversión hacen de su obra una marca indeleble en el panorama fotográfico internacional. Es cierto que hay más autores trabajando en este campo, algunos con un temperamento incluso más retorcido, más abyecto, con un perfil casi enfermizo, pero la obra de Witkin es única. Y lo viene siendo desde los años 80, de la que se pudo dar cuenta por aquí en su exposición individual a finales de la década en el Reina Sofía y más recientemente en el Círculo de Bellas Artes, también en Madrid. Precisamente entonces conocimos la célebre epifanía que Witkin asocia con su afecto por una fotografía como la suya. De pequeño fue testigo de un terrible accidente de tráfico en el que murió una niña cuya cabeza llegó rodando hasta sus pies. La exposición que presenta en Michael Soskine se abre con piezas de los años 80, en las que podemos encontrar sus habituales seres deformes, escenas contrastadas casi en blanco y negro y sin matices, esgrafiadas e intervenidas con incisiones, añadiduras, troqueladas. Todo un surtido de libertades que hacen de su obra casi un collage más que una fotografía. De hecho cada obra parte de una serie de bocetos previos y su fijación fotográfica es intervenida desde el propio negativo.


Joel-Peter Witkin.Amour, Nuevo México, 1987. Fotografía, gelatina de plata sobre papel (Edición 3/3) 104 x 104 cm © Joel-Peter Witkin

Neoyorquino afincado en Albuquerque, Joel-Peter Witkin gusta de componer escenas con las que nos introduce en ese universo tan particular, siniestro e inestable, un territorio que podría llegar a firmar Tim Burton en su peor pesadilla. Erotismo de baja intensidad y morbidez de alto voltaje conforme nos alejamos de lo trivial : no solo cuerpos y seres deformes, animales disecados, cadáveres y órganos amputados, símbolos religiosos, también prácticas sadomasoquistas, coprofagia y además relecturas de la historia del arte. Y todo ello mezclado con un humor negro que no duda en remitir a personajes públicos vinculados a la política. Siempre se ha invocado al hablar de su trabajo a los clásicos del arte más bronco, a los que cultivan los paladares más exquisitos, a los que se decantan por el exceso, a la estética del baroco, a las naturalezas muertas y a las alegorías de la vanitas barroca, al claroscuro, a El Bosco y a Goya, a los daguerrotipos del siglo XIX. Ahora también Delacroix, De Chirico y Picasso. Una nueva vuelta de tuerca que corrobora ese talante deleitoso con la cofradía del desnudo, la enfermedad y la muerte.


Vivian Maier. Street photographer 
Fundación Canal. 
Clausura : 16 de agosto

Miroslav Tichý o la celebración del proceso fotográfico 
Museo del Romanticismo 
Clausura : 28 de agosto

Joel-Peter Witkin 
Michael Soskine Inc. 
Clausura : 30 de julio

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